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Carlos José Rangel

Esas palabras que el viento regresó

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En 1976 fue publicado por editorial Monte Ávila la primera edición del libro Del buen salvaje al buen revolucionario, en una limitada edición con carátula blanca. Pocos meses antes había aparecido en primera edición en Francia. Jean François Revel relata, años después, la concepción del libro: “Cuando conocí por primera vez a Carlos en Caracas en agosto de 1974… él me pidió que leyera un par de páginas que había escrito sobre el destino histórico y la psicología política de América Latina. Modestamente, me las presentó como, a lo sumo, un proyecto de artículo. Después de leer estas brillantes páginas y también estimulado por una personal amistad y fraternidad intelectual entre nosotros que nacieron casi en el acto lo empujé, no sin entusiasmo, a desarrollar sus ideas con todo el rigor que se merecían en un amplio y detallado libro sobre el tema de la civilización latinoamericana. A mi regreso a París, hice que (la casa editorial) Robert Laffont le enviase un contrato. Esta es la explicación de esa paradoja de que la edición original de la obra maestra en teoría política latinoamericana hubiese aparecido primero en francés”. Los manuscritos originales en español fueron traducidos al francés por Françoise Rosset, traductora también de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (autor de La invención de Morel).

Prosigue Revel: “Que el Buen salvaje apareció en francés antes de la edición castellana no es simple anécdota, sino es de importancia relacionada con la sustancia del libro. [El objetivo de la obra] era de hecho por lo menos tanto el público europeo como el público latinoamericano. Las dos fuentes de inspiración son para Carlos, de forma conjunta y complementaria, los errores en América Latina sobre sí misma y los errores de los europeos en América Latina. Las aberraciones e ilusiones latinoamericanas siempre han sido alentados por las proyecciones narcisistas de los europeos. Para ellos, América es como un espejo de sus propias obsesiones, repulsivas en el caso de América del Norte, de ensueño con América del Sur”. A fines de 1977 apareció la edición en inglés, en la imprenta de Helen & Kurt Wolff, de la casa editorial Harcourt Brace Jovanovich.

Ese era un mundo que sin embargo recibió algo fríamente los postulados de Rangel. La élite intelectual occidental mantenía los rezagos de esas borracheras de la primavera del 68, la reacción idealista ante los asesinatos políticos en Estados Unidos, México 68 (Tlatelolco y las olimpiadas), etc., mientras buscaba justificar Praga, la Revolución Cultural China –y no se hallaba con el genocida de Pol Pot–. Ante esta crisis existencial, Regis Debray acuñó, afirmó esa nueva “revolución en la revolución” (1974) que revolvía en las entrañas de la intelectualidad y adjudicó que se engendraba noblemente en Latino América. La promesa de utopía social mantenía un candil en las exóticas selvas tropicales de donde venía el café, el cacao y el tabaco.  El romanticismo social eleva así a las figuras del Che, ese Fouché tropical de La Cabaña, a Camilo Torres, rebelde sacrificado ante la todopoderosa iglesia para deleite de intelectuales ateos y, por supuesto, Fidel Castro, el valiente David enfrentado al imperial Goliat de Estados Unidos.

Y entonces, ¿quién era ese Rangel que argumentaba atraso como algo nocivo en vez de ennoblecedor? ¿Que proponía que las razones del atraso eran introspectivas, no impuestas por el imperialismo yanqui? ¿Que esa “liberación,” esa “revolución” era un mito para perpetuar caudillos consulares? Por supuesto hubo quienes hicieron lectura para perpetuar y reafirmar sus propios mitos y prejuicios colonialistas o socialistas con tonos entre pomposos e irónicos. Por ejemplo: “En una impactante obra de desmitificación, el autor venezolano exonera a Estados Unidos de responsabilidad por los fracasos de Latinoamérica” (Foreign Affairs, abril 1978). “Como argumento polémico presentado vigorosamente, esta obra deleitará a muchos en el extremo no-revolucionario del espectro político pero sus puntos ameritan consideración, a pesar de todo” (Kirkus, noviembre 1977). “Su libro provocativo, estimulante, y pro-americano sin ambages es frecuentemente más fuerte en afirmación que evidencia” (Wilson Quarterly, primavera 1978). Incluso Helen Wollf, la presidenta de la imprenta editorial, fue algo superficial hablando en The New York Times acerca de su calendario de publicaciones para el último trimestre del 77 mencionando a “The Latin Americans (título del libro en inglés) por Carlos Rangel, un venezolano. Es acerca de la relación amor-odio con los Estados Unidos, que tiene sesgo inusual por ser pro-americano”.

