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Alberto Barrera Tyszka

Los otros todos

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La invención de conspiraciones es el género mediático preferido por el gobierno. Hasta el pasado septiembre, Nicolás Maduro había denunciado 11 intentos de magnicidio en su contra, sin mostrar una sola evidencia de ninguno. Este 5 de marzo, en un rapto delirante, acusó nuevamente a la oposición: “Hoy trataron de explotar 15 túneles de la vialidad nacional, trataron de explotar y quemar puentes, viaductos, autopistas”. Tampoco ofreció una sola prueba de sus denuncias. A la calle mandan a los soldados y a los paramilitares, alimentados con rabia y sin restricciones. Mientras, los altos funcionarios se dedican a ejercer la misma violencia en el ámbito de la información. Tratan de administrar el control de daños. El gobierno hace ahora lo imposible por ganar en el terreno de la verosimilitud.

Necesitan que sea verosímil la teoría del golpe de Estado. Necesitan hacer creíble que todas las protestas son indignas y forman parte de un plan calculado para derrocar al gobierno. Necesitan hacer lógico que la actuación salvaje y sanguinaria de la fuerza militar es una noble respuesta defensiva ante la agresión desmedida de un ejército asesino compuesto por estudiantes y amas de casa entrenados en México, Estados Unidos, Panamá y en las haciendas de Álvaro Uribe. No luce fácil. Es un desafío enorme. Pero lo otro implica aceptar que Maduro ha sentado un precedente fatal en Latinoamérica: cualquier gobierno, apelando a una conspiración, tiene licencia para golpear, torturar y matar a sus ciudadanos.

Aquiles Esté sostiene que el éxito mayor del chavismo es “haber reseteado el sistema operativo con el cual los venezolanos nos entendemos a nosotros mismos”. Sin duda, se trata de un logro fundamental que, aun con la ausencia del carisma de su líder, sigue siendo aprovechado de forma constante por la corporación que nos gobierna. Desde ese sistema operativo, desde esa nueva narrativa que pretende explicar al país, el gobierno intenta ahora victimizarse, presentarse no como el gestor, sino como el mártir de la violencia.

Todo pasa por una ceremonia anterior, por la construcción de una idea y de una sentimentalidad que, durante 15 años, ha desarrollado el poder. La idea de que ser de oposición es ser de derecha y odiar al pueblo. La idea de que ser de oposición es estar asociado, de manera irremediable, al egoísmo, a la traición, a la violencia, a la mentira, a la no venezolanidad… Morimos en las calles porque llevan 15 años matándonos simbólicamente. Las guerras no nacen por generación espontánea.

En una acertadísima reflexión, hilvanada en una lista de tweets, la periodista Luz Mely Reyes destaca cómo “hay una tendencia a defender tus muertos-sus muertos. Es decir, cada quien tiene doliente, pero se desconoce el dolor del otro lado”. Esto adquiere un peso mayor en el contexto de las instituciones. ¿Cuánto se demoró la Fiscalía General en reconocer e investigar la participación policial y parapolicial en los sucesos? ¿Cuántos muertos cayeron antes de que la ministra de la Defensa dijera públicamente que un asesinato le parecía indignante? ¿Cuánto silencio se gastó la defensora del pueblo antes de aceptar que los estudiantes también son pueblo?

La única verosimilitud probable no es democrática. El gobierno controla el Estado y lo lanza como un animal en contra de todo aquel que lo adverse. Amparados en la denuncia de un golpe de Estado o en la supuesta amenaza de una invasión, actúan como si estuvieran frente a una tropa extranjera. Se comportan como si Táchira o Chacao no fueran Venezuela sino territorio enemigo. Son un ejército de ocupación. Los distintos no son nuestros. No tienen patria. Los diferentes solo pueden ser un objetivo militar.

Siguen sin entender que, ni siquiera controlando Internet, podrán prohibir que el otro sea otro. Quien siembra exclusiones cosecha rebeliones. Ahora que se celebra el centenario de Octavio Paz, un conocido verso suyo de “Piedra de Sol” tal vez sea la mejor definición de un país posible: “Los otros todos que nosotros somos”.