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Colette Capriles

Mi obra y yo

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Hay dos tipos de justificación para la exhibición, siempre obscena, del “talento sin probidad” del que tan amargamente se quejaba Bolívar. Ninguna de las dos es moral. La primera remite al imaginario romántico del artista (o científico) entregado a su arte o saber, el cual tendría un valor intrínseco tal que excusa al talentoso de cualquier otro compromiso con la humanidad, y lo obliga, por el contrario, a agenciarse el entorno más favorable a la creación y a la expansión de sí mismo, frecuentando con la misma sonrisa a déspotas, demagogos o demócratas leales. La segunda justificación tiene una apariencia equívoca, pero es en definitiva utilitaria: minimiza los tratos con el despotismo para subrayar los buenos efectos que la obra del ímprobo talento tendría en, por ejemplo, la “superación” de la pobreza, o, por ejemplo, en la promoción de la “superior” cultura alemana. Aquí cabe por cierto la variante sentimental, el patetismo nacionalista, etc.

En cualquiera de las dos estrategias ocurre lo mismo: el artista (o creador) es relevado de su responsabilidad cívica. De cierto modo se le cosifica o se le deshumaniza para vaciarlo de su sentido moral. Su arte se vuelve un medio para otro, para el poder, y los dones y maravillas de la creación se vuelven mera mercancía. No hay tiranía, de Pisístrato para acá, que no haya estado acompañada de una corte de sabios o artistas dedicados, y las obras de estos cargan con esa sombra, más o menos intensa. Sin entrar en el inventario de los casos, la relación entre el poder y la creación es siempre problemática, lo que quiere decir que no es espontánea sino que merece reflexión. Precisamente porque es un sujeto, el artista debe comprometerse con la recepción o uso de su obra; debe usar su libertad para conducirla en la arena pública y por ello mismo lo que se le pide es ser honesto con sus propias convicciones, por más equivocadas que sean. De hecho, es esa honestidad la que puede compensar aquellas sombras que se ciernen sobre el juicio que la historia en definitiva emitirá sobre la obra.

Pero todo eso tiene un costo. Un costo muy grande en particular en una sociedad como la nuestra, que está enloquecida por la sed de reconocimiento, de “surgir”, de “ser alguien”, y en la que los valores suelen ser medios y no fines, y sobre todo, medios para no ser “excluido” de la escena del poder. Supone renunciar a la lógica de la visibilidad para entrar en una lógica de la responsabilidad. Y en esa medida también, el creador puede y debe ser interpelado por la sociedad a la que alimenta o perjudica. No siempre el asociado al despotismo saca de ello un provecho que, de permanecer independiente, no tendría. Muchas veces, y ello constituye el caso más enigmático, el creador comparte el voluntarismo patológico de la creación del hombre nuevo que llevan consigo los totalitarismos. Hay una hubrys de la inteligencia, como de la sensibilidad, tan brutal como la del poder. Y éste sabe olfatearla y seducirla. Las sociedades abiertas, las democracias modernas, se fundamentan en la modestia de sus pretensiones de poder, y abominan de la escultura de conciencias que algunos sueñan como mayor realización, y por eso no se plantea en ellas el dilema de la responsabilidad del artista con la misma fuerza. Las democracias tienen esa debilidad: no precisan de una estética que las legitime, no necesitan grandes nombres ni maquillajes grandilocuentes para andar limpias y decentes. En ellas el compromiso político proviene de la condición de ciudadano del artista y no de la fetichización de su obra, que permanece incondicionada en ese sentido.