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Miguel Ángel Cardozo

Las palabras de Américo Martín: un destello de luz

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Para la inmensa mayoría de los venezolanos no hubo este 5 de julio cabida para la celebración ni mucho menos capacidad para digerir, una vez más, los carnavalescos giros con los que el chavismo ha pretendido desvirtuar –desde el malhadado momento de su ascenso al poder– la propia identidad nacional; pero en medio de la sombría jornada se pudo divisar uno de esos destellos de luz que bien vale la pena sumar al conjunto de faros requeridos para iluminar el sendero hacia la libertad y el desarrollo de esta sociedad.

Y vale la pena, sobre todo, dada la fuente que hendió certera el corazón de la alada oscuridad que, más ensoberbecida que diestra, sigue intentando cegar con su sombra a quienes tanto odia; a quienes tanto teme. Una fuente, sí, nada sacra e imperfecta, aunque justamente por ello de más palpables virtudes y más creíbles certezas.

Un venezolano que, como algunos de su generación, supo sobreponerse a su dogmatismo, a su estupidez… en fin, a las propias miserias de su alma. Un hombre que se atrevió –¡y qué difícil!– a mirar de frente lo peor de su humanidad para poder ir en pos de lo mejor de ella –algo de por sí loable, más allá del éxito que en tan esencial búsqueda haya o no tenido, y que solo a él interesa–.

Sea lo que fuere, es mucho lo que en los turbulentos tiempos por venir habrá que rescatar de las luminosas palabras pronunciadas por Américo Martín durante el solemne acto que permitió reivindicar –nuevamente– la inconmensurable legitimidad del actual Parlamento nacional; legitimidad, por cierto, de la que tal instancia es hoy única poseedora en virtud del olímpico desprecio por la Constitución, los derechos humanos y hasta por la vida de sus compatriotas que, sin vergüenza alguna, los usurpadores de los demás poderes públicos del país ostentan, lo que lejos de constituir una suerte de galardón es, por el contrario, el acuciante compromiso de impeler la continuación de aquella interrumpida obra civil y civilizadora que, como bien recordó el mencionado tribuno, inspiró en primer lugar la lucha por una república democrática en los fundacionales días de nuestra historia patria.

 

De ahí que urja el que el Legislativo termine de asumir su importantísimo rol y, sin temores, haga sabio y pleno uso del poder que la inmensa mayoría de los venezolanos depositó en sus manos con miras al restablecimiento de las condiciones requeridas para el mancomunado acometimiento de tal empresa, así como el que esa ciudadanía le otorgue también la fuerza necesaria para ello mediante el tipo de pacífica y efectiva presión que solo puede hacer posible la unidad de millones; la unidad a la que exhortó Martín.

Por supuesto, lo segundo urge más que lo primero porque, seamos claros, de las dimensiones de tal presión –ejercida en las calles– dependerá que puedan o no apartarse los escollos que hoy obstruyen el tránsito por la ruta menos traumática hacia los cambios en la nación: la de un referéndum revocatorio en 2016.

Y de ese tránsito, a su vez, dependerá lo demás, incluyendo un auténtico y constructivo diálogo que le permita hallar puntos de coincidencia a quienes, desde diversas perspectivas, deseen coadyuvar a la consecución del bienestar de la sociedad venezolana; es decir, lo contrario de lo que pretenden los que ahora la oprimen y, por tanto, niegan la verdadera naturaleza de cualquier diálogo, ya que mover los labios con una bota en el cuello y emitir esporádicos e ininteligibles sonidos como supuestas respuestas a un camuflado monólogo, puede ser calificado de todo menos de tal –aunque lo opuesto diga Zapatero mientras con su insolente planta huella todo lo estimable en Venezuela–.

@MiguelCardozoM