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Antonio López Ortega

El ojo de Dios

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Si un ojo de Dios, como hermosamente lo simula la nebulosa Hélix, se detuviera en la Venezuela de hoy, ¿qué vería? Me imagino que un cruce violento y superpuesto de imágenes disolventes, incapaces de hilarse en un todo coherente: en Guayana un frente de trabajadores tranca una calle muy transitada a manera de protesta; en una carretera nocturna de Píritu un hombre es interceptado y asesinado a mansalva; en Caracas un general retirado sale de una reunión y reaparece quince días después en Apure, visiblemente golpeado; en Maracaibo una adolescente se presenta en una estación de policía con la grabación de su padrastro mientras la violaba; en la cárcel de San Antonio en Margarita unos cabecillas organizan una nueva fiesta en la que se mezclan guardias y reclusos; en Maiquetía otro médico venezolano se irá a enlistar las filas de un hospital extranjero; en El Cafetal ocho familias en una misma calle tienen sus casas en venta; en San Joaquín unas familias humildes, recién mudadas, protestan porque una “petrocasa” se les cae; en la sede central de Cadivi los periodistas de varios matutinos piden papel para poder trabajar; en El Tirano las empanaderas margariteñas hacen un espiral alrededor de un supermercado mientras esperan la harina de maíz; en un laboratorio farmacéutico cuentan los días de inventario de variados medicamentos; en Valencia un concesionario exhibe todas sus vitrinas vacías; en cualquier barrio de Caracas un infante es alcanzado por una bala.

Por un momento ese ojo, cuya condición es estar siempre absorto, pestañea: no puede devorar tanta inconsistencia, tanto desvarío, tanto dolor. Comienza entonces a recordar viejas visiones, en las que la escena humana luce alicaída, por no decir confusa: guerras civiles, asesinatos masivos, hambrunas inconsolables. O escenas en las que miembros de una misma comunidad se enfrentan, acaso por poder, odio o vísceras alteradas. Ante el espectáculo ruinoso, el ojo no siente ningún propósito de enmienda, como si las voluntades estuvieran confiscadas, enajenadas; como si unos pocos, los supuestos guías, engañaran a los otros mientras van llenando sus arcas personales con lo poco que aún brota de esa tierra yerta. Esas imágenes de desconsuelo, de impotencia, de esfuerzos perdidos, de gestos rotos, son las que el ojo entiende menos, porque no deja de reconocer allí que los afanes están aplazados, que la voluntad está suspendida, que el alma colectiva se esfuma como un susurro suicida.

Mientras el ojo de Dios, consternado, se aparta de Venezuela y busca territorios más lejanos, otros ojos que no miran desde la nebulosa Hélix, sino desde un punto desconocido, se reproducen en afiches, pancartas, murales, fachadas de edificios, tanques de gasolina, oficinas públicas o cuarteles. Es lo único que crece en el país yermo. Son ojos que aparecen observándolo todo como desde una rendija; son ojos cejijuntos, perplejos, como si desde la ultratumba dictaminaran lo poco que nos resta de destino.

¿Quéven esos ojos? ¿Acaso celebran algo? ¿Acaso descubren lo que esperabandescubrir? ¿Verán el desconsuelo, los inútiles afanes, la tragedia encarnada encada porción de tierra? ¿O verán más bien eso que llaman “la patria nueva”?