• Caracas (Venezuela)

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César Pérez Vivas

El paramilitarismo rojo

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El estallido de la crisis política y social, que hemos vivido en Venezuela en las últimas cinco semanas, ha puesto de relieve un conjunto de factores, que prueban el nivel de envilecimiento a que ha descendido el quehacer político.

Ya de por si, en todo el periodo de “la  revolución bolivariana”, la sociedad perdió valores tan esenciales como la tolerancia, el respeto del diferente, el lenguaje constructivo, y la justicia. 

Al no vivirse plenamente los valores democráticos del pluralismo ideológico y político, fácilmente se impone la polarización, el lenguaje procaz y disolvente, el odio, es decir, la intolerancia y la injusticia.

Los niveles de desquiciamiento político han llegado hasta el punto de convertirse el estado, en promotor y encubridor de la muerte, de la violencia.

El gobierno de Maduro, con todos sus operadores políticos, gobernadores, alcaldes y diputados, han recurrido a la violencia para responder a la legitima protesta de un pueblo, que clama por seguridad, alimentos, medicinas y respeto a sus derechos fundamentales.

Con el fin de no comprometer a factores institucionales en la violencia más cruda, han recurrido al expediente de organizar y lanzar sobre la población, a grupos de civiles armados, que a bordo de vehículos oficiales, recorren calles y avenidas en las principales ciudades, sembrando el pánico para tratar de frenar el ímpetu y el volumen de las protestas populares.

El nivel de impunidad,  de esos llamados colectivos, llega hasta el punto de que el propio Nicolás Maduro expresó: “Los colectivos se han comportado de manera impecable, porque son centenares de colectivos". Es decir, desde la misma Presidencia de la República se les lanza el manto de impunidad.

La declaración presidencial es éticamente inaceptable en cualquier sociedad medianamente civilizada, porque lo que correspondía era la condena a la violencia despiadada que estos grupos han desatado en toda la República; y que ha cobrado vidas concretas, como la de Jesús Enrique Acosta Matute (22) y del entrenador deportivo de Criollitos de Venezuela, Guillermo Alfonzo Sánchez Velásquez (42),en  La Isabelica de Valencia; o la del estudiante universitario Daniel Tinoco (24), en  San Cristóbal. Además de centenares de heridos y daños graves a edificaciones públicas y privadas, tomadas para ser quemadas y saqueadas, sin que autoridad alguna lo impida.

Estos grupos armados al margen de la ley, conocidos como los colectivos, no son otra cosa que la concreción  de un movimiento paramilitar al servicio del gobierno socialista, que ha hecho su aparición en la escena pública de manera irreverente, sin disimulo de ninguna especie, actuando al lado de la fuerza pública institucional del estado, en este primer trimestre del presente año 2014.

Se le ha asignado a estos paramilitares rojos la tarea sucia, la de matar y quemar, la de intimidar y destruir. De esa forma reprime con saña el régimen, sin comprometer a esos niveles, a las fuerzas de seguridad del estado.

Al actuar de esa forma, la cúpula roja compromete su responsabilidad en delitos de lesa humanidad, que como bien lo señala el texto constitucional no prescriben.

Por fortuna, están documentados todos esos crimines, y en la hora de la restauración democrática, tendrá que hacerse justicia, porque tanta muerte y dolor no puede quedar impune.

En esta coyuntura hay que dejar sentado si, hasta donde los seres humanos, en su afán por perpetuarse en el poder, son capaces de envilecerse y caer tan hondo en la indignidad; hasta el punto, que bajo el manto del poder, han llegado a darle forma y vida esos “colectivos de la muerte”, siguiendo las clásicas escuelas del autoritarismo fascista y comunista.

La Venezuela civilista y democrática, presente en todos los bandos de esta sufrida nación, repudian con toda su fuerza espiritual ese envilecimiento de la política.

Nos corresponde seguir luchando por una política de paz verdadera, de respeto a la vida, de justicia frente a los crímenes de lesa humanidad, de tolerancia y convivencia de todos, en esta patria que nos corresponde de manera integral.