• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Ildemaro Torres

Y también...

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Creo que quien escribe y lo publica, responde en esencia a una necesidad de comunicarse y, en el caso de quienes lo hacen en un periódico para un número considerable de lectores a cuyas manos llegará ese texto ahora impreso en otros caracteres, la razón puede ser el deseo de compartir los frutos de una percepción, de una reflexión, o bien ser la escritura misma la expresión de una preocupación, la evidencia de una conciencia alerta.

Tener un espacio para opinar es, además de un honor, un exigente compromiso, y la complacencia de tenerlo no es reflejo de una actitud mesiánica de poseedor de la verdad absoluta sino más bien de la aspiración íntima de ser útil en algo. Existen así mismo preceptos con los cuales se espera cumpla un columnista de opinión: abordar temas de real vigencia, hacer si es posible análisis prospectivos a partir de una interpretación cuidadosa del presente e involucrarse en las situaciones con sus propios juicios.

Es una curiosa sensación cuando se vuelve factible hablar de sucesos lejanos a partir del recuerdo de vivencias personales y, en especial si para ello se recurre a esa perspectiva que, aunque atenúa la emoción (precisamente el sentimiento básico con el que se gestan, se realizan o se frustran tantos proyectos), a cambio decanta los conceptos.

Como al paso de los años las circunstancias varían, es dialécticamente comprensible que algunas actitudes beligerantes se moderen por predominio de la racionalidad sobre la visceralidad, pero sin ser admisibles marchar detrás de los acontecimientos ni la pérdida de la capacidad de entendernos y de unirnos para traducir en acciones las razones que nos identifiquen en torno a una causa justa.

Poco se hace en el plano de la educación política, e incluso parece deliberado el propósito oficial de mantener a la gente ajena a cualquier estudio reflexivo formal de esa naturaleza. Pero aún así, hay muestras perceptibles de lectores tomando conciencia de su papel protagónico, dejando de ser un consumidor de textos con el cual mantener sólo una relación emisor-receptor y, de parte de quien escribe, la ratificación de concebir como un deber irrenunciable la defensa del derecho a disentir y a opinar. Por conocer bien los alcances de la amnesia, de la complicidad o la apatía colectivas, es como tantos funcionarios logran ser inmunes o permanecer impunes. Los cuerpos de seguridad ­diciéndose responsables de encarar la delincuencia y garantizarle protección a la población­ con frecuencia estrenan costosos equipos, sin que los contribuyentes del fisco sepamos quiénes y cómo hacen esas compras ni su monto real. ¿Y es que alguna vez serán revelados los manejos presupuestarios de la institución armada? Sería un valioso gesto en la labor de adecentamiento nacional.

Se han producido cambios negativos que obligan a mantener viva la palabra como instrumento de comunicación y de denuncia. Ilustra esa necesidad el empeño de las agencias noticiosas en condicionarnos para aceptar la muerte como fenómeno masivo, englobando tragedias, epidemias y masacres a una escala de supuesta normalidad con la que valoremos la vida, devaluando el significado de una existencia en particular y de la unicidad del ser humano. Hemos llegado así a que hoy, cuando cada día la morgue es desbordada y prácticamente no hay manifestaciones estudiantiles sin víctimas mortales, tales muertes parecieran carecer de importancia y, a diferencia de décadas atrás, la opinión pública permanece al margen, como desentendida, sin nombres incorporados a historia alguna sino apenas la mención como noticia y al final sólo el llanto familiar y un triste anonimato.

Seamos fieles a la decisión de rescatar al país de la degradación a que está sometido.