• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

El palo a la lámpara

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Por lo visto y llegados a la estación final del rocambolesco epílogo de esta farsa sangrienta, estamos alcanzando el último estadio del descalabro: ante la imposibilidad de encontrarle una salida al berenjenal en el que se y nos metió, el hombre de los Castro en Caracas decidió la vía más expedita para deshacer un entuerto: asestarle tremendo palo a la lámpara.  Sin melindres ni medias tintas: ya que la satrapía se ahoga en su propio detritus y no ve salvataje en lontananza, a hundir lo que va quedando de país en la cloaca de este esperpéntico socialismo del siglo XXI. A arrasar con todos sus elefantes la cristalería de una Nación que hemos tardado dos siglos de dolorosos esfuerzos en construir, para destruirla con aviesa eficacia en catorce años.

No hay otra razón para explicarse los Idus de Noviembre: dar la orden de saquear, arruinar y destrozar la costra de comercio e industria que sobrevive. Y en el colmo de la autofagia, saquear, arrasar y destruir toda la mercancía que quede en los inventarios de las tiendas que ellos mismos crearan en momentos de bonanza, cuando dar la imagen de prosperidad, libre mercado y consumismo primermundista era una necesidad electorera tan urgente para mantenerse en el poder como es ahora evitar las elecciones a como de lugar. Y escapar del escenario sobre una tierra devastada. “Gleich dem Boden machen” decían las tropas hitlerianas cuando abandonaban tierra conquistada perseguidas por el enemigo:  arrasar con todo.

Suena a locura. Y lo es. Prueba concluyente de un canibalismo irracional – valga la redundancia - que engordó a sus aliados circunstanciales, eventuales y futuras víctimas si los tiempos cambiaban,  con cientos, si no miles de millones de dólares, sin reparar en la dinámica natural del mercado, que no pregunta por ideologías: una vez creado, velar por la mantención de stocks, adecuar los precios a los índices inflacionarios, acomodarse al mercado libre de divisas una vez ingresados al terror de las vacas flacas y vender la mercancía de acuerdo al valor de reposición contando con el dólar paralelo. Lo que fue virtud ahora es un pecado. A arruinar, desterrar y encarcelar a los antiguos socios. Fue el vicio del comandante: echar a la poceta lo que ya le había servido. Fueran hombres, partidos o instituciones. La barbarie.

A lo cual habría que sumar otra necesidad de cortísimo plazo, como para postergar la debacle: alegrar las tristes y miserables ofertas de paraíso socialista en vísperas de navidad en medio del apocalipsis económico liquidando de un solo guamazo la misérrima economía que nos va quedando dándole vía libre al saqueo, al robo, al asalto, a la expropiación violenta y forzada organizada por el malandraje militante. Brutal socialismo de auto servicio: usted llega, rompe los cristales, asalta una tienda arma en mano y se lleva cuanto pueda. Con el beneplácito, incluso el auxilio de las fuerzas armadas. Se ha consumado el saqueo siguiendo órdenes gubernativas. Y el que pueda, que buhonerice lo saqueado. Los cubanos lo instigan. Los sátrapas lo permiten.

Si tras la debacle de 70 años de socialismo los comunistas soviéticos hubieran hecho lo mismo, se hubieran vivido escenas dignas de los tártaros de Gengis Khan. Pero es casi natural: no se espere de un marginal cucuteño y su pandilla de asalta bancos, acompañados en su raid de saqueo militarizado por ex profesoras de la UCV y comunistas provenientes de República Dominicana el menor rasgo de amor por la Patria. Son, como se decía al final de la Segunda Guerra, unos despatriados.

Lo escribió el gran novelista mexicano Carlos Fuentes a los pocos meses del asalto al poder del teniente coronel que estafó a la Nación con su paquete cubano: Hugo Chávez tiene una poceta en la cabeza y a los venezolanos les esperan muy malos tiempos.

Ya llegaron.