• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

El paraíso perdido

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Amábilis Cordero ofreció en su película Los milagros de la Divina Pastora (1928) la imagen de la muerte en la figura muy precaria de un esmirriado y anónimo actor que, envuelto en una sábana y armado de una guadaña, recorre en alpargatas los tejados de Barquisimeto en lo que podría considerarse una de las primeras y raras visiones surrealistas del cine venezolano. Como se sabe, nuestra cinematografía ha preferido más bien volcarse hacia lo exterior; hacia el hecho social marginal, delictivo y sociológico evitando la exploración de los espacios del sueño y de la imaginación. En un país tan ocurrente e imaginativo como Venezuela no deja de ser curioso que su cinematografía carezca de la imaginación necesaria para aceptar que la verdad encuentra sus mejores apoyos en la fabulación: esa otra realidad siempre rebosante de poesía. Reconozco y aplaudo que la mirada del cine venezolano sea apta para captar el gesto violento, la miseria del barrio, el crimen vulgar y, raras veces, la corrupción en las esferas elegantes, sociales o políticas. ¡Pero los momentos mágicos, salvo los vividos en el cine de Diego Rísquez, son infrecuentes!

Amábilis Cordero (1892 -1974) es un pionero del cine venezolano y en el Barquisimeto de los años veinte no sólo fundó los Estudios Lara en una vieja casona, sino que filmó varias películas de ficción, documentales y cortos publicitarios en formato de 35 mm que procesaba él mismo en la empresa que creó; pero eran películas cuyo modelo de producción había sido abandonado hacía tiempo por la industria cinematográfica; resultaban pueriles y agobiadas por una excesiva devoción religiosa. Filmó la procesión de la Divina Pastora describiendo sus pasos ceremoniales desde el pueblo de Santa Rosa, observando detalles de los fieles y haciendo alusión a la epidemia de cólera que azotó al país en 1855, y el sacrificio de José Macario Yépez párroco de la barquisimetana iglesia de La Concepción. Es lo que explica la desconcertante imagen de la Muerte en alpargatas recorriendo los techos mientras corta el aire con la guadaña. José Macario ofrendó su vida si lograba así desterrar la epidemia y, en efecto, al morir, el cólera se vio obligado a abandonar la ciudad. En todo caso, la Divina Pastora se consolidó como la patrona del estado Lara y permitió que Manuel Caballero, ateo e historiador, coleccionara imágenes y le pidiera el portento de que dejara ganar a los Cardenales de Lara.

Cuando, restaurada, se proyectó Los milagros de la Divina Pastora en la Cinemateca Nacional subí a la cabina de proyección para asegurarme de que todo marchaba correctamente. La película corría en el proyector, pero me alarmé mucho al ver a Jesús Almella, el proyeccionista, hombre adorable y más que sexagenario, deshecho en lágrimas.

Me acerqué a él, sin saber qué hacer, pero tratando de consolarlo; y al preguntarle qué le pasaba, me dijo, en sollozos, que en la película, entre la masa de feligreses, no sólo había visto e identificado a su madre, sino a él mismo, niño, llevado de la mano por ella en la romería de la Divina Pastora. ¡Era de nuevo el milagro! Por intermedio del cine, y a través de la película de Amábilis Cordero, la Divina Pastora se hizo presente en aquella estrecha cabina de proyecciones de la Cinemateca Nacional para que la madre muerta hacía muchos años reviviera en la corpórea ilusión del cine, al mismo tiempo que devolvía al hijo a la niñez que él creía extraviada para siempre. ¡Sin proponérselo y poco antes de morir, Jesús Almella encontró en el cine el iluminado resplandor del Paraíso perdido!