• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Sin pan ni ladrones socialistas

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Mi amigo está preocupado. Sus compañeros de tertulia mañanera le insisten en que el país está quebrado, que todas las cifras están en rojo y que falta poco para que la esperanza, que es lo último que se pierde, también se desplome y desaparezca por alguna alcantarilla de los 150 viceministerios que fueron creados y puestos en marcha este año. A cada paso mi amigo siente que un escalofrío le recorre el espinazo y que el simple gesto de sacar la cartera puede dejar en cero su anémica cuenta bancaria.

Su único lujo es mantener un gato, que no es de raza ni cariñoso. Lo ha mantenido como si se tratara de una costumbre, y mucha veces se ha propuesto corregirla: cerrarle el balcón para que no pueda entrar cuando regrese de sus correrías nocturnas o dejarlo olvidado en el veterinario. En su propio quehacer ha roto con varias rutinas: el café, el cigarro, los turrones de pascua y la tableta de chocolate que lo acompaña desde la infancia; ha espaciado las visitas al sastre y se ha desprendido de las corbatas; ha reducido a dos sus encuentros diarios con el mantel y ha devenido en un adorador de la penumbra, solo enciende un bombillo a la vez. Vive un periodo especial, pero sin discursos de Fidel ni instructivos del Partido Comunista.

Cuando supo el Sábado de Gloria que el ministro de Alimentación anunciaba que dentro de tres años, sin falta, toda la producción de alimentos estaría en manos del Estado, tosió tres veces seguidas. Maldijo. Imaginó todos los anaqueles vacíos en 2017 y los países amigos enviando ayuda para contrarrestar la hambruna venezolana. El martes se enteró de que la empresa Lácteos Los Andes había sacrificado la calidad de sus productos porque sus proveedores no contaron con divisas para adquirir los reactivos indispensables para comprobar la calidad y el estado de la leche que procesan; que todo el año pasado y lo que va de este han vendido lácteos y jugos sin haber descartado que no generarían una matanza en la población por la contaminación de sus productos con alguna bacteria o virus mortal. Como en la obra de teatro de Henrik Ibsen, tan aplaudida por los camaradas antes de ser gobierno, el negocio estuvo (¿está?) por encima de la salud del pueblo. La puntada que sintió mi amigo en la boca del estómago le duró hasta el jueves, cuando leyó que el “alto gobierno” aseveraba que no había ladrones socialistas. Sonrió con la noticia, no creía que Marx pudiera hacer milagros tan arrechos.

Animado siguió leyendo y supo que no habrá azúcar, jamón, desodorantes, detergentes, esponjas para fregar, servilletas, huevos, aceite, café y todos los demás productos de uso diario porque el gobierno no considera prioritarios la tinta y demás insumos que se utilizan en la fabricación de los envases y de las etiquetas. El socialismo del siglo XXI repite los errores que tanta gracia le causaron al Che Guevara cuando siendo ministro de Industria de Cuba importó medio millón de pares de zapatos a mitad de precio y cuando llegaron al puerto de La Habana descubrió que todos eran del mismo pie.

La gran fortuna es que no hay ladrones socialistas, y que el producto de la venta de 2,1 millones de barriles diarios de petróleo a poco más de 100 dólares cada uno ingresan al fisco completicos, nadie los toca para usos que no sean el bien de la patria, ningún socialista mete la mano en las arcas públicas, que quienes lo hacen son vulgares capitalistas. Mi amigo cerró el periódico y quedó sorprendido con su hallazgo: no hay socialistas en el gobierno. Vendo carta de navegación, astrolabio y brújula. Anímate, Nicolás, bota ese GPS que te mandó Raúl de parte de Fidel.