• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

La oposición democrática en la encrucijada

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Allea iacta es. La ruptura entre los dos bloques de poder a los que por la fuerza de los hechos han derivado los factores opositores al gobierno de Nicolás Maduro y al régimen castrochavista: por una parte, los partidos principales que hacen vida dentro de la llamada Mesa de Unidad Democrática  a saber, AD y PJ, y aquellos que propugnan lo que ha dado en llamarse La Salida, representados más que por partidos, por las figuras de Leopoldo López (Voluntad Popular), María Corina Machado (Vente) y Antonio Ledezma, (ABP) respaldados por otras figuras y partidos, algunas de las cuales aún permanecen dentro de la alianza de la MUD, parece consumada. Las recientes declaraciones de Henrique Capriles, Henry Ramos Allup, Ramón Guillermo Aveledo, Ramón José Medina, Gerardo Blyde y otros que se irán expresando en este embate coordinado contra los promotores de la llamada salida pretende precipitar un distanciamiento al parecer irreparable. Las diferencias entre ambas fuerzas parecen, por ahora, irreversibles. Es lo que pretenden y dejan traslucir las vehementes declaraciones mencionadas. La acumulación de epítetos descalificadores, que van desde la consabida e indiferenciada acusación de radicalismo “de lado y lado”, en la que personeros como Henrique Capriles insisten desde su repentino abandono de sus denuncias contra el fraude, hasta la de fascismo, actualizada por Henry Ramos Allup en sus más recientes declaraciones a un canal de televisión supuestamente independiente, no parecen querer parar mientes en las consecuencias de dichas acusaciones verbales que confunden lucha ideológica con guerra, y de las más sucias.

Como en toda guerra, y ésta comienza a adquirir los visos de una de ellas, así sea de baja intensidad y por ahora sin consecuencias físicas que lamentar, la primera víctima es la verdad. Vale decir: la moral. O la inmoralidad en sustentar la mentira. Nadie miente al afirmar que los dos partidos en cuestión y los personajes mencionados practican una política de declarado apaciguamiento, se niegan a reconocer la naturaleza dictatorial y tendencialmente totalitaria del régimen,  apuestan a resolver la crisis – sin definir su naturaleza, a no ser la precipitación de la incompetencia de un mal gobierno inmanente al sistema democrático, por deficitario que sea – mediante una progresiva acumulación de fuerzas y la medición electoral a ser resuelta en diciembre de 2019, a más de cinco años plazo. Pero más que una falacia es una imperdonable ofensa afirmar que los 45 jóvenes asesinados por la violencia policial del terrorismo de Estado, como consta a los 28 millones de venezolanos y a los factores democráticos del mundo entero, que han tenido ocasión de seguir los hechos por los medios internacionales, debidamente suspendidos o sancionados por el gobierno de Maduro, fueron víctimas de la decisión de Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma, los tres principales inculpados por Capriles, Ramos Allup, Aveledo, Medina y Blyde al llamar a las protestas mediante acciones de callejera rebeldía perfectamente encuadradas en la Constitución Nacional contra gobierno y régimen. Que otra falacia, que bordea el sórdido terreno de la infamia, acaba de ser expresada incluso en tono de sarcasmo por uno de los máximos dirigentes de la MUD y destacado militante de Primero Justicia, al pretender que el encarcelamiento de Leopoldo López obedece a un plan perfectamente orquestado por el mismo López y que, siendo así, la MUD ni contempla plan alguno para exigir su liberación ni tendría por qué hacerlo.

 

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Tampoco es una falacia afirmar, como lo vienen haciendo los defensores de la estrategia que han denominado La Salida, que el diálogo convocado por el gobierno con el respaldo injerencista del Foro de Sao Paulo, de Unasur y las cancillerías de la región, y al que dichos sectores de la MUD se sumaran inmediatamente convocados después de desatada la carnicería de las fuerzas represoras del gobierno, militares y para militares,  y mientras ella se encontraba en pleno apogeo, no tuvo el más mínimo efecto positivo para el desarrollo de las fuerzas contestatarias, tales como suspender la represión,  liberar a los presos políticos, particularmente a los cientos de estudiantes encarcelados sin juicio previo y mediante la violación de todos sus derechos políticos y civiles, no digamos a Leopoldo López, que por lo dicho por Medina estaba preso y bien preso por propia decisión. Un diálogo que, como lo afirmara la Conferencia Episcopal Venezolana, que se retirara con las manos vacías, no tenía otro fin que fracturar y paralizar el movimiento insurgente en curso. Más nada.

Tampoco mienten quienes afirman que el fin último, único y exclusivo del diálogo al que se prestaron gustosamente los responsables máximos de la MUD era frenar las protestas y sostener y afirmar al gobierno dictatorial de Nicolás Maduro. Ni siquiera les importa a sus voceros reconocer que no se obtuvo satisfacción a ninguna de las legítimas exigencias políticas de corto, mediano y largo plazo que mal que bien se plantearon o bien pudieran haberse planteado, si es que existía el predicamento y la pretensión de que dicho diálogo era encaminarse a la paz, la normalización, la superación de la crisis y  la transición hacia un régimen democrático, incluso mediante la vía exclusiva de los procesos electorales: nombrar un nuevo CNE que obedeciera a la nueva correlación de fuerzas, liberar a todos los presos políticos – desde luego, en primerísimo lugar al rehén desde hace más de diez años del castrocomunismo hegemónico, Iván Simonovis, suerte de Huber Matus del castrismo venezolano, y obviamente a Leopoldo López – llevar a tribunales a los asesinos a bocajarro y a mansalva de muchachos y muchachas indefensas, redistribuir las comisiones del parlamento de acuerdo a los resultados de sus últimos comicios electorales y un largo etcétera que atendiera a las urgentes necesidades de nuestra población de más bajos recursos.

¿Se miente al señalar que ninguna de esas preocupaciones impulsaba a los dialogantes de la MUD encabezados por Capriles, Ramos Allup, Aveledo y otros a sentarse a la mesa de Miraflores, a salir con las manos vacías y a asegurar, en una prueba de intolerable entreguismo político y falta de moral ciudadana que siguen dispuestos a dialogar contra viento y marea, mientras se ceban en el ataque a los humillados y ofendidos de la Revolución de Febrero, sin tocar al dictador y su dictadura ni con el pétalo de una rosa?

¿Cómo sostener los esfuerzos unitarios con quienes no tienen el más mínimo empacho en traicionar los esfuerzos de cientos de miles de jóvenes, sus padres y madres y pueblos enteros, por reconstruir la Patria de sus ancestros, sin traicionarnos a nosotros mismos? Es la encrucijada en que nos encontramos.

 

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La piedra de tope que ha lanzado a millones de venezolanos a las dos orillas de un fatal desencuentro descansa en diferencias demasiado profundas, que hacen al análisis de nuestro pasado, al diagnóstico de la crisis que vivimos en el presente y a la visión de país al que aspiramos, situados, como estamos, en medio de una de las más profundas, si no la más profunda crisis existencial de nuestra historia republicana. Que afecta a la esencia de la venezolanidad y que vuelve a recapitular sobre lo que fuimos, lo que somos y lo que pretendemos llegar a ser. Por decirlo filosóficamente: en el Ser y en el Tiempo de la venezolanidad.

Puede que el tumor más maligno de esta crisis de orden terminal, por ahora diseminada por todo nuestro cuerpo social y supuestamente incurable, radique en el peso sobre determinante del militarismo caudillesco, salvaje y corruptor que impide, desde los tiempos fundacionales y los graves errores y desaciertos de nuestros padres fundadores, la auténtica emancipación de una civilidad capaz de asumir las riendas de nuestra sociedad y enrumbarla hacia la civilización y no a la reiteración cíclica de la barbarie. Que otro de esos males de profunda raigambre y odiosa reiteración sea la subordinación de la civilidad política al poder omnipotente de las armas, conformada en la recompensa mediante la inescrupulosa administración y disfrute del botín petrolero que desde La Rosa acicatea el deseo de hacerse con el control del Estado. No para avanzar en la construcción de la Nación, sino en el escandaloso expolio con fines de enriquecimiento personal y creación de nuevos núcleos oligárquicos. Enfermedad esta última hecha parte consustancial de nuestros complejos y desviaciones desde los años en que hiciera su irrupción la inconmensurable riqueza petrolera durante la dictadura del general Gómez. Profundamente articulada con dicha administración y expoliación de nuestros recursos, la lucha feroz entre civiles agavillados para hacerse con el botín. Fin último y primero de la política venezolana de todos los tiempos.

No hay quien pueda negar que todas esas taras, esos vicios ancestrales y esas enfermedades genéticas han encontrado su mayor y perfecta expresión en el régimen imperante desde hace 14 años. Que el chavismo llevó el militarismo caudillesco, el saqueo inmisericorde de los bienes de la Nación, la corrupción y la degradación moral de millones y millones de venezolanos a su máxima  e intolerable expresión,  empujando la Patria al abismo de sus peores iniquidades. Y amenazando, incluso, con la disolución de la nacionalidad y la pérdida absoluta de su soberanía.

El desacuerdo de los pragmáticos, Ramos Allup, Henrique Capriles, Ramón Guillermo Aveledo y de todos quienes se muestran sumisos al régimen y dispuestos a acordar formas de connivencia frente a esta dolorosa realidad, que aceptan y acatan como simples datos inamovibles de nuestra pervertida sociedad - traza un abismo en nuestras diferencias. Ellos quisieran seguir hundidos en el fango. Nosotros liberarnos de las garras de nuestra maldición primigenia.

Es la dolorosa, compleja y aparentemente irresoluble encrucijada en que nos encontramos.

@sangarccs