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Pedro Conde Regardiz

Por qué los paraísos fiscales

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¿Acaso el enfoque geopolítico permite retirar la cortina de humo en materia de “paraísos fiscales”? La respuesta es positiva. Estando las finanzas offshore en el corazón del sistema financiero, y no al margen, su control contribuye a aumentar la soberanía de un Estado, por lo cual ninguna gran potencia puede permanecer indiferente a la cuestión de los “paraísos fiscales”. El control de uno o varios arroja la adquisición de poder sobre la actividad de los flujos financieros y en consecuencia lograr ventajas en relación con sus vecinos. De influencia libertaria, estos lugares utilizan la ley de manera negativa, esto es, permiten hacer todo lo que está prohibido en otros territorios.

La expresión “paraíso fiscal” tiene un uso engañoso, puesto que estos entes tan solo venden la posibilidad de pagar impuestos irrisorios, más toda una serie de actividades. Para borrar la connotación positiva que contiene el término “paraíso” en “paraíso fiscal”, podría ser más apropiado denominar estos espacios “territorios complacientes”, como lo hizo el filósofo Alain Deneault. No solamente esta expresión comunica un sentido negativo (la complacencia aquí se toma en su acepción de otorgar facilidades excesivas y reprimibles), sino que ayuda a ampliar el espectro más allá de la fiscalidad: los “paraísos fiscales” no se limitan a la cuestión impositiva, utilizan, además, todas las herramientas legales a su disposición, el derecho (concepto de empresa offshore, fondos de inversión, etc.), regulación (organización del sistema bancario y financiero), hasta la política (organización de un Estado), y bien sobre la geopolítica (relación con otros Estados). Para los barcos, la bandera de “complacencia” es, por lo demás, uno de los productos primordiales propuestos por los “paraísos fiscales”.

¿Para qué sirven? Un particular tratará de minimizar los impuestos pagados sobre los ingresos y su patrimonio. Él desearía el anonimato y tasas impositivas mínimas. El criminal desea blanquear su dinero y se orientará más bien hacia países con los cuales la cooperación judicial es débil y de gran opacidad. Las grandes empresas, que ven en los impuestos una simple variable en una ecuación que deben maximizar, tratarán la optimización fiscal agresivamente y repartirán sus filiales en función de cómo sea la política fiscal en los países receptores. Los bancos y compañías de seguros buscarán una legislación poco exigente a fin de burlar normas y crear instrumentos financieros siempre más riesgosos y, por ende, de un rendimiento más potencial.

Se impone ahora una primera definición: un país es un “paraíso fiscal” si tiene el aspecto de serlo y si es considerado como tal por aquellos que se interesan en sus “complacencias”. A pesar de la apariencia lacónica, esta definición le habla a todo el mundo. Sobre todo fue formulada por el estadounidense Richard A. Gordon en lo que es tal vez el primer informe moderno oficial sobre la cuestión, un informe de los servicios fiscales estadounidenses (Internal Revenue Service). Conviene añadir que por definición los “paraísos fiscales” utilizan la libertad económica para cubrir actividades criminales.

Cada gran potencia trata de organizar a su favor las finanzas offshore hasta un cierto límite. Estados Unidos y Gran Bretaña han tenido éxito en mantener la posibilidad de crear fondos anónimos, pero conscientes de que tal práctica es cada vez menos tolerable por la opinión pública, máxime después de la crisis de las subprimes que comenzó en el “paraíso fiscal” de las Islas Caimán. Necesitan oscilar cínicamente entre un discurso ofensivo luchando contra  los “paraísos fiscales” y satisfacer  la necesidad de utilizar las finanzas offshore so pena de perder soberanía. Cada potencia subcontrata más o menos sus actividades offshore en Estados de soberanía aparente.

Por ejemplo, Mónaco durante largo tiempo ha jugado este papel y continúa jugándolo en cierta medida para Francia. En el momento cuando ganó el Partido Socialista en 1981 con François Mitterrand y se pensó que los tanques soviéticos desfilarían pronto por los Campos Elíseos, algunos franceses no dudaron en colocar en lugar seguro sus fortunas, es decir, en Mónaco. Igual sucedió cuando en 1976 ganó el Partido Comunista en Italia de la mano de Enrico Berliguer. Mónaco contribuyó así a evitar la fuga hacia “paraísos fiscales” extranjeros.

El 15 de septiembre de 2008, un año después del comienzo de la crisis de las subprimas, el mundo entero fue lanzado hacia el borde del precipicio por la decisión de las autoridades estadounidenses de dejar caer el banco Lehman Brothers. Aquel día el mundo constató que una desregulación casi infinita, ciegamente confiada en el espíritu de responsabilidad de los actores financieros, había conducido a una irresponsabilidad generalizada por la posibilidad irresistible de ganancias rápidas.

Aquel día, el mundo constató que una cierta forma de capitalismo fundada sobre la especulación, sobre la competencia sin límites entre las plazas financieras, amenazaba de muerte la economía real. Aquel día marcó el fin de una globalización donde los actores del mercado imponían su ley, donde todo había devenido objeto de especulación: los precios del petróleo, el trigo, como los valores bursátiles podía duplicarse o triplicarse durante algunos meses antes de hundirse, por las razones tan misteriosas como aquellas que los hicieron subir.

Todos los estudios muestran que la fuga de capitales desde América Latina, aunada a las corrientes financieras originadas por el cuantioso  servicio de la deuda de nuestros países, supera con creces a las que entran por inversión extranjera y otros conceptos con la irremediable consecuencia que los centros financieros mundiales subsisten mediante el rentismo, de fondos provenientes de este mundo, lo cual indica que nuestras políticas de desarrollo han fracasado rotundamente interna y geopolíticamente, tal vez como consecuencia, además, de la marca genética relacionada  con la prevalencia del impulso a resguardar fondos en el exterior, en los “paraísos fiscales”; quizá, por la inestabilidad política, la desconfianza en las políticas económicas y en las perspectivas de los negocios, las cuales corrientes no se detienen instrumentando controles de cambio a causa de su ineficacia y corrupción, como se ha demostrado.

Revertir esta tendencia es a lo mejor el objetivo central de una estrategia económica que busque en parte su financiamiento interno, en lugar de andar rogando préstamos casi imposibles de reembolsar, puesto que ya hay que endeudarse parcialmente para cancelar el servicio de la deuda, lo cual genera una burbuja, pirámide, que en cualquier momento estallará. Y en vez de recurrir al FMI que impondría, como en Grecia actualmente, un programa económico devastador, pues profundizaría la recesión y todas las calamidades consecuentes.