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Miguel Ángel Cardozo

¿¡Un país competitivo!?

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Ciertas opiniones pueden parecer fuera de lugar en una sociedad que –sensu stricto– rehúye mayoritariamente la crítica; y si bien las generalizaciones son siempre injustas, esa observación es oportuna dado que es frecuente oír a políticos que compiten por cargos de elección popular –indistintamente de su tendencia–, a funcionarios recién elegidos y a multitud de personas cuando pasan a ocupar posiciones de toma de decisiones dentro de sus organizaciones –gubernamentales, empresariales, académicas o de otra índole– jurar por Dios, por su patria y por su honor que los guiará la humildad para aceptarla, pero pronto el que osa alzar su voz para hacerla se ve reducido a la condición de paria en su institución, su comunidad o su país.

No obstante, como afirma a propósito del argumentum ad populum la profesora Corina Yoris-Villasana –en su estupendo artículo “Pensamiento ‘mágico’ y algunas falacias”, publicado en El Nacional el mismo día en que termino de escribir este artículo–, hay que “reconocer que la verdad, […], no es democrática”.

Por supuesto, no existe terreno más movedizo que el de las verdades, porque, a fin de cuentas, ¿quién puede presumir de poseerlas?; pero en el mejor espíritu constructivo, valgan los comentarios aquí expresados.

Y emplearé la primera persona ya que celebro como muchos el que en la edición 2014 del QS University Rankings: Latin America, algunas instituciones venezolanas de educación superior, como la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Simón Bolívar y la Universidad Católica Andrés Bello, hayan podido ubicarse en mejores posiciones que en la edición anterior, ocupando ahora los puestos 27, 32 y 58, respectivamente, entre un total de 300 universidades de la región (QS Quacquarelli Symonds, 2014, http://www.topuniversities.com/university-rankings/latin-american-university-rankings/2014).

Claro que entre las 800 universidades agrupadas en el QS World University Rankings 2013/2014 –el ranking global publicado también por QS Quacquarelli Symonds (2014, http://www.topuniversities.com/qs-world-university-rankings)– estas instituciones se ubican más allá de la posición 551, por lo que los escasos 26 puestos que separan a la Universidad Central de Venezuela de la brasileña Universidad de São Paulo en el ranking latinoamericano –en el que esta última se ubica de primera–, se convierten en más de 424 en el mundial –en el que la Universidad de São Paulo ocupa el 127–.

Pero obviando lo global –y sin ánimos de minimizar los muchos logros de nuestras universidades–, cabría preguntarse qué es lo que realmente refleja el que esas tres instituciones nacionales de educación superior ocupen las mencionadas posiciones en el ranking latinoamericano, sobre todo si se toma en consideración el hecho de que los dos indicadores a través de los cuales se valora tanto la actividad científica como su impacto, poseen un peso de 20% dentro de la puntuación total, mientras que la proporción de profesores con doctorado tan solo aporta 10% a la misma.

Incluso –y sin que ello implique que la formación no sea en general de alta calidad en esas importantes casas de estudio–, sería pertinente reflexionar sobre las debilidades que desde el punto de vista de la enseñanza-aprendizaje podrían en un futuro limitar la capacidad de la academia venezolana para contribuir a la resolución de los grandes problemas que quedarán como nefasto legado de los años de colorada revolución.

Por ejemplo, cobra particular relevancia el preguntarse si –con visión prospectiva– se está promoviendo en las universidades –principalmente a nivel de postgrado– un desarrollo de competencias que verdaderamente permita dar respuestas efectivas a la crisis del sector salud –de la que apenas se están padeciendo los primeros efectos–. Y si la apresurada respuesta es un “sí”, ¿se está entonces formando gerentes con las competencias específicas para hacerlo?

Porque es realmente alarmante la pasmosa ligereza con que no pocos afirman que cualquier persona con una genérica formación gerencial puede llevar las riendas de un hospital u ocupar posiciones estratégicas dentro del sistema sanitario, lo que fundamentan en el supuesto hecho de que las decisiones gerenciales no tienen nada que ver con lo que decide el profesional de la salud en relación con sus pacientes.

¡Menuda falacia! Justo del tipo que causaría hilaridad si las malas decisiones estratégicas en un sector clave como el de la salud no acarreasen un elevadísimo costo en vidas humanas. Y si por un segundo se da por cierto tal disparate, entonces del mismo modo un gerente de la industria petrolera no tendría que preocuparse en conocer a fondo las actividades operativas del negocio, ya que la mera noción de unos “principios universales de gestión” (?) y el manejo de técnicas y herramientas gerenciales aplicables en cualquier área, asegurarían su adecuada toma de decisiones –espero que a José Toro Hardy no le haya sobrevenido el desvanecimiento–.

Y ese es solo un ejemplo de los muchos criterios erróneos que peligrosamente proliferan en la academia venezolana por la visceralidad o la soberbia de algunos –por no mencionar otras posibilidades que ni quisiera imaginar–; criterios que podrían conducir a oscuros escenarios, porque si bien las decisiones de quienes los poseen se circunscriben a lo que ellos mismos conciben como las pequeñas parcelas de su propiedad –cátedras, departamentos, programas de posgrado, institutos de investigación, entre otros espacios–, sus consecuencias alcanzarán de una manera u otra a toda la población.

Considero que el ejemplo de visión educativa integral que han dado académicos de la talla del padre Luis Ugalde, de la doctora Cecilia García-Arocha o –más recientemente– del padre Francisco José Virtuoso –por mencionar solo a algunos–, debería ser emulado por quienes en sus mismas universidades, así como en las otras que componen la academia nacional, están al frente de unidades y áreas felizmente autónomas, recordando que el ejercicio de la autonomía en los niveles micro debe ser entendido con la madurez y la responsabilidad requeridas para impedir la proliferación de “islas” dentro de estas instituciones.

En todo caso, la común celebración por las posiciones ganadas en el citado ranking me hizo recordar que hace dos años un profesor del doctorado que estoy realizando en la Universidad Central de Venezuela –al cual aprecio y de quien tengo un muy buen concepto por su calidad humana, sus aportes y una impecable trayectoria que en el pasado lo llevó a ocupar importantes cargos, incluyendo el de vicerrector en una reconocida universidad venezolana–, preguntó en clase:

—¿Son ustedes competitivos?

La respuesta fue un unánime “sí”, a lo que él –palabras más, palabras menos– replicó:

—Siempre que hago esa pregunta obtengo la misma respuesta, pero si es así, ¿por qué el país está tan mal? –Silencio sepulcral.


*Profesor de posgrado de la UCAB e investigador.

**Doctorando en Gestión de Investigación y Desarrollo, UCV. Especialista y magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales en Salud, UCAB. Odontólogo, UCV.

@MiguelCardozoM