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Diego Arroyo Gil

Las palabras del mandón

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Son las monedas devaluadas con las que comercia en los callejones de la bajeza. Son las hijas del cliché y del engaño. Son el aguijón infecto de la demagogia. Son la materia de la falacia. Son las bacterias de la flema verbal autoritaria. Son significados y significantes ahorcados en el patíbulo de la ignominia y del ultraje. Son el chuzo del hampón encajado en el cuerpo del hombre común y llano. Son el gatillo que está listo para activar la expulsión de la bala.

Patria. Amor. Paz. Comunidad. Pueblo. Corazón. Felicidad.

Cada una de ellas, y otras más, entre comillas.

Uno se queda pasmado cuando las ve caer como baba enfermiza sobre el mapa de Venezuela desde la boca del farsante. Se podría decir que el “autor intelectual” de los cruentos delitos que cometen los fulanos “colectivos” es el colectivo de las palabras pervertidas. Samuel González-Seijas lo indicó hace unos días en una columna publicada en este diario: “Torcer el lenguaje hasta un grado criminal: esa ha sido una de las herencias más regresivas que nos ha dejado la mala política y el despotismo iletrado de quienes nos gobiernan”.

No estoy de acuerdo con que se trata de la creación de una “neo-lengua” –como han señalado algunos amigos– sino de la corrupción de la lengua de todos los días. Acaso de allí su influencia que ha logrado cautivar a gentes que creen, tal vez de buena fe, que quien emplea esa lengua, esas palabras, lo hace sobre una base de honestidad que, sin embargo, es falsa, es una trampa.

El daño más tangible que el chavismo ha causado al país venezolano –los miles y miles de asesinatos que se han cometido desde 1999–, corre parejo con el que ha infligido e inflige aún al idioma. La verborrea de Chávez, hoy reducida a un balbuceo igual de patético que su pletórica puesta en escena original, ha sido uno de los motores principales de este proceso de desarticulación de todas las formas políticas de la coexistencia plural y democrática.

Además de retirar de las calles los restos humanos que dolorosamente van cayendo sobre ellas, esta época parece obligarnos a ir por esas mismas calles recogiendo el bagazo de la lengua. Las personas que se dedican a leer y a escribir están hoy en situación de procurar la supervivencia de las palabras.

Decirlo es más fácil que hacerlo. El desasosiego y la pérdida son grandes. Pero no será la primera vez que una rehabilitación de este tipo se lleve a cabo, contra todas las desesperanzas y todos pronósticos. No es heroísmo. Es tarea que se desarrolla en situación de inocultable fragilidad. Acaso reconocerla nos brinde toda la firmeza que nos hace falta.