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Alexis Alzuru

Una oposición de utilería

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La estrategia “Maduro vete ya”, combinada con aquella que limita el diálogo de la MUD a reuniones con el gobierno, ha terminado mostrándole a la cúpula del PSUV la puerta para calmar sus disputas internas. De hecho, las decisiones que sus jefes han venido tomando sugieren que ensayan soluciones. Ocupar el espacio político de la oposición con algunos de sus aliados es una entre otras. Para logarlo radicalizaron sus posiciones: escalaron la represión contra los estudiantes; mientras que el presidente pasó de solicitar diálogo a manipularlo. Incluso, modificó su conducta hacia los representantes de la Unasur y el Vaticano. Los atendió poco y no los escuchó. Nicolás Maduro dispara en contra del diálogo a plena luz del día. Su coartada es desprestigiarlo, al igual que a sus adversarios. Por supuesto, busca desplazar a sus oponentes, no conversar. En realidad, el presidente persigue el surgimiento de una oposición tarifada.

Es difícil creer que Nicolás Maduro se encuentre tan maniatado por Diosdado Cabello y los radicales del PSUV como para interpretar sus acciones al calor de sus inseguridades y temores. Pues su conducta pareciera que responde a su propio sistema de cálculos e intereses. En cualquier caso, la intencionalidad de sus acciones es la misma: trabaja para desautorizar el diálogo con la MUD. Por esa vía pretende enterrar la credibilidad de su contraparte. Deshonrados unos opositores y presos otros, el camino queda servido para la aparición de una oposición de vitrina. En ese escenario no extrañaría que en las presidenciales de 2019 los venezolanos se encuentren decidiendo entre dos candidaturas negociadas por la cúpula oficialista. Quizás una de las opciones la represente Nicolás Maduro, y la otra, Diosdado Cabello.

Las estrategias de la oposición han permitido que Nicolás Maduro utilice una tenaza de doble pinza para desarticular la resistencia social. Por una parte, reprime y judicializa; por la otra, siembra el escepticismo en los corazones de la gente que lo rechaza. Por supuesto, algunos cuadros del PSUV se encargarán de “administrar” el malestar social una vez que se desactiven los partidos que hoy están en capacidad de acompañar la protesta cívica.

Está en marcha la redistribución de la representación política del país. Lo que está en juego no es que algunos voceros del Polo Patriótico o partidos como AD, UNT o PJ pasen a jugar banco. Lo definitivo es que los actuales jefes del PSUV serían gobierno y oposición. La élite que ha probado en los hechos su desprecio por los venezolanos se repartiría el poder en los ámbitos del Estado, gobierno y oposición. Además, estarían en condiciones de realizar un nuevo pacto constitucional. Un contrato que sería un manual de órdenes partidistas, no un sistema de principios y acuerdos definidos por los ciudadanos.

El Polo Patriótico, la MUD y sus partidos aliados están con el tiempo en contra. Corren el riesgo de quedar en calidad de “invitados” en el mercado político. En el entendido de que la expresión “calidad de invitados” significa que mantendrán alguna presencia simbólica. Sin embargo, quedarán sin capacidad de presión y negociación ante una oligarquía todopoderosa. De pronto, se convertirán en una muestra viviente del pasado partidista de la nación. Por fortuna, aún existe margen para corregir y actuar. Pero en ese caso se tendría que asumir que en esta etapa los interlocutores del diálogo son los partidos y el pueblo; no una parcela de la oposición y los jefes del gobierno. También sería el momento de sincerar que el foco de la negociación son instituciones como el CNE o el TSJ, no solo los presos políticos. Sobre todo, habría que asimilar que el marco del rencuentro entre los venezolanos está dado por la redefinición del socialismo, no por la rehabilitación de los postulados del capitalismo fondomonetarista.

 

*Profesor UCV