• Caracas (Venezuela)

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Freddy Lepage

El 8-D, ser o no ser

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Este dilema sirve tanto para el chavismo como para la oposición de cara a las elecciones municipales del 8 de diciembre. Al igual que otras veces, es mucho lo que está en juego de parte y parte, pero en este momento están presentes unas condiciones muy particulares, habida cuenta de ser el segundo proceso electoral sin la presencia física del padre y caudillo único de la revolución bolivariana. La primera experiencia –las presidenciales del 14 de abril– no fue buena para los depositarios de su herencia política. Quedaron mal parados.

Igualmente para la oposición es una ocasión de oro para propinarle una derrota que por su trascendencia sería de proporciones catastróficas para Maduro y su cúpula militar-cívica. Lo cual sería algo así como el principio del fin. Eso, que es una ventaja, también representa un desafío a enfrentar con decisión y nervio, habida cuenta de que el Gobierno utilizará todas sus armas (lícitas o no) para obtener un triunfo que le permita el oxígeno necesario para seguir surfeando la crisis, o sea correr la arruga por algún tiempo.

En todo caso, como se ha repetido en muchas oportunidades, lo más importante es una victoria cuantitativa –en sufragios– a los efectos de trazar la hoja de ruta a seguir para el año 2014, en el cual, por cierto, no hay elecciones previstas, a menos que se planteen en la agenda opositora posibilidades como el referendo revocatorio para los diputados, la constituyente y otras acciones populares que acompañen a la protesta social. En suma, cualquier estrategia a seguir pasa por los resultados de las elecciones municipales, sin duda alguna.

De otra parte, sondeos de opinión y grupos focales indican que por más esfuerzos que hagan, el piso de Maduro se sigue socavando entre la militancia del PSUV ya que no lo consideran con las características y atributos necesarios para continuar con la obra del finado jefe único. Lo propio ocurre con Diosdado Cabello, que sale muy mal valorado en las bases. Eso significa que existe desasosiego y –¿por qué no?– confusión en los seguidores de Chávez, que no se sienten personificados por quienes están al frente del poder y manejan las riendas del partido. O sea, en aquellos que se pagan y se dan el vuelto.

De allí que la ecuación opositora, encarnada por el tándem Capriles-MUD perfectamente engranados, es la carta a jugar para garantizar la unidad de acción, el entusiasmo y el tan ansiado y necesario éxito. Sabemos que el camino no es fácil y se antoja culebrero, pero las condiciones están dadas, eso sí, exigiéndole, de forma firme y vigorosa, al CNE imparcialidad y honestidad, a sabiendas que la mayoría de sus integrantes no están adornados por esos atributos, muy escasos, por cierto, en esta época de revolución forzada.

En este marco, el acento se debe poner en cuidar los votos, no solamente de las grandes ciudades que, por ser tan visibles y escrutados, resulta más espinoso escamotearlos, sino en las zonas más alejadas de la Venezuela profunda, donde los testigos de la alternativa democrática son más difíciles de conseguir y de mantener en sus puestos durante las votaciones. Seguramente es allí donde los malandrines del oficialismo podrán preparar y hacer las triquiñuelas acostumbradas (utilizando la fuerza, la intimidación y la compra de voluntades) para torcer la voluntad popular a su favor en número total de votos en todo el país.

No obstante, actúa en beneficio opositor la circunstancia de que son cerca de 5.247 candidatos a concejales (entre principales y suplentes) y 337 aspirantes a alcaldes que se juegan el pellejo. Las cartas, entonces, están echadas. Ser o no ser, esa es la cuestión.