• Caracas (Venezuela)

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Lena Yau

Del pan, la sopa y la palabra

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Para Andreína Mujica con amistad y aplausos.
Para ti que ya no estás.

Hay hambres en el sabor roto del mundo.

Juan Gelman.

Hace muchos años un hombre me contó que de niño aterrizó en París.

No hablaba francés.

Su madre le hizo escribir en un papel una frase cien veces.

Al terminar el niño la había memorizado.

Lo envió entonces a comprar pan.

El niño pronunció la frase de las planas y la dependienta le contestó algo que no entendió.
El niño equivocó las palabras.

Pronunció en buen francés una oración con sintaxis venezolana.

En lugar de decir: “Quiero comprar una baguette”, dijo: “Por favor ¿me puede dar una baguette?”.

La mujer le contestó con sorna: “No puedo dártela, puedo vendértela”.
El niño no quiso regresar a casa sin el pan.

Esa noche cenarían sopa y el pan era fundamental.

Avergonzado e impotente vagó por un territorio desconocido, calles por descubrir, parques por conquistar.

Contaba sus huellas sobre la nieve y pensaba en su mala suerte.
Allá era fácil pedir pan: salado, campesino, sobado, dulce. Los dependientes no hablaban. Hacían un gesto con la boca como quien está por lanzar un beso para indicar el turno y preguntar qué quería. Se andaba ligero con la bolsa llena de pan caliente, bolsa de estraza quemante, corriendo a la casa para aprovechar el calor del pan recién salido del horno y untarlo con mantequilla. La mantequilla se derretía de inmediato. No había mejor merienda. Acá en París la mantequilla nunca se ablanda.

Un pelotazo en la cabeza interrumpió sus cavilaciones.

Un grito en esa lengua que no dominaba le pedía que devolviera el balón con un saque de banda.

El niño se paralizó.

No conocía la lengua pero quien le hablaba era un ícono universal.

No importaba qué pan comiera o qué idioma hablase, todo terrícola al ver esa melena y esas pantorrillas sabría de quién se trataba.
El hombre se acercó al niño y al ver que no reaccionaba le habló en otro idioma.

El niño le contestó en el suyo.

Le contó la historia del pan, le dijo que en casa la sopa se enfriaba, le preguntó por qué la pelota de fútbol era roja, le pidió un autógrafo.
El hombre lo escuchó sonriendo: “Vamos juntos a comprar esa baguette”.
De camino a la panadería le explicó que en los sitios fríos hay balones rojos: “Así podemos jugar cuando nieva”.

Le dijo que cuando no entrenaba le gustaba leer.

Leyendo descubrió que las palabras sopa y pan siempre van de la mano.

“Si vas al diccionario y buscas sopa siempre estará junto al pan. ¿Haces barquitos de migas para que floten sobre el caldo? Eso se llama calar la sopa”.

El niño negó con la cabeza. Odiaba la sopa. “Soy como Mafalda”.

El hombre rió.

Entraron a la panadería y le pidió al niño que le señalase a la dependienta lingüísticamente ortodoxa.

Se acercó a ella.

La mujer abrió los ojos asombrada. El mentón le temblaba un poco. El hombre agitó sus cabellos que se movieron como celebrando un gol.

Le habló en su lengua materna, música y familia del español y del francés: “Eu quero uma baguete”.
La mujer le acercó el pedido con risas nerviosas.

El hombre le pidió que se lo entregara al niño.
Volvieron juntos a casa.

Antes de despedirse el hombre lo invitó: “Ven a jugar conmigo. Estoy en la cancha los jueves. Luego del partido podemos ir a comprar pan”.
Hoy recuerdo esto porque Quino hizo un comentario en Madrid a favor de los estudiantes venezolanos y en París sostuvo una pancarta por Venezuela.

Luego vino un huracán de opiniones y torceduras pero el gesto está allí.

Dicen que más tarde habló de Venezuela como una realidad de difícil lectura.

Que amó la Revolución cubana. Que la sigue amando.

Me a fui su trabajo más reconocible: Mafalda.

Encontré que la madre del personaje intentaba convencerla de que comiera sopa: “Si no comes no creces”. Mafalda contestaba: “Qué tranquilidad reinaría hoy en este mundo si Marx no hubiese tomado la sopa”.

En otra tira aparece frente a un plato inmenso de sopa y suspira: “La sopa es a la niñez lo que el comunismo a la democracia”.

Obviamente, los autores no son sus personajes.

Pero dudo que el amor de Quino por la Revolución cubana pueda estar por encima del amor a los derechos humanos.

La sopa también fue para otro argentino un vínculo con los regímenes.

Le pregunté a Juan Gelman por qué la sopa en sus poemas: “Me recuerda a mi madre y también el caldo que le había preparado una madre a su hijo desaparecido. El hijo no volvía y la sopa se quedaba fría”.
Quino usó la imagen, la síntesis y la comicidad para abordar el mundo y denunciar sus injusticias. La comida es un recurso más para ello. Los panqueques, los bombones, los caramelos forman parte del universo infantil. La sopa es la imposición adulta. Allí está la resistencia.

En Gelman la comida es metáfora de la tierra y de la lengua perdida y la posibilidad de recuperarlas en ese acto cotidiano que es el comer.
La anécdota del niño y el hombre es real.

Habla de la palabra, la comida y del entendimiento.

Cuando queremos escuchar, escuchamos.
Cuando queremos comprender no hay barrera cultural o idiomática que nos detenga.

Cuando queremos dar una mano, la extendemos.

Cuando queremos hacer, nos movemos.
La lengua sirve para pronunciar y para saborear.
Allí hay espacio para todos.
Por cierto, el niño le contó al hombre que lamentaba no estar en Venezuela. “Allá –le dijo– entregan el pan en una bolsa. Podrías haberme firmado el autógrafo en ella”.
El jueves siguiente se reencontraron en la cancha.
El niño recibió tres regalos: un diccionario, un balón rojo firmado y dos barras de pan en una bolsa de papel.
Años después ya convertido en un hombre regresó a su país.
Una foto de archivo publicada en la prensa lo hizo sonreír.
Él de niño jugaba fútbol en una cancha de un suburbio parisino.
A su lado un estrella brasileña.
Recordó que le dio buen uso al regalo que le hizo el futbolista.
Se convirtió en el traductor no oficial del equipo.