• Caracas (Venezuela)

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Henrique Salas Römer

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Con el crepitar de los cascos, regresan las cabalgaduras.

Todo se inició en un torneo nacional de coleo juvenil. Eran muchachos recios, todos, y al momento de la premiación, sentí reflejarse en su reciedumbre la estampa de los lanceros de Páez. Tanto que en mis palabras finales los invité a revivir juntos su inolvidable gesta en Carabobo y, al año siguiente, yo mismo los convoqué.

Primero llegaron 300 y, año a año, el número fue aumentando hasta llegar a 2.000. El entusiasmo iba creciendo y 5.400 vinieron a Caracas al final de la campaña del 98 para sellar, cabalgando a mi lado, un compromiso con el campo, con el caballo, símbolo de nuestra libertad, y con el espíritu de grandeza que inspiró nuestras gestas.  

Un sábado de junio, poco antes de la fecha aniversario, los jinetes y amazonas comenzaban a llegar de todo el país. Cada quien se ocupaba de su cabalgadura en los extensos potreros de Taguanes, allí, en el estado Cojedes, en el sitio mismo en que pasó la noche en vela el Ejército Libertador.

Son hombres y mujeres de a caballo. Cada quien se ocupa de lo suyo y se entienden entre sí. Cuando llega el momento, hace falta voz recia y pulso firme para conducirlos… y nada de por favor.

Al caer la tarde, en el centro del campamento la gran fogata se encendía y con arpa, cuatro y maracas, entre gritos de alegría, llegaba nuestro ancestro musical.

La mayoría llevaba su carterita de aguardiente en la silla de montar. Esa fue mi preocupación… hasta que nos cayó una lata de agua y todo lo comprendí. Fue en la segunda cabalgata. Tuvimos que atravesar un río crecido y con frío hasta en los tuétanos y la camisa empapada, me pasaron el aguardiente, y sentí su incomparable valor.  

En una punta del terreno había una gallera y entre los postes que le servían de columna colgaba yo mi hamaca. Sería la 1:00 de la mañana, cuando en el Caney cercano la fiesta continuaba. ¡Teniente!, llamé a mi jefe de escolta; a su orden, mi general, respondió, siguiéndome la corriente. Vaya y recuérdele a los soldados que mañana se juega el destino de la patria. En seguida, mi general. Fue a cumplir la orden pero la alegre música continuaba. Al poco tiempo volvió. ¿Usted ve al camisa rayada, mi general, ese que está cantando?  El hombre apuntó a su caballo y me dijo: Mírelo, compañero, mírelo bien. ¡Mañana, ese es el que va a trabajar!

A las 5:00, la diana del Ejército recorrería el campamento. La “batalla” comenzaba.

No había salido el sol cuando partimos hacia el cerro de Buena Vista desde donde Bolívar dirigiría la batalla… De allí bajaríamos con Páez por la pica de La Mona hasta sorprender por un costado al Valencey. Luego de derrotar imaginariamente a los realistas, le rendiríamos tributo a Ferriar y al Negro Primero, antes de entrar al galope hasta el Arco de Triunfo… y luego a pie, allí mismo, hasta el Altar de la Patria.

Así conmemorábamos lo ocurrido hoy, hace 193 años, el 24 de junio de 1821, cuando en la sabana de Carabobo, se selló la Independencia.

¿Volverán los cascos a crepitar?

@h_salasromer