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Francisco Suniaga

“La oposición” de la oposición

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Visto en un primer plano, la oposición venezolana recibió el pasado domingo una aplastante derrota. El país, como alguien dijo, amaneció el lunes más chavista (y militarista, habría que añadir) que nunca. De las cinco gobernaciones que la oposición había obtenido hace cuatro años, apenas mantuvo una. Y es precisamente esa gobernación, Miranda, la que permite también decir que hay derrotas aplastantes que no lo son tanto, y que, al considerar todos los factores que participaron en la contienda, bien parecen victorias.

En Venezuela, quien quiera hacer política contra Chávez tiene ante sí a un enemigo formidable que pareciera querer convertir a todos los opositores en polvo cósmico. De hecho, en estas últimas elecciones del 16-D casi lo logra. En el caso de Miranda, después de dos meses y una semana de un trabajo de demolición de la figura de Henrique Capriles, por poco se sale con la suya y consigue derrotarlo. Pero, como los grandes, Capriles tenía más reservas de las que le suponían y concretó algo más que un enorme triunfo político, hizo un milagro contra esa fuerza maligna. Que conste que no me estoy refiriendo al chavismo (en fin de cuentas ese era su trabajo); el enemigo más encarnizado de Capriles, el que casi consiguió el domingo pasado descarrilarlo de su camino es “la oposición” de la oposición.

“La oposición” de la oposición está formada por los que desde la noche misma del 7 de octubre se empeñaron en desconocer el liderazgo de Henrique Capriles (basados en una alucinación más o menos de este estilo: Chávez se va a morir y yo –o mi candidato o partido o grupo o qué sé yo– sí tengo chance contra el sucesor).

Desde entonces, comenzando por la decisión de reconocer la victoria de Chávez y continuando con la decisión de ser el candidato de Miranda, HCR ha sido fustigado de la peor manera (públicamente, las menos de las veces, y de manera subterránea la mayoría, la que se repite ad infinítum en todos los corrillos donde los integrantes de “la oposición” ejercen alguna autoritas política o intelectual) y con una saña ni siquiera usada contra Chávez. Capriles ha sido criticado hasta por afirmar –a mi juicio con la dosis precisa de malicia– que no deseaba que Chávez muriera sino que se curara, que se encargara de la Presidencia y cumpliera las promesas que hizo durante su campaña. ¿Qué querían, que dijera que deseaba la muerte de Chávez?

La cosa ha llegado a dimensiones de aguacero: “Es un junior que se conforma con ser gobernador y no asumió su rol de líder de la oposición”. “Es un bobolongo, que no tiene guáramo”. “Ante Jaua y Maduro es un enano”, y otras afirmaciones destempladas, incluso algunas de contenido escatológico. Estas descalificaciones, acompañadas con una serie de “análisis” en torno al fraude, la inutilidad de las elecciones y el acto de votar como arma de una oposición democrática, desmovilizaron a un electorado opositor que después de la derrota de octubre necesitaba de todo menos eso. El pasado domingo se abstuvieron 3 millones de venezolanos que votaron por Capriles el 7-O, en gran medida estimulados por ese empeño en autogolearse que tiene “la oposición”.

Una de las críticas más recurrentes, que por virtud de estas elecciones devino en más significativa, fue aquella de que Capriles no debió ser candidato a gobernador de Miranda. “Se rebajó, él tenía que mantenerse a nivel presidencial y salir a recorrer el país, a buscar votos en las demás gobernaciones”, fue el argumento. En lugar de aceptar su decisión y confiar en ella, de inmediato comenzó el runrún: “Si pierde Miranda ya no podrá ser candidato”, para, acto seguido, hacer todo lo que sibilinamente se pudiera hacer para que esa mala intención se concretara. El pasado domingo por poco lo consiguen.

Pero perdieron. Capriles acertó una vez más, y lo menos que podrían hacer ahora es aceptar que para los venezolanos opositores de buena voluntad –los que no tienen planes B, ni están llenos de reconcomio por sabe Dios qué avatar político relacionado con Capriles o su partido–, vale decir, la oposición sin comillas, hay un líder que puede conducirla atinadamente en la larga lucha por venir. Visto lo ocurrido, tal vez entiendan que es una fortuna tener ese líder. Un dirigente político que tiene la piel de cocodrilo y una gran determinación para afrontar la adversidad. Un líder que no sólo ha tenido que librar una desigual lucha contra el chavismo (que hasta lo puso y lo mantuvo preso durante cuatro meses, en las peores condiciones, sin poder quebrar su voluntad), sino también ha tenido que imponerse a una “oposición” que ni bocha ni arrima.