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Rodolfo Izaguirre

Para limpiar el ojo

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¡Se conocen los intentos por comercializar el papel higiénico! Joseph C. Gayetty, en 1857, empezó a comercializar hojas de papel que llamó Papel Medicado Gayetty, pero no logró sustituir el papel periódico; tampoco alcanzó éxito el inglés Walter Alcock por la moral de la época. Pero en 1867 dos hermanos estadounidenses, Edward y Clarence Scott, consiguieron popularizar en Estados Unidos el uso del papel higiénico en pequeños rollos tal como lo conocemos hoy.

Sin embargo, todavía en los años treinta del pasado siglo mi tercer ojo caraqueño se enriquecía con la lectura de los periódicos La Esfera y El Heraldo y se hizo bilingüe durante mi lejana e irresponsable juventud parisina porque lo hacía con diarios franceses como Le Figaro, Le Monde o L’Humanité.

En las novelas policiales o de serie negra que dirigía Marcel Duhamel para Gallimard ocurría a veces que algún prisionero escondiese en el último de los rollos de papel, amontonados en el depósito, el dinero con el que sobornará a los guardias para facilitar la fuga. Significaba, además, un uso inteligente que jamás previeron Gayetty, Alcock y los hermanos Scott. Puede pensarse que existe el empeño de dar usos torcidos al papel tualé que los exquisitos como yo llamamos “toilet” porque en tiempos de la antipolítica cuando arreciaban contra los opositores al régimen las ofensas (¡que no cesan!) y los agravios vociferados desde Miraflores alguien, en Miami, tuvo la ocurrencia de imprimir en cada una de las hojas del papel la cara del autócrata; pero al parecer no obtuvo repercusión favorable en el comercio.

Yo mismo sufrí en persona el deshonor de ser considerado como un flojo de estómago junto al equipo que me acompañaba en la Cinemateca Nacional. Necesitados de papel membrete y otros artículos de oficina, enviamos un memo a la administración del entonces Inciba presidido por Gloria Stolk. Como respuesta a nuestros requerimientos llegó un enorme bulto de papel tualé para ser usado sin temor a agotarse en un lustro de incesante actividad por parte mía y de mis colaboradores. Recuerdo que nos vimos las caras “anótitos” como dice Claudio Nazoa y sólo atinamos a decirnos lo mismo que aquel bulto nos estaba diciendo: ¡Cagones!

Es más, tuve una vez unos vecinos insoportables. Ella arrastraba el hervor sordo y macerado de un rencor hacia el marido al que señalaba como un error en su vida siendo ella mujer nacida en una familia más que distinguida y él no pasaba de ser un anónimo burócrata de ministerio. Se llevaban mal. Se les oía discutir por nimiedades y ella jamás parecía estar satisfecha porque no dejaba de lamentarse de su mala estrella; que el destino le había hecho trampas induciéndola a casarse con él. Le arrojaba a la cara la nobleza del apellido y su abolengo y una vez le escuché decir a gritos y en el colmo de su amargura: “¡Porque debes saber que en la casa de mis hermanas teníamos veinte baños!”, y el marido, a quien llegué a estimar por elemental solidaridad, creció en mi admiración cuando respondió: “¡Claro, una familia de cagonas!

Los somos todos sin diferencias de clase, méritos y reconocimientos. Unos y otros tenemos que sentarnos en el trono de la casa y echar mano al papel tualé: chavistas y no chavistas; pero el régimen militar la ha “puesto” tan grande, tan de pato macho, que se ha visto en la necesidad de comprar 50 millones de rollos en primer lugar para su uso personal y luego para que el resto de los venezolanos lo hagan sintiendo que el mundo entero se burla de nosotros llamándonos como el agobiado marido llamaba a su insoportable mujer.