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Daniel Lansberg Rodríguez

No hay pan, pero circo sobra

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Desde épocas remotas, cuando Tío Conejo y Tío Tigre – ilustres antepasados del venezolano de hoy–  batallaban entre sí sobre las pristínas selvas y sabanas de un país inexplorado, ya se conocía muy bien la paradoja básica del espíritu criollo. Nos gusta la autoridad, la respetamos y hasta la codiciamos, pero llegado el momento en el cual alguien tratase de imponérnosla, seguro se nos ocurrirá alguna manera de esquivarla. Obedecemos pero no cumplimos, también vacilamos y, peor aun, engañamos cuando es necesario. Si este gobierno piensa que puede controlar el consumo de bienes entre venezolanos a través de algún mágico plan biométrico para palear la tragedia de una escasez autoinfligida, quiere decir que poco entiende al país que gobierna y mucho menos su capacidad de gobernar.

¿Cómo se supone que un gobierno que no ha tenido éxito en controlar la venta de armas de fuego ni el consumo de drogas, va a lograr controlar el consumo de comida y bienes básicos?

Es cierto que las drogas y las armas son productos con demanda para apenas un porcentaje limitado de nuestros compatriotas: la influyente subcategoría del malandraje y los drogómanos. Por eso me pregunto si al intentar  controlar la venta de productos cuyo consumo es universal, lo que están tratando es de convertirnos a todos en criminales. Sin tener que llegar a los extremos de John Dillinger, quien en los años 30 se quemó los dedos con ácido para borrar sus huellas dactilares, o Roberto Phillips quien una década más tarde le injertó piel de su pecho a sus dedos para cambiarse las huellas, existen demasiadas maneras de engañar a una máquina. Si no me creen, pregúntenle a Smartmatic… Esta medida además de ser poco popular está destinada a fracasar. 

Las máquinas que leen huellas dactilares funcionan bajo una suposición muy básica, es decir, que hay alguien monitoreando el proceso. Si no, con simplemente poner un dedo diferente que el pedido, o de la otra mano, o tal vez el palmo (o hasta un pezón) la máquina lo reconocerá como una huella desconocida. En los bancos, o en la jefatura policial se supone que hay profesionales observando el proceso de recoger huellas, es parte de su profesión especializada, y si la máquina por cualquiera razón no reconoce la huella, es probable que se le haga algún seguimiento al tema. Pero, aun así, esos sistemas son imperfectos. 

Ahora imagínense su supermercado local, caótico como lo son todos en la Venezuela revolucionaria, pero aun más colapsados que antes porque el proceso de hacer compras está más lento que nunca por razones biométricas. Ahora imagínate tu cajera favorita en ese supermercado, esa misma que te dejó comprar licor un domingo alguna vez porque le dijiste que te gustaba su pulsera. ¿Crees que ella va asegurarse que pusiste el dedo que era en donde era? Lo dudo. Si por algún milagro si resultara interesada en patrullar y monitorear la biometría de sus clientes –en vez de estar viendo el BlackBerry, o el reloj en la pared, o chachareando con la amiga de la fila al lado– imagínense las oportunidades para soborno. Ya le estás dando dinero, y solo ella y tú saben cuanto. ¿Cómo serían los incentivos? 

Se me hace difícil creer que cualquier gobierno –incluyendo este– podría ser tan ignorante de la idiosincrasia venezolana. Me parece más probable que sepan que esto jamás funcionará, pero buscan otro lío más con el cual crear una pantalla de humo y distraernos de lo que realmente importa. Este gobierno no tiene suficiente coherencia interna para nombrar sus propios ministros (por más que esas posiciones siempre se roten entre los mismos siete gatos revolucionarios). Mucho menos pueden enfrentarse de manera coherente con las graves crisis de salud, infraestructura, seguridad y economía que actualmente crecen como un tumor sobre la cara de este país. 

Para ellos es más conveniente que veamos la pantalla y no el espejo. Nos ofrecen otro show, otra controversia, otro bululú, con el cual congestionan aun más la tarima del gran teatro bolivariano, junto a la “Marcha contra el genocidio israelí”, “Legally Bolivariana II: María Gabriela en la ONU” y las más recientes secuelas en la interminable serie de supuestos complots protagonizados por la CIA y los escuálidos. 

No hay pan, pero circo sobra.

@Dlansberg