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Ramón Piñango

¿Y las organizaciones?

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En el país es tal la preponderancia de eventos negativos que lo bueno que ocurre casi siempre pasa inadvertido o apenas roza la memoria. Nos queda grabada la muerte, la escasez, los precios desbocados, la enfermedades curables que se tornan incurables,los conflictos, los insultos, la mentira, la miseria, la injusticia, los familiares o amigos que han emigrado.

En tal situaciónha echado raíces el pesimismo, la desesperanza. Ha sido así porque ante lo negativo la gente ha buscado explicaciones, algo que aporte aunque sea modesta base a la ilusión de tiempos mejores, pero no ha encontrado nada o que levante el ánimo. No la encuentra en el régimen porque sus mentiras se desgastaron de tanto usarlas, ni siquiera tiene dinero para complacer a algunos y esperanzar a muchos. Tampoco la encuentra en una oposiciónenrollada en contorsiones argumentales a favor de una u otra estrategia para desplazar al régimen. El desgaste del equipo gobernantese manifiesta en  la caída significativa del número de personas que se identifican con él. La oposición sufre de una crónica limitación para atraer a quienes abandonan al régimen.

En el caso de quienes mandan como en el de la oposición no figuran tanto las organizaciones como las personas. Tenemos una escena política copada por personalidades oficialistas u opositoras. Ciertamente, todavía suena algo del PSUV pero la referencia es cada vez más a personas que al partido del oficialismo. Qué dijo Cabello, qué dijo Jagua, que dijo X o Z, parece ser lo que cuenta. En verdad no hay un partido de gobierno que opine mediante uno de sus órganos. En la oposiciónel fenómeno es tal vez es más notorio porque se trata de personas vinculadas con distintos grupos políticos. Qué dijo Capriles, que dijo López, qué dijo Ledezma, qué dijo María Corina es lo que importa, como si no representaran a nadie.

Con creciente intensidad padecemos de un vacío organizacional en lo político, acompañado por una escasa presencia de organizaciones de la sociedad civil. Es cierto que existen organizaciones como sindicatos, gremios, agrupaciones comunitarias de indudables méritos, pero no muchas como para actuar con contundencia y ser referentes importantes. La misma Iglesia Católica que en algún momento habló con fuerza y claridad luce ahora ausente cuando más necesidad hay de su palabra. Las universidades hablan como voces solitarias, igual cosa ocurre con las academias. No se ha logrado que la sociedad civil articule sus voces.

Los ciudadanos de este país sufren, entre tantos males, de falta de orientación. Si lo que ocurre es desesperanzador al menos la presencia activa -hablando, explicando, interpretando- de organizaciones pudiera servir de referencia para entender la actual circunstancia.

La sociedad contemporánea es, en buena medida, un tramado de organizaciones con las cuales se vinculan las personas. Hoy pocos se relacionan con una sociedad directamente, la mayoría lo hace mediante organizaciones formales o informales que cultivan un sentido de pertenencia e identidad en los ciudadanos. Es el lugar de trabajo, la organización religiosa, gremial, educativa, cultural, deportiva o comunitaria lo que nos hace sentir que no estamos solos para enfrentar situaciones difíciles compartidas por muchos.

En esa trama organizacional radica la fuerza de una sociedad para escoger lo que quiere ser y hacerlo realidad. En nuestro caso esa trama es débil, difícil de coordinar. Por esta razón es fácilmente soslayada por el poder de turno.

Seguimos siendo una sociedad apuntalada en líderes pero con una frágil estructura para ejercer el liderazgo. Los líderes como individualidades pueden morir, enfermarse, cansarse, desquiciarse o dejarse de eso. Poco importaría si se cuenta con sólidas organizaciones cuyos esfuerzos pueden ser articulados. De seguir así seguiremos estando a merced de la fortuna.