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Enrique Larrañaga

El papel del papel

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Los arquitectos conocemos bien dos formas veladas pero muy corrosivas del insulto.

La primera, sondearte para un encargo agitando la mano como quien espanta moscas mientras con una sonrisita indulgente te preguntan si podrás hacer “unos dibujitos ahí…”; la segunda, descartar una idea no convencional llevándose las manos a la cabeza y, como pontificando, proclamar: “¡es que el papel lo aguanta todo…!”.

Estos dos tipos de ofensa (que quizá ni se proponen serlo) comparten mucho más de lo que, seguramente, advierten o admitirían quienes las pronuncian.

Sugerir que hacemos “dibujitos” para plasmar en “papel” futilidades personalísimas afirma, disimulada pero arrogante e ignorantemente, que más que ideas tenemos antojos: carambolas que si atinan es por puro azar. También y por igual, ambas ofensas reconocen de hecho debilidades propias: la de no saber hacer “dibujitos” y la de no atreverse (por limitaciones o pereza) a explorar otras opciones. Reacios a reconocer tales carencias, se descalifica para decir, tácita pero directamente: “tú que dibujas, no pienses; grafica lo que yo ya sé que quiero” o “si ya lo hemos hecho así; ¿para qué ahora pensar otra cosa?”. Tras varias frustraciones, uno aprende a sacarle el cuerpo a quien te pide “un dibujito” y a no trabajar con quien te saca lo del “papelito aguanta todo” cuando lo sacas de su zona de confort. Los primeros desconocen el valor de lo que haces y difícilmente admitirán que conlleva un costo; los segundos, autoproclamados garantes del rigor, sólo saben de rigidez y lo paralizan todo.

No busco aquí reivindicar el trabajo del arquitecto, sino destacar la similitud de estas malas mañas con otras que todos venimos sufriendo, leyendo, viendo y viviendo.

Pedir “un dibujito” se parece mucho a reclamar “un discursito”: ambos solicitantes esperan recibir lo que ya consideran la única respuesta a lo que simulan preguntar, sin más pensamiento ni diferencias. Como quien lamenta la permisividad del papel al perdona-vidas “deseos no empreñan…” de quienes aborrecen la conflictividad cotidiana pero niegan otras opciones y califican a quien la busque de incauto, si no de traidor; o ambos.

No es verdad que delinear rutas sea un juego banal y, mucho menos, venal; ni que el papel (o el micrófono o la pantalla) aguante todo y, menos aún, que todos debamos aguantarlo.

De lo primero dan cuenta los fracasos de acciones que uno presume fueron al menos someramente esbozadas antes de acometerlas y de lo segundo las distintas formas de asfixia (multas, suspensión de pautas publicitarias, cese de concesiones, trabas aduanales o bloqueo de divisas) con que se busca impedir que caricaturas, fotos o palabras lleguen, papel mediante, a la calle, tanto como el empeño en imponer una hegemonía monocromática a pantallas y portadas, del rosado más anodino al más “comprometido” rojo.

Como, por avances tecnológicos y atrasos institucionales, modificamos nuestras formas de comunicación y con ello los trazos que utilizamos y sus superficies de soporte, hoy la pantalla (de televisor, computadora o celular) cumple el papel del papel, dejando indeleble registro digital de muchos papelones perpetrados. Pues si también la pantalla aguanta todo, no siempre se aguanta todo lo que sale en pantalla…

Por televisión vemos cómo a unos diputados se les corta inclementemente el audio mientras otros disfrutan de la relatividad del tiempo y alargan sus intervenciones sin límite ni sentido. Por Twitter comprobamos que el teclado sustituye, por igual, cacerolas para drenar rabias y dianas para convocar batallas y también estimula la generación express de líderes de ocasión. Comparten todos un exhibicionismo declarativo y una adicción a sumar seguidores y retweets, como en los 15 minutos de fama que preconizó Warhol, pero versión 2.0; para todos “la gente” o “el pueblo” mandan y es signo de traición negarse a repetir sus consignas. Sin importar en ningún caso a quién ni cómo se salpique, estos garabatos comunicacionales desconocen que la posibilidad de decir lo que se piensa exige la responsabilidad de pensar lo que se dice. Pues también con palabras arteras se destruye, como evidencian dolorosamente demasiados ejemplos, desde hace ya demasiados muertos.

No trata de dibujitos ni divertimentos insignificantes la tarea que nos toca a todos: trazar perspectivas claras para caminos aún difusos y que debemos urgentemente ir esbozando para evitar el abismo; y no entre globos de papel que inflen los egos, sino para darle forma a un país que seguirá siendo imposible mientras permanezca partido y enfrentado.

Ante ese impostergable reto, desdibujados o empeñados en borronearlo todo, no todos parecen capacitados para aguantar su papel.

Y eso sí es grave.