• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El odio del capitán

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Como era de esperarse, la vulgaridad, el sectarismo, la guapetonería y, sobre todo, la cursilería se hicieron sentir el hemiciclo donde sesiona la Asamblea Nacional para repetir la deplorable función que, cada año, al comenzar el período de sesiones legislativas protagonizan los diputados rojos ceñidos a un guión que ya nos sabemos de memoria.

En esta ocasión fue reelecto el tren directivo que conduce un ex militar recién ascendido (¿?) al grado de capitán, mediante un acto de simple y puro voluntarismo rojito. Con sus modales cuartelarios juró, por Chávez y por Bolívar, defender con su vida una Constitución que ellos, como gobernantes, no han dejado de violar desde que irrumpieron en la escena política nacional.

Con mucho de sermón admonitorio, el flamante capitán insistió, una vez más, sobre la imposibilidad de dialogar con lo que él llama por pura ignorancia histórica “derecha fascista”. No olvidó los grandilocuentes elogios a Chávez, cuya imagen avivan él y los suyos para ocultar sus insuficiencias políticas e ideológicas.

Creyéndose dueños de la Asamblea Nacional, el PSUV y sus aliados han privado de cargos directivos a los diputados de la oposición, que representan nada menos que 52% de los electores. Actúan como Mandela pero al revés, aplicando una política de apartheid que pisotea el derecho de representación de más de la mitad del país.

Con esta conducta fomentan la polarización bajo la consigna de divide y vencerás, que en el fondo no tiene otras motivaciones distintas a las ansias desmedidas del poder por el poder mismo y no, como pregonan hipócritamente, para que gobierne el pueblo. En verdad, el pueblo no tiene arte ni parte en un proyecto importado de Cuba que sólo trae pobreza y dictadura.

Como en la Argentina de Kirchner o la Rusia de Putin, el oficialismo hace caso omiso de voces distintas a las suyas y, exhibiendo su vocación absolutista, envilece el espacio público al negarle su carácter de instancia para la discusión.

El chavismo, el kirchnerismo, el putinismo y el madurismo no saben de debates sino de imposiciones; no aconsejan sino ordenan; no opinan sino dogmatizan; no gobiernan, solo disponen a su antojo. Quienes así conciben la política cuentan circunstancialmente con un apoyo fundado en la decepción popular, la cual tarde o temprano habrá de revertirse contra ellos.

Como en Argentina o Rusia, en Venezuela el diálogo no es más que un saludo a la bandera: ¿cómo se puede entablar una conversación con aquellos que, a priori, niegan toda posibilidad de participación activa en el parlamento? ¿O es que se pretende alentar la pasividad de los opositores para exhibirlos como indolentes entre sus seguidores?

Sin importar cuáles sean las respuestas a esas interrogantes, lo cierto es que la intolerancia y la exclusión siguen caracterizando la conducta del oficialismo, por lo cual los llamados al entendimiento parecen calculados cantos de sirena.