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Tulio Hernández

La palabra sin odio

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Fueron sólo 17 minutos. 17. 

Y, sin embargo, se trata de una de las piezas oratorias más conocidas, citadas, publicadas, descargadas de Internet y, sin duda alguna, influyentes en el curso de la historia reciente no sólo de Estados Unidos sino del mundo entero. 

Usted dice: "Yo tengo un sueño" o "I have a dream" y de inmediato todos piensan en el discurso del reverendo Martin Luther King, pronunciado ante 250.000 personas, el 28 de agosto de 1963, delante del monumento a Lincoln en Washington. 

La semana que hoy concluye se conmemoraron 50 años de aquel hecho. He vuelto a ver y escuchar el registro del legendario discurso y experimentado la misma emoción y reverencia, casi sagrada, de la primera vez que vi a aquel hombre poseído por sus profundas convicciones que terminó haciendo más que un discurso político una pieza poética sobre la justicia, la libertad, los derechos y la dignidad humana ubicando el sufrimiento de la "gente de color" y la lucha por los derechos civiles del país del Norte en el marco temporal del largo ciclo histórico. 

Porque eso es lo grandioso de aquella alocución. No queda duda de que Luther King era un gran orador, suficientemente entrenado en su oficio de pastor evangélico y en sus años de activismo por los derechos civiles. Pero lo que convierte aquella la pieza oratoria en una referencia histórica es la capacidad del pastor para conferirle sentido de trascendencia a su prédica a través de un lenguaje imaginativo, cargado de metáforas y referencias históricas pronunciadas ante la concurrencia, mezclando palabra propias con las de otros, con la misma pasión y destreza de un excelente saxofonista que improvisa un solo de jazz. 

Porque Luther King, hay que decirlo, no sólo era un activista, era un voraz lector, doctorado en Teología, lo que le permitía volcar en una intervención, de manera sencilla, para comunicarse con cualquier tipo de persona, su rico y complejo bagaje intelectual. 

Más o menos eso es lo que nos explica Kiko Kakutani, en un artículo publicado el pasado 28 de agosto en The New York Times . El escritor nos hace ver en detalle las múltiples referencias textuales que Luther King reunió aquella tarde para entrar en comunión con su audiencia. Referencias a la Biblia, como aquella del profeta Amós ("no estaremos satisfechos hasta que la justicia fluya como el agua y la virtud como un que río poderoso"), ecos de la Declaración de Independencia ("los derechos inalienables a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad"), alusiones a Shakespeare ("este sofocante verano del legítimo descontento del negro"), a Langston Hughes en un poema de 1935 ( "dejar que América sea el sueño que soñaron los soñadores") o a canciones populares como la famosa "This Land is Your Land" de Woody Guthrie ("que resuene la libertad desde las altas montañas de Nueva York, que resuene la libertad desde las suaves pendientes de California"). 

50 años después entendemos a cabalidad el significado de aquel acto y aquel texto que encuentra su momento de mayor lucidez y de ilustración pedagógica en el estribillo: "Tengo un sueño, que mis 4 hijos vivirán un día en una nación en la que no se les juzgará por el color de su piel sino por el contenido de su carácter. ¡Hoy tengo un sueño!". El sueño, atención, no es pasar factura a los blancos por el sufrimiento propio, ¡el sueño es que más nunca un ser humano sea discriminado por el color de su piel, no importa cual color sea! Probablemente esa es la grandeza de Luther King y la no violencia: haber desarrollado una lucha por los derechos sin convocar a la vendetta, al pase de factura, al ejercicio del odio como manera de reafirmación del grupo humano que había sufrido tantos siglos de vejación. Por eso, como Mandela en Suráfrica, su herencia ya no es patrimonio de la comunidad afroamericana, sino de todos los Estados Unidos porque su aporte fue decisivo para realizar del "sueño" de uno de los primeros países que hizo ley aquello de que "todos los hombres fueron creados iguales".