• Caracas (Venezuela)

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Freddy Lepage

El país del síndrome del avestruz

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El Gobierno no termina de arrancar, y la situación es cada vez más confusa. La angustia se apodera de la gente agobiada por los problemas cotidianos. Maduro no cuaja y ha convertido la huida hacia adelante en una viajadera permanente, como si estuviera montado en un carrusel del cual no puede bajarse. Las andanzas por el exterior se repiten, y las visitas domésticas con el llamado “gobierno de calle” son tan frecuentes que hacen imposible que vaya a Miraflores a cumplir con sus responsabilidades.

A veces pienso que en Miraflores se siente intimidado por quien, según él, fuera su padre putativo y político. Pareciera que la figura del “comandante eterno” lo trastorna de tal manera que evadirse del palacio de Misia Jacinta es una pulsión inevitable. Esto es grave porque el Ejecutivo y las demás instituciones andan cada cual por su lado, y hacen lo que creen que deben hacer para mantenerse en el poder.

A todas partes donde uno va, la pregunta obligada –convertida en punzante ansia e impaciencia– es la misma: ¿Qué pasará con el país? ¿hacia dónde vamos? ¿cómo vamos a salir de esto? ¿se consolidará Maduro? ¿llegaremos al 2019 con este desastre? En fin, una sucesión de inquietudes, interrogantes y frustraciones que ni siquiera el “profeta” Reinaldo Dos Santos, tan popular en estos tiempos de calamidad y violencia, sería capaz de responder.

El ciudadano está en ascuas, ávido de respuestas y acciones que le den ánimo ante esta compleja circunstancia de la patria herida, hollada por la grosera intromisión cubana –que ya es pública– y la hipoteca de nuestros recursos a los chinos, rusos, bielorrusos, y pare usted de contar. La subordinación y malversación –a pesar de que vociferen lo contrario– de nuestra riqueza nunca había estado tan comprometida, al igual que nuestra soberanía.

Ahora somos más dependientes que nunca. Hasta para conseguir papel sanitario necesitamos del extranjero, algo insólito que debería encender el nervio y liberar la ira social contenida, pero no es así. El colectivo se habitúa rápido a la escasez y al racionamiento. Así observamos las “alegres” colas y carreras cuando aparece algún alimento o producto básico o, peor aún, cuando el “novedoso” Sicad reparte, en unas misteriosas subastas (?), las miserias que quedan de nuestras divisas a viajeros y empresarios “sudorosos” porque la boloña se la llevan, sin mucho esfuerzo, los validos boliburgueses del régimen.

Mientras peor sea la situación, mayor será la represión. Maduro, que no tiene el liderazgo necesario, se maneja al son del poder compartido. Esto quiere decir que las decisiones se toman de forma corporativa entre iguales, sin que haya un líder con capacidad de encarrilar a tanto loco suelto (Diosdado Cabello, dixit). Ni siquiera han logrado delinear una política integral de Estado coherente en función de los intereses nacionales. 

Mientras las dificultades políticas, económicas y sociales se acrecientan, la lucha se convierte –sin prisa, pero sin pausa– en una especie de endemoniada guerra cuasi “religiosa” en términos apocalípticos (y no exagero) en nombre de un Chávez convertido en reliquia sagrada invocada a conveniencia, sacralizada como el último dios pagano, situado (gracias a la propaganda oficial) en el mismo pedestal de Simón Bolívar.

La marcha perversa hacia el cadalso continúa, a pesar de la estoica resistencia de una sociedad que no se resigna a vivir bajo el signo del autoritarismo alienante. Aunque a veces, por distintas razones, aparece el fantasma del síndrome del avestruz que esconde la cabeza en la tierra, o el de la ilusión de la aparición de algún chapulín colorado que haga el trabajo.