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Rodolfo Izaguirre

Los pájaros cantan en el infierno

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Simón Alberto Consalvi era entonces canciller y por alguna razón geopolítica me agregó a quienes de una u otra manera desempeñarían alguna gestión en Surinam, la antigua Guyana holandesa. La mía consistió en organizar y proyectar en Paramaribo un ciclo de películas venezolanas cuya duración no pasaría de una semana. En casa, anuncié que debía ir a Paramaribo y pregunté a mis hijos si alguno quería acompañarme. Se revolvieron en sus sillas, incómodos: ¡Papá: últimamente viajas mucho hacia el subdesarrollo, pero esta vez te pasaste! y hundieron el puñal: ¿Qué tienes tú que ver con la política de los adecos? ¡Tu compromiso es con el cine! Precisamente, les dije: ¡el cine es ahora el compromiso! Cuando vieron que de nada valían sus argumentos contra el viaje enfatizaron: ¡Paramaribo debe ser el infierno! Si es el infierno, respondí, ¡habrá que conocerlo!

En lugar de una estuve dos semanas y constaté que los holandeses al retirarse desmantelaron a un país que, como un Ave Fénix, intenta todavía hoy sobrevolar el río Surinam con el firme propósito de rescatar a la nueva nación de la pobreza y de un pasado que en las últimas décadas del siglo XIX vio arder casas y edificios de buena parte de la ciudad. Luego, en los ochenta y noventa del pasado siglo los saqueos, las turbas enfurecidas, los golpes de estado, las revueltas y renuncias presidenciales enrarecieron la atmósfera política del país. Una historia en la que surgen los nombres de Desi Bouterse y la llamada revolución de los sargentos que desplazó al presidente Johan Ferrier. El de Ramdat Misier y luego el del destituido Ransewak Shankar y el nombre de Ronald Venetiaan y en cada ocasión los saqueos e incendios se convertían en una rúbrica aterradora. ¡Políticamente, era algo parecido al infierno!

El sosiego terminó instalándose en el país donde conviven caribeños, amerindios, chinos, europeos y javaneses. Algunos diplomáticos acreditados en Surinam acostumbran desplazarse hacia la vecina Guyana francesa para abastecerse de productos y exquisiteces procedentes de Francia.

Las películas encontraron buena acogida y generaron interés y curiosidad por la cultura y costumbres venezolanas. Algunos espectadores se estremecían con la celebridad del Miss Venezuela y los más jóvenes se acercaban haciendo preguntas inteligentes sobre el país, el cine y las artes. ¡Lástima que no hubo continuidad!

Frente al palacio de gobierno se extiende un bello parque abierto y muy bien cuidado. Un lugar en el que los domingos y días feriados se congrega la gente desde temprano porque tiene lugar allí una competencia de canto de pájaros. Los participantes llegan con los pájaros en sus jaulas; algunas, primorosas, y durante horas sólo se escuchan los trinos en un concierto del más exquisito deleite y un jurado, que nunca imaginé que pudiera existir en todo el universo, escucha con atención y gozo el canto de aquellas aves; hace anotaciones y finalmente da a conocer su veredicto.

¿Cuál fue el comentario que hizo Billy Wilder sobre Marilyn Monroe después de repetir 65 veces la agotadora escena del Where is the bourbon en Some Like It Got con Lemmon y Curtis vestidos de mujer y con tacones de aguja? “Existen mas libros sobre Marilyn que sobre la Segunda Guerra Mundial. Hay una cierta semejanza entre las dos: ¡era el infierno, pero valía la pena!” Lo más terrible del infierno aseguran los teólogos es no poder disfrutar de la Visión Beatífica. Pero mientras escuchaba a los pájaros lucirse con sus cantos en aquella espléndida mañana pensaba en la afirmación de que viajar a Paramaribo era como ir directo al infierno y me dije: ¡Si éste es el infierno, aquí me quedo!