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Leopoldo Tablante

El paraíso de Titina

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Caracas tóxica hizo de las suyas: mi madre, Luisa Cristina Alcalá Padrón, falleció durante la madrugada del pasado miércoles 5 de diciembre, arrastrada por la misma ola de Dave Brubeck y Oscar Niemeyer. Estaba en su cama, arrullada por la alarma de algún carro o por el arranque del hidroneumático de su edificio. A “mejor vida”, dice un eufemismo religioso, una vida que yo asocio con la ciudad de su juventud.

Mi mamá nació en 1945 y el comienzo de su adolescencia coincidió con el final de la dictadura de Pérez Jiménez. Su infancia trascurrió en una casa de la calle Las Flores de Sabana Grande y luego en un edificio llamado La Estrella, ubicado frente al Gran Café. Fue en ese apartamento –diseñado por un maestro de obra italiano importado, en un pujo de eugenesia, por nuestro último dictador andino– que mi mamá aprendió a ser ciudadana de una Caracas que, en 1958, sólo albergaba esperanzas.

De pequeña, mi madre adoraba a dos seres: su perro, un sato de pelaje oscuro y una mancha blanca en el pecho que respondía al nombre de “Príncipe”, y su padre, una especie de Errol Flynn criollo, aunque con las orejas un poco más separadas. Mi abuelo, Raúl Alcalá Reverón, nació en Ciudad Bolívar y se educó en Trinidad y por eso fue intérprete de la extinta Creole Petroleum Corporation. Fue él quien veló la primera juventud de su hija desde la terraza del Gran Café. Como mi madre, mi abuelo sucumbió a un cáncer que, sin embargo, no le impidió seguir ejerciendo una serena bonhomía de acera que sólo se interrumpió cuando el aire se le negó.

Semejante precedente debe haberse convertido en una cota difícil de superar para sus novios, sus esposos e incluso sus hijos varones. Debe haber sido por eso mismo que mi madre desarrolló una curiosa simpatía por las prostitutas que, al caer la tarde, veía en la esquina del Gran Café rodeando al célebre prófugo Henri Charrière, “Papillon”. Mi madre debía pensar que las chicas del gremio ejercían el aliviadero natural de una sociedad de masculinidades difusas. Además, le llamaban “Titina”, como a la protectora de Edith Piaf durante sus primeras correrías nocturnas por Normandía, como a algunas meretrices francesas, un apodo pícaro que siempre llevó con gracia y dignidad.

Como muchas mujeres de su generación, el paso hacia la maternidad y la adultez fue abrupto: desde la ética femenina impartida por las monjas del Colegio La Consolación, pasando el rigor alemán del colegio Humboldt de Sabana Grande (una de sus compañeras de pupitre fue la poetisa Hanni Ossott), hasta el alumbramiento, a los 18 años, de su hija, mi hermana mayor, Andreína. Semejante cambiazo la hizo permanecer en un país íntimo, intocable: el de una Caracas cincelada según la voluntad de una modernidad ideal, rodeada por una tropicalidad indolente, entre fiestas con discos de Elvis Presley que ella llamaba “picoteos” y zapatos americanos, rojos y blancos, que llamaba “Coca-Cola”.

Como un gesto de resistencia anclado en los placeres de su juventud, mi mamá nunca abandonó las caricias de Sabana Grande: sus amaneceres en el bar El Chicote; su silueta apoyada contra el piano del restaurante Franco mientras Armando Manzanero le dedicaba una; su presencia de muchacha grácil, lo que le valió que Adriano González León le regalara un chalequillo de lana negro con bordados rojos que llevaba puesto y que había traído de Grecia o de Turquía; su rol de testigo involuntario del naufragio de esa intelectualidad etílica que se ahogó frente a la costa de la República del Este.

Hace años, leyendo Historias de la calle Lincoln de Carlos Noguera, me topé con su sobrenombre, y con los nombres de dos de sus amigos de larga data, Graciela y Guaica, en una página de insomnio y farra en un bar. Casualidad o capricho mío, lo cierto es que esa es precisamente la mejor hora de Titina, para quien el ruido y el aceite quemado del carro que vibraba frente a su ventana durante su última hora fueron una tarjeta de invitación: a la madrugada que el país de su madurez se empeñó en negarle y a la que siempre añoró volver.