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Rafael Díaz Casanova

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A mis queridos amigos, Ana María y Fernando

 

La semana pasada, el miércoles, se terminó la cruenta lucha que por muchos meses, libró Anaía con su dolencia, y ustedes...siempre a su lado. A pesar de que lo compartimos desde sus tempranos síntomas, no somos capaces de medir, ni siquiera, el tiempo transcurrido, mucho menos podemos evaluar vuestros esfuerzos y desvelos. Los que solo pueden desplegar unos padres de la mejor pasta.

Pero no queremos ahondar en vuestro caso particular. Estamos seguros de que no tenemos el conocimiento para hacerlo. Queremos dirigirnos a todos aquellos amigos que no vamos a nombrar y que conforman el ya numeroso grupo de nuestros fraternos que han tenido el designio de haber perdido algún hijo. Nos abruma su solo recuerdo y diversidad.

Hablamos de diversidad y encontramos dos tipos de ella. Por una parte, encontramos la diversidad limitada que nos aparece en las causas de los decesos. Sin haber realizado ninguna estimación numérica ni estadística, solo con la observación y frecuencia que intuimos, encontramos que el cáncer, en sus distintas denominaciones, se lleva a jóvenes y hasta a niños, que inexplicablemente, sufren esas dolencias.

Muy cerca en la enumeración, encontramos dos causas que compiten en su frecuencia, las afecciones cardíacas severas, léase infartos y accidentes cerebro vasculares y los accidentes automovilísticos. Los infartos son terminales en jóvenes de edades medias (treinta a cincuenta y cinco años), los accidentes cerebro vasculares vienen, generalmente, a mayor edad por lo que es difícil que un padre y/o una madre, asistan al fallecimiento de un hijo por esta causa. La que compite con estas dos es el grupo de accidentes, especialmente los automovilísticos. Y no podemos dejar de mencionar un nuevo flagelo, los fallecimientos por disparos en eventos vinculados a la inseguridad o situaciones semejantes. Luego vienen el resto de las infinitas causas.

En la acera de enfrente, nos queremos referir a la diversidad de actitudes que se presentan en las reacciones de los padres ante un suceso como este. Y perdónennos que denominemos suceso a lo que la gran mayoría denomina tragedia.

Refiriéndonos a los ya numerosos casos que nos han afectado de manera contundente, pues los hemos compartido con padres muy, pero muy cercanos, también podemos enumerar una variedad de actitudes que cubren una gama dilatada.

Para comenzar, debemos referir que existe una actitud ampliamente mayoritaria. La de acercarse y cobijarse en la religión. Es general el conocimiento de la "inexplicabilidad" de que el Señor le envíe a unos padres, el inmenso dolor de una terrible enfermedad o accidente que conduzca al fallecimiento de un hijo. De allí surge la aproximación y la asistencia mucho más frecuente a misas, llegando al extremo de hacerlas diarias. Otros padres se entregan, de manera obsesiva, al trabajo. Lo hacen que ocupe la mayor cantidad de tiempo, una expresión de la evasión. En esos casos también encontramos la diversidad; familias que reservan la comunicación a sus amigos más cercanos y familias que aspiran a que los acompañen la mayor cantidad de amigos y conocidos.

 Entre las actitudes hemos visto el extremo de padres que son incapaces, por decisión propia, de compartir la información de su dolor...con nadie. Y aquellos que hablan de su pena y de su hijo fallecido, con la mayor naturalidad. Esta última posibilidad puede sucederse con grupos íntimos o con todo aquel que los quiera escuchar.

Nos han llamado la atención, también, las actitudes que se toman, ante el doloroso evento, en el campo del vestido. Recordamos amigos, de uno u otro sexo, que se vistieron de negro por el resto de sus vidas. Y recorriendo todas las posibilidades intermedias, hay quienes desvinculan totalmente el color y el diseño de sus ropas del designio divino.

Mas el extremo de cuánto nos ha llamado la atención, que además de observarlo lo hemos corroborado con algún especialista y que además nos ha servido para titular estas reflexiones, aparece cuando creemos haber llegado a la conclusión de que en nuestro rico idioma, que dicen que tiene un número enorme de palabras, y denomina huérfanos a los hijos que han perdido a alguno o a ambos padres, no existe en todo el diccionario una sola palabra que se le aplique al o a los padres que pierden un hijo. Una situación que podemos denominar "contra natura".

Perdónennos el haber escrito de un tema tabú para casi todo el mundo, recordemos que es lo único que es seguro para todo aquel que haya nacido.

 

 

rafael862@yahoo.com

@rafael862