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Alexis Alzuru

La oposición: la ilusión de la unidad

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La unidad política es el resultado de la deliberación entre partidos y sectores que discrepan entre sí. Sin embargo, muchos dicen que la unidad opositora puede mantenerse sin confrontar ideas. De hecho, la diatriba sobre idearios fue desplazada por arreglos para distribuir cargos y regiones. El regateo electoral se convirtió en la premisa de su actuar. Los resultados de ese enfoque están a la vista quince años después: la oposición está fraccionada en tantos trozos como regiones controla. En el entendido de que cada territorio responde a sus dirigentes locales o nacionales, según sea el caso. Pero sigue sin una visión compartida sobre Venezuela, lo cual comprueba que el consenso valorativo no se sustituye con repartos. Así esa distribución se realice mediante elecciones primarias de los que se presentarán a los cargos públicos. Además, es bueno comprender que se necesita el respaldo unánime del pueblo y no una mayoría electoral para detener al oficialismo.

En la oposición antes de continuar fomentando un arreglo por conveniencia, corresponde incentivar el deslinde valorativo entre sus integrantes. Después de todo, ¿por qué esas organizaciones deben temerle al reacomodo por bloques ideológicos si ya se encuentran divorciadas? Acaso, ¿ese anclaje valorativo no es un requisito esencial para conquistar la voluntad del pueblo? Una oposición agrupada por intereses ideológicos es más eficiente que una mesa o un frente nacional esterilizado. Por cierto, las declaraciones de Nicolás Maduro y de los dirigentes del PSUV indican que comparten un mismo horizonte. Sus discursos responden a las verdades del evangelio castro-socialista.

La unidad de la oposición es una ilusión en el contexto actual. Sobre todo, es un espejismo que retarda las conversaciones entre partidos y organizaciones que pudieran asociarse por sus afinidades doctrinarias. La asepsia valorativa de la MUD obstaculiza el recuentro entre partidos que pertenecen a una familia ideológica. Cuando se sabe que reconocerse como miembro de una familia es un requisito esencial para comunicarse el pueblo. Ese marco doctrinario es lo que permite la reinterpretación política de las expectativas y reclamos de los ciudadanos. Por eso, al negarlo se rompen los puentes emocionales con la gente. En especial, en Venezuela donde el objetivo es amalgamar al país para redefinir la visión de todos sobre la vida en democracia.

En Venezuela se libra una batalla ideológica. Un escenario que se desarrolla con independencia de la unidad valorativa de la oposición. Ese combate es una guerra darwiniana en la cual sobreviven los grupos que tienen idearios. Basta darse cuenta de que son algunas creencias el soporte en el que descansa el respaldo que aún mantiene el bloque oficialista. El PSUV y sus aliados están en mejor posición que la MUD para motivar a sus simpatizantes. Incluso, esa ventaja la conservan en momentos en los que sus postulados colocaron a la República en un fogón de tensiones y demandas sociales sin precedentes. Pero lo relevante es reconocer que un marco valorativo es la columna de esa superioridad que hoy exhibe el gobierno frente a la oposición. Ellos lograron consolidar una tabla de mandamientos que redirecciona las angustias de la población. Mientras tanto en la MUD continúan creyendo que son los dirigentes y no las ideas los que conectan con el ánimo del pueblo. Desconociendo que lo ideológico es la mecha que exacerba las pasiones y no las personas.

Resignificar la voz del pueblo en un ideario es lo que despierta en el ciudadano el interés por reunificarse para defender sus convicciones. Sin embargo, en la oposición de nuevo hablan de candidaturas y tendencias. Creen que su unidad política es posible rehabilitarla alrededor de individuos. No se dan cuenta de que al insistir en esa tesis dejan el campo despejado a la doctrina seudosocialista del gobierno. Por cierto, los dirigentes de esa oposición bien podrían recordar que algunas doctrinas han permanecido en el poder por largo tiempo a pesar de hundir a los pueblos en penurias, desgracias y muertes.