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Carlos E. Weil Di Miele

El país de las comiquitas

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Mi infancia fue un período simple en el que la vida se paseaba entre evadir responsabilidades y un balón de fútbol. Pero sobre todo, la primera. A mi corta edad manejaba, magistralmente, el arte de esquivar todo lo que no generara en mí un interés. Era como una carrera de obstáculos en la que el esfuerzo mínimo era la meta. Tareas, exposiciones y exámenes pasaban por debajo de la mesa sin que mi irresponsabilidad generara el mínimo remordimiento, por el contrario, en el objetivo logrado había una satisfacción inmensa de supervivencia, como si cada  letra que dejara de escribir en mi cuaderno fuera una fiera mortal a la que lograba vencer en una batalla en la que yo llevaba las de perder.

En mi diario compromiso con la ineficiencia hubo siempre un cómplice incondicional. En la sala de la casa, una caja negra más pesada que yo y en la que se leía Sony Triton, se encendía a las 3 de la tarde y no se apagaba hasta entrada la noche, cuando el maratón de comiquitas, que terminaba con el chavo, se daba un descanso hasta el día siguiente. La faena era inagotable, 5 horas corridas de contenido hipnótico que ayudaban a reprimir cualquier sentimiento de culpa que pudiera generar, y esto pasaba con poca frecuencia, mi consolidada vagancia.

La selección era variada, pero siempre hubo favoritos. Desde Súper Campeones, hasta Los caballeros del zodiaco, pasando por Aventuras en pañales y La vida moderna de Rocco, mis tardes eran un collage de ilustraciones que hacían mi tarea, de no hacer tareas, mucho más sencilla. En ese juego de suma cero o de sumar cero uno, perdí horas en las que tal vez pude haber aprendido una que otra cosa.

No quiero tratar esto como un caso aislado, niños vagos habrá siempre, pero el país no es el mismo, ni lo son las comiquitas. La semana pasada el Ministerio Popular para el Turismo anunció el lanzamiento de Cheverito (Si, ese es el nombre). El personaje parece ser un dibujo animado trazado con la única función de generar detractores, bombas de humo que nos ayuden a todos a pasar los días evadiendo la realidad, pendientes de un muñequito que ni va ni viene y que hemos decido hacer más relevante de lo que es.

En esa formula son expertos los que gobiernan. Manejando la comunicación como manejaba los carros Meteoro, rápido y con muy pocas posibilidades de perder. Nosotros, el público, queremos jugarles la partida, y como niños en frente de televisor, nos dejamos llevar.

Cheverito escribe en Twitter y se le contesta. Y Cheverito responde. Y se le vuelve a contentar. Y atrás se dejan las tareas, y las exposiciones y los exámenes. Y mientras tanto se revienta la MUD, y se cae el país, y el bolivar y todo. Pero Cheverito dijo y ahí estamos sentados, en la sala del país en frente del televisor viendo a la caricatura ir de Canaíma a Maracaibo mientras suelta una puyita contra la oposición.

Es así de obvio. Somos así de obvios. El gobierno usa la formula porque funciona. Nadie, en su sano juicio puede creer que Cheverito incrementará el turismo interno, pero nadie en su sano juicio debería perder los estribos hablándole a un muñequito en Twitter. En eso estamos. Entró Cheverito a sustituir a La Salida, y mañana será Pastor Maldonado, Jaua en Egipto o alguna otra caricatura. Por ahora, miles de madres seguirán preocupadas, porque mientras todos sus hijos ven las comiquitas, nuestro país sigue raspado.