• Caracas (Venezuela)

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La coyuntura política de Venezuela atraviesa un momento crucial en la definición de estrategias por parte de la alternativa democrática. El poder político sigue estando en manos del chavismo, dado el control político sobre las instituciones es previsible que el Tribunal Supremo de Justicia falle en contra de los recursos introducidos por el Comando Simón Bolívar y la Mesa de la Unidad Democrática y si bien, Nicolás Maduro no goza de la legitimidad y popularidad del presidente Hugo Chávez, tampoco hay señales de que está a punto de caer su gobierno.

En Venezuela, las señales que emanan hoy del país político e institucional apuntan a un sostenimiento, debilitado o menguante, del chavismo en el poder que puede extenderse por algunos años más. La reciente declaración del encuestador Oscar Schemell, a quien se le adjudican relaciones con el gobierno, pero que en este momento incluso admite la eventual derrota de éste en un escenario electoral, es en mi opinión un síntoma muy claro del período que nos toca transitar. Venezuela, bajo la égida de Maduro, no sólo tendrá un gobierno ineficaz ­como se caracterizó la gestión de Chávezsino que también será (y ya lo es, a escasos tres meses de la elección) un gobierno profundamente impopular.

Conviene recalcar algo que ya hemos señalado en diversas oportunidades, y es un asunto en el cual tengo muchos puntos de coincidencia con el sociólogo Tulio Hernández. Se trata de ubicarnos, con mucho realismo político, en que la construcción de una salida democrática, pacífica y electoral, para superar al chavismo y construir una nueva mayoría, no es un asunto mágico, ni fácil, ni rápido. Efectivamente el chavismo tiene 15 años en el poder, pero no fue hasta el año 2006 en el cual se entendió que las estrategias signadas por la consigna "Chávez vete ya" no eran la salida.

En siete años de construcción de una unidad política real, en el seno de la oposición, junto a situaciones inesperadas como el fallecimiento de Chávez y el surgimiento, sin discusión, de un liderazgo nacional alternativo, encarnado por Henrique Capriles Radonski, colocan hoy a la oposición en su mejor momento. Viniendo de la cultura política chavista, no habrá un cambio democrático sin que esté precedido por un proceso de transformación de las identidades y filiaciones político-partidistas. Eso está ocurriendo.

Cuando se revisa la historia reciente de Venezuela, hay un consenso generalizado que hay tres momentos de ruptura con el sistema democrático, implantado por las élites en 1958. Esos momentos fueron el año 1984 con el crack económico, 1989 con la revuelta popular de "El Caracazo" y 1992 con los dos fallidos golpes de Estado, el primero de ellos encabezado precisamente por Chávez. El proceso de descontento y descomposición sociopolítica, que ya tenía claras señales a fines de los años 80, sólo se materializó en las urnas electorales en diciembre de 1998, cuando un voto mayoritario hizo presidente a un outsider, Hugo Chávez.

En mi opinión, en este momento, estamos parados como sociedad, en medio de una recomposición política de envergadura. Maduro no tiene, y dudo que la tendrá a futuro, la capacidad de entusiasmar al chavismo. Ha tenido éxito en mantener la unidad de las cúpulas civiles y militares, pero también debe recordarse que el temor a perder el poder puede ser una fuerte amalgama. Capriles Radonski en abril pasó logró sustraerle a Maduro más de 600 mil votos que apenas medio año atrás se habían manifestado pro-Chávez. Es importante comprender que este proceso de merma paulatina del chavismo no se detuvo el 14 de abril, y muy por el contrario se ha agudizado por situaciones como el alto costo de la vida y el desabastecimiento. La salida no es promover una caída de Maduro por vías diferentes a la electoral.

Hoy estamos parados frente al próximo desafío electoral, el 8 de diciembre (elecciones municipales), se trata hoy de mantener el activismo ciudadano y de acompañar las diferentes protestas sociales que tienen lugar en Venezuela.