• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Lorena González

La palabra convocada

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Pocas veces sabemos en realidad a qué lugares recónditos nos llevará el encuentro con los caminos de la imagen. Vivimos en tiempos extraños; las áreas se han trastocado y las zonas conocidas se cruzan hasta borrar sus orígenes. Nada es lo que era y en base a ese cambio constante, nosotros mismos nos vamos transformando en formatos perdidos, esencias hundidas de un qué somos que ya no sabe a qué aferrarse. Sin embargo, en esos momentos es posible que el deslumbramiento de una sola imagen pueda convocar el espacio añorado de la palabra extraviada; sílabas, tejeduras, frases, testimonios, sintagmas, grafismos de un eslabón que nos devuelve a la unidad primera: alivio en las sombras de lo fragmentado, claridad fugaz en el angustioso rumbo del sinsentido.

Este encuentro silencioso y profundo es lo que está propiciando la muestra más reciente de la Sala Mendoza con el título Manifiesto país. Inaugurada el pasado 18 de mayo, esta exhibición contó con la curaduría de la fotógrafo y editora Lisbeth Salas a partir de la iniciativa de Patricia Velasco, directora de la institución.

Para Velasco era el momento de responder a los confusos sucesos que ha vivido Venezuela en los últimos meses, por lo cual reorganizó su programación para despejar el campo a una amplia diversidad de narradores, periodistas, investigadores y poetas que pudieran levantar el nexo necesario de una mirada distinta sobre el país, alejada de los fundamentalismos y anclada en la potencia iconográfica de la reflexión personal.

Fue así como comenzó a estructurarse esta especie de libro abierto en el entorno expositivo. Dos diseñadores gráficos (Pedro Quintero y César Jara) se dieron a la tarea de acompañar desde una estética sencilla pero contundente las confesiones de los convocados; un delicado engranaje entre la imagen y la palabra abrió la cadena sucesiva de los acontecimientos: encuentros y distancias, pérdidas y hallazgos, denuncias y similitudes, fracturas y sutilezas, fueron algunos de los pares que treparon por cada uno de los carteles realizados; sencillo enlace gráfico que también permitió conectar y trasladar los formatos tradicionales de la manifestación pública hacia el espacio museográfico.

Lo más relevante de Manifiesto país es que es una exposición que desarrolla su propio tiempo en plena conexión con el espectador que en ella se encuentra. Mientras se va leyendo y durante el tránsito específico que cada imagen propone a la fisicalidad de la mirada, uno comienza a olvidar incluso los nombres o la procedencia de aquellos que escribieron; surge un extraño y persistente murmullo que unifica todas las propuestas y abre la necesidad interior de la palabra, del recuerdo particular, del verbo íntimo.

En este espacio sensorial la memoria inicia la apertura de lo que somos frente al mundo y de aquello que nos une con ese lugar tan complejo como feliz al que pertenecemos: un país. Al final del tránsito un área especial le brinda al espectador la posibilidad de graficar su palabra y de asentar todo aquello que se ha movido a lo largo de la experiencia dialogante que acaba de vivir. Una excelente iniciativa de la Sala Mendoza que esperamos pueda repetirse y ampliar sus coordenadas, extender con otros públicos y otras voces de la cartografía nacional una de las carencias más apremiantes del debilitado tejido social de la Venezuela reciente: vínculo.