Por supuesto, en su tierra, Carlos Rangel fue denunciado como reaccionario, pitiyanqui, de derecha y hasta de agente de la CIA. En un recordado incidente, su libro fue quemado en acto público en la Universidad Central de Venezuela por “deshonrar la virtud histórica de la nación indígena”. Rangel acusa a las universidades latinoamericanas en su gran mayoría de no hacer bien su trabajo de educar y graduar profesionales de manera eficiente, y por ello cuando –dentro del marco de una sociedad democrática– va vía a un foro en la misma UCV para debatir su libro es asediado por una turba de militantes y escupido junto con su esposa. Como profesional y demócrata, llegó al foro, se limpió la cara y tomó su asiento.

El postulado principal de las ideas en DBSBR se obvia en esas reacciones. Rangel lo dice claramente al principio, América Latina tiene todas las condiciones para tener éxito, definiendo como éxito la maximización de las oportunidades de beneficio para todos los miembros de su sociedad. Pero para lograr ese éxito tiene que hacerse un autopsicoanálisis que aclare las sombras mentales que la desvían de su propio futuro potencial, que disipe los mitos que perpetúan a fin de cuentas una autoopresión fatídica signada por la perversión del estado de derecho y la racionalización de causa-efecto. Rangel trató con su obra de iniciar el diálogo requerido para ese psicoanálisis, y sugiere que el tratamiento ante los males que aquejan al paciente es grandes dosis de democracia. De verdadera democracia: desordenada, pluralista, independiente de manipulaciones leninistas, y con una prensa libre.

Rangel no era de derecha en el sentido maniqueo de la palabra. Tampoco era de izquierda. Era liberal. ¿Qué es ser liberal? Uno de sus autores favoritos era Daniel Patrick Moynihan. Este define el liberalismo de la siguiente manera: “La esencia del liberalismo consiste en una creencia optimista en el progreso, en la tolerancia, en la igualdad, en el Estado de Derecho, y en la posibilidad de obtener una alta y sostenida medida de felicidad humana aquí en la tierra”. Rangel aborrecía a Somoza, a Trujillo, a Stroessner, a lo que representaba Pinochet. También a Castro, a Gualtieri, a Videla, Ernesto Cardenal… a todo tirano que perpetuaba (y perpetúa) el mito de que nuestros países necesitan de un gobierno fuerte, centralizado y todopoderoso para lo cual la democracia representativa es un lujo innecesario. Rangel tuvo que luchar contra quienes no querían que entrevistase a representantes de la izquierda venezolana para no darles foro. Por demócrata creyente en la libertad de expresión, la tolerancia y la diversidad de ideas tuvo que circular con sus programas de opinión a través de los canales de TV cuando ya no hacía la voluntad de los dueños. Rangel acusó a la sociedad cómplice empresarial cuya arma competitiva favorita era ser amigo del gobierno. Eso es ser liberal… y desafía las definiciones “izquierda” y “derecha.”

En una reunión social de esas frecuentes en Caracas mi padre, Carlos Rangel, me presentó al entonces presidente Luis Herrera Campins. El presidente le preguntó: “¿Y cuantos hijos es que tienes?”, a lo que respondió sin titubear: “Ocho”. Ante eso LHC dijo: “Con razón tú y Sofía se la pasan hablando de planificación familiar”. Si, éramos ocho, cuatro de cada matrimonio previo, hermanados en ese segundo matrimonio, y mi padre nos quería a todos por igual aún con las dificultades que esa disímil tropa implicaba. Pero ese legado biológico no se compara con el legado intelectual de Carlos Rangel que ha hecho que su vida y pensamiento tengan mucha mayor descendencia y trascendencia, a pesar de aquellas reacciones iniciales a su libro, dejadas en el basurero de la historia. Ahora, a cuarenta años de su publicación, el libro fundamental de Carlos Rangel, Del buen salvaje al buen revolucionario, se mantiene como testimonio de que hay palabras del pasado que todavía nos pueden guiar hacia el futuro. Palabras no escuchadas en su momento por quienes dirigen destinos, pero que el viento se las trae de vuelta y echa en cara ante el torbellino de la historia.