• Caracas (Venezuela)

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Colette Capriles

Tras los números

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Como era de esperar, la discusión global después de las elecciones vuelve a concentrarse en la interpretación de los números y las confusiones diseñadas para alimentar toda clase de agendas políticas. La diferencia en la eficacia política de esos resultados electorales depende, en efecto, de la capacidad de comunicarlos. El régimen tiene una ventaja tan grotesca en el campo de la difusión mediática y en el del cinismo comunicacional que cualquier cifra, dato, noticia o “sensación” queda sujeta a duda y relativización, en un ejercicio perspectivista perpetuo y agotador: la verdad solo depende del emisor y su “encuadre”. La sociedad venezolana no tiene un terreno neutro en el que pueda compartir las certezas mínimas, las que el sentido común necesita para ser eso, común.

Los números no hablan por sí solos. Son muy dóciles, se dejan juntar aunque sean de naturaleza diferente; se dejan restar sin resistencia, se agrupan y forman un coro que canta según la voluntad de quien lo dirige. Lo que importa, cuando se trata de números, es ver si señalan algo que no está a la vista inmediata, es decir, qué clