• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

Ya de antes…

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Me cuesta precisar en términos de tiempo cuánto llevamos viviendo (padeciendo) circunstancias como las actuales, de una Venezuela militarizada y de destino presidido por tal colección de ineptos, ignorantes, de rápidos y voraces saqueadores de los bienes de la nación, de nepotismo y riquezas familiares, de tan alta vocación delictiva y desatado instinto criminalmente represivo. ¿Es entonces el acoso al que hoy estamos sometidos, reafirmación, continuidad o agravamiento de la manifiesta disposición oficial a llevar, lo que va quedando de país, al más absoluto y definitivo hundimiento?

Al grado de terror a que hemos llegado por el desbordamiento de las cifras de homicidios, atracos, secuestros, violaciones, enfermedades (nuevas, reaparecidas y epidémicas), desnutrición y tantos otros males, se suma el aumento de la pobreza y la marginalidad colectivas; con la particularidad de que nada de ello puede darse como cerrado o caduco, porque la prensa y cualquier otro medio informativo, incluidos los restringidos, nos traen cada día información o relatos de hechos aterradores y de paso propicios para hacer crecer ante el mundo nuestro descrédito por la forma primaria de opinar y actuar, 

A manera de ejemplo de dolorosos sucesos vueltos frecuentes, tenemos el del asesinato del liceísta Kluivert Ferney Roa por un disparo que le hiciera a la cabeza el agente de la PNB Javier Osías Mora Ortiz con una escopeta, y quien además de superarmado y autorizado a usar su arma en rol represivo de una manifestación de estudiantes  inermes, hizo caso omiso del ruego del joven de sólo 14 años de dejarlo ir, de no matarlo.

Esta mención de lo recién sucedido me ha traído a la memoria un artículo que igualmente como hoy, sacudido por los acontecimientos y lo oscuro de las perspectivas previsibles, escribí en julio del 2005; lo titulé “Aspirantes a sobrevivir”, y comenzaba con la frase entrecomillada “No disparen. Soy estudiante”. Con su relectura he vuelto a sentir que más que consigna, es clara advertencia a un régimen que a través de sus cuerpos policiales ha demostrado la alegría con que ordena disparar contra la población civil; un planteamiento válido en sí mismo, y no porque se pretenda que la condición de estudiante implique una forma de privilegio social, sino que así identificado insta a sentir que se está –como realmente es– en presencia de un ser humano definido en el sano deseo de aprender y con propósitos constructivos, de un ciudadano cuya dignidad y cuyos derechos deben ser respetados y, bien podría agregarse, de una persona necesaria y útil a quien un país consciente y urgido de profundos cambios, podrá a futuro confiarle su destino.   

¿Está dicho todo acerca de la inseguridad ciudadana y el incremento de los índices delictivos y de mortalidad? Por mucho que nos duela y que nos cueste admitirlo, ese problema parece ir permanentemente en aumento, y hay en él aspectos o variantes inéditos en su divulgación o no conocidos al detalle. No se puede ocultar la sensación de que asistimos a la instalación de cosas negativas casi con calidad de nuevos valores: una de ellas es precisamente la violencia como fenómeno absolutamente integrado con todas sus implicaciones a nuestra vida de cada día, y lo es también la atención a sus secuelas.

La enumeración de perversiones da para más, pero me voy a permitir cerrarla con la mención de la degradación de valores esenciales de la educación y la cultura, revertidos en materia de burda manipulación; siendo válido y justificado un decidido empeño en salirle al paso a tal involución, pues caso contrario la dimensión de nuestros pensamientos y decisiones creativas corresponderá a la de un país en el más deplorable atraso.