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Rodolfo Izaguirre

¿Qué pasa con la Virgen María?

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Mis dos nietas, Verónica y Claudia, cursaron toda la primaria y el bachillerato en el Colegio San Ignacio y, como ellas, también yo me siento orgulloso al decirlo, porque siempre creí que las veces que los jesuitas fueron expulsados de algún país no era por ser gente atrasada y de oscuridad de pensamiento, sino por todo lo contrario: por ser preclaros, adelantados y orientados hacia la educación. Pero como abuelo sufrí en varias ocasiones el martirio de los actos culturales de fin de curso: piadosos, aburridos, escolares e interminables que escenificaban los alumnos. Finalizado uno de ellos, tal vez en venganza, se me ocurrió muy seriamente preguntarle a uno de los curas del colegio: ¿Qué pasa con la Iglesia católica? ¿Qué pasa con el Colegio San Ignacio? El hombre, visiblemente molesto, se encrespó: ¿Cómo que qué pasa? ¡Pasa, le dije, que acabo de ver a mi nieta Verónica de apenas 5 años haciendo de Virgen María cuando todo el mundo sabe que esa niña es una verdadera demonia!

¡Han pasado los años y el país no deja de maravillarme! A mi edad provecta (¡para no obligarme a decir que soy hombre maduro!) doy fe de que un compatriota acaba de ser llevado a prisión. Primero, dentro de una tanqueta de la Guardia Nacional Bolivariana. Un operativo militar destinado al fracaso, porque los enardecidos seguidores del “delincuente” impidieron que la tanqueta se movilizara; luego, fue obligado a entrar en una camioneta y, finalmente, en un helicóptero. Es razonable preguntarse: ¿quién es ese preso que requiere de semejante esfuerzo o trajín por parte de sus captores? ¿Qué ha hecho para merecer un trato que no ha conocido el peor de los pranes que igualmente mantienen en jaque a una ministra ineficaz que llaman “Fosforito”?

¡Es Leopoldo! ¿Quién iba a creerlo? ¡Leopoldito!, como le dicen sus ex compañeros de escuela; un muchacho que cursó en las mismas universidades en las que estudió Obama.

Las acusaciones que le enumeró Franklin Nieves Capace, el fiscal del Ministerio Público, son para ponernos a temblar: “Homicidio intencional calificado, ejecutado por motivos fútiles e innobles en grado de frustración; terrorismo; lesiones graves; incendio de edificio público; daños a la propiedad pública; intimidación pública; instigación a delinquir y asociación para delinquir”. Olvidaba la sedición, una acusación agitada desde Miraflores por quien me obliga a autocalificarme de provecto para no tener que nombrarlo. ¿Sedición? “Alzamiento colectivo y violento contra la autoridad, el orden público o la disciplina militar sin llegar a la gravedad de la rebelión”. Podría haber sido yo o cualquiera de mis vecinos.

Dejando en paz a la Virgen María y a la Iglesia católica, me pregunto, alarmado: ¿Qué pasa con Venezuela? ¿Qué hace Miraflores, además de convertir en pajarito a su comandante supremo? ¿Qué pasa con la justicia? ¿Cómo es que semejante “antisocial” haya permanecido suelto sin que Nieves Capace sea capaz de acusarlo a tiempo, o Fosforito, de mantenerlo entre rejas? No soy gente de libelos y tribunales, pero se me antoja que son demasiados delitos para un solo hombre. Habría sido suficiente decir que para Leopoldo, para mí y para la otra mitad de los venezolanos los militares y algún civil ilegítimo que aún no ha clarificado su partida de nacimiento no son santos de nuestra parroquia. Es que tampoco veo a Leopoldo incendiando un edificio o asociándose con los colectivos violentos encapuchados para delinquir amparados por el propio gobierno. En cambio, veo siempre a los pistoleros de Llaguno, pero estos nada tienen que hacer en esta crónica porque en su momento fueron considerados como “ciudadanos honorables” por José Vicente Rangel, el entonces vicepresidente que afirmaba que no eran verdad el millón de manifestantes opositores en cada marcha. ¿Y qué hacemos con Ameliach?

¡Adoro a Venezuela! Es el único país en el mundo en el que un militar transformado en pajarito, en lugar de trinos armoniosos, grazna y ordena a Miraflores proseguir “¡la batalla!” que nos atropella y enjaula proyectando en nosotros los mismos delitos que perpetra desde el poder.