• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Abel Veiga

El ocaso de una dinastía

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Un apellido envuelve la mística y la conjunción de un vasto país. Una dinastía, una saga: la dinastía Gandhi. Nunca una familia sucumbió tanto a un mito, a un poder y a la tragedia, hasta convertirse en depositarios de una legitimidad y un sueño que hoy cambia y despierta. Es la India, el gigante asiático, el país de las mil castas. Como bien se ha señalado, muere una dinastía y nace un líder: la dinastía Gandhi-Nehru. Pero, quizás, lo primero sea solo lo cierto, aunque no lo seguro, y lo segundo simplemente lo ignoto. Ser y ejercer como líder es algo más que lo que digan y blasonen los medios ante la estupefacción de una derrota absoluta. La decadencia sucede por luchas de poder intestinas e imposiciones alejadas del sentir de la realidad y, sobre todo, de la complicidad de las nuevas generaciones a las que el sueño de la independencia y el poscolonialismo es tan pretérito como vacío para ellas en el día a día. Son significado y mitos en la fragua del día a día, donde muchos no ven futuro o no lo veían. Y han pendulado en su voto para convertirse en el gigante de casi 550 millones de votos.

El partido del Congreso, liderado por Sonia Gandhi, viuda del nieto de Gandhi, reconoce los errores, reconoce una derrota en presencia de su hijo, el candidato Ruhal, el predestinado por imperio de tradiciones y ungimientos que escapan a ciertas lógicas. Los candidatos, a veces, no tienen otro mérito que la ostentación de un apellido, una dinastía proclamada por caprichos más que por democracia, por preferencias y destinos desde la cuna que por la aceptación de una sociedad que ha dicho basta a años, a décadas de actitudes, de modos y de una profunda corrupción que lo atrapa y devora todo.

Esto se debe a la corrupción y una alta inflación, pero también el desencanto de jóvenes y trabajadores, la crisis económica y la gestión prudente, y hasta sensata, del ya ex Primer Ministro Singh. No obstante, tal vez, el factor del cansancio, la rutina, la fatiga y las ganas de un cambio, de un pasar página, de modo definitivo, han pesado más que otra cosa ante el vendaval populista de Modi. La India está despegando, pero las desigualdades siguen ahí. Y tal vez sigan estándolo por muchos años.

Narendra Modi del partido Bharatiya Janata ha ganado unas elecciones de un modo aplastante. Fue casi insultante, si se tiene en cuenta que el partido del Congreso ha logrado únicamente 44 escaños. Es el primer hindú nacionalista que hará gobierno. La experiencia en Gujarat, el Estado que ha gobernado en la última docena de años lo ha catapultado al éxito, pero también una buena dosis de habilidad y de ejercer tanto auctoritas como modos de liderazgo. Pronto, Europa, sobre todo Reino Unido, y en especial Estados Unidos se han apresurado en invitar al nuevo primer ministro. India es el contrapeso perfecto al crecimiento chino, a la incertidumbre y los recelos, sin olvidar la perenne tensión con Pakistán. Hindúes frente a musulmanes. En el pasado no lejano, la muerte de más de un millar de musulmanes, en el estado de Gujarat, en circunstancias que nunca se han aclarado ni delimitado, y tampoco se ha exigido responsables. Un nuevo primer ministro que en el pasado ha preferido ser poco dialogante y menos concesivo hacia minorías no hindúes y que tuvo, hasta el día de la victoria, vetada su entrada a Estados Unidos. Así es la política y así son los caprichos vehementes de la política y los intereses hipócritas, o tal vez, la esencia misma de la realpolitik.

El mundo y los relaciones geoestratégicas han basculado definitivamente hacia Asia y el Pacífico. La India es un actor regional y lo será a escala global. Su demografía vertiginosa, a la zaga de la china, su desarrollo en las nuevas tecnologías y el hambre de situarse en un nuevo pedestal de poder e influencia en el mundo hacen que todos miren fijamente a un país de enormes contradicciones y enormes desigualdades. Esta es la década donde la India o despega o se ancla en un papel segundón. No hay otra elección ni otro camino. Acaban de barrer décadas de poder y de formas en un plumazo. Lo ignoto es si se abre verdaderamente un nuevo camino y unas nuevas formas de ejercer la política y el liderazgo. El tiempo lo dirá. Ocaso y decadencia quedan definitivamente enterrados y parece que la llave se arroja al Ganges.