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Claudio Nazoa

Dos opciones para morir

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No sé si han visto algunos programas de supervivencia en donde uno o dos individuos, voluntariamente, se internan en una aterradora selva o en un desierto seco o helado. Uno de ellos lleva la cosa al extremo y hace el periplo descalzo; otro anda por allí sin fósforos, sin alimentos y sin agua; de hecho, a este demente lo llevan en helicóptero hasta esos inhóspitos lugares y allí lo dejan a la buena de Dios para que sobreviva.

Bueno, eso de “a la buena de Dios”, es un decir, porque detrás de estos “solitarios sobrevivientes”, existe un enorme equipo de producción que incluye camarógrafos, sonidistas, ayudantes y etc. ¡Esos son los verdaderos héroes de esas supuestas hazañas de supervivencia!, porque esos cineastas, además de pasar el mismo trabajo que el protagonista, tienen que cargar con el equipo de filmación.

Seguramente me equivoco, pero me parecen absurdas las personas que practican los llamados “deportes de alto riesgo”, con los que exponen la vida en un acto inútil de egocentrismo suicida. Ojo, respeto estos deportes de alta demencia, y me gusta presenciarlos con un whisky en la mano.

Tomar whisky es mi deporte extremo, por los peligros que conlleva; me explico: nos enfrentamos sobrios a un vaso de vidrio que podría explotar y desfigurarnos el rostro; para que el peligro sea mayor, al vaso se le agregan helados cubos de hielo friísimos que también son un riesgo para el deportista, ya que al ligarlo con el whisky, el hielo cruje, se fractura y se expande, haciendo aún más peligrosa la probable ruptura del vaso, que, de estallar por culpa del choque del alcohol contra el hielo infernal, podría, como mínimo, inutilizar nuestra mano o en el peor de los casos, cercenarnos la yugular.

Ni hablar del whisky en sí mismo; no podemos olvidar que es alcohol, y si, al momento de servirlo, coincide con la encendida de un cigarrillo, podría producirse un terrible incendio con consecuencias inimaginables para quienes nos estamos echando unos palos en el botiquín.

Los que se arriesgan a practicar este deporte extremo también tienen que tomar… bueno, tomar en cuenta, el daño que hace el agua con el que, con inocencia, a veces acompañamos el trago. Ese vital líquido es un peligro, veamos: ¿en qué se hundió el Titanic? ¿En whisky o en agua? ¿De qué fue el deslave de Vargas? ¿De whisky o de agua? ¿Qué destruyó Nueva Orleans o las ciudades costeras de Japón? ¿El whisky o el agua? Por eso tenemos que tomar no sólo whisky, sino conciencia, y preguntarnos muy seriamente sobre el daño que puede producir ingerir algo tan peligroso como el agua, capaz de destruir ciudades y de hundir enormes barcos. Hay un refrán que reza: “Si el agua daña el camino, ¿qué hará con el intestino?”. No quiero ni imaginar cómo se corroen las paredes estomacales en ese caso. Sin embargo, existimos valientes bebedores que optamos por la opción del saludable whisky.

Soy muy amigo de los parapentistas del club que está en Loma Brisa vía Aragua-Colonia Tovar. Me consta que ellos son personas excelentes dedicadas a lanzarse por enormes barrancos y, con suerte, logran volar. Ellos, al hacer esto, son unos valientes, o quizás simplemente unos locos; lo que sí les puedo asegurar es que ninguno de ellos tiene más coraje que mis amigos borrachos y yo, cuando ingerimos whisky.

Otro día les cuento el otro peligro de los tomadores de whisky: llegar a tu casa paloteado y que tu mujer te mate, o morir en el camino en manos de unos malandros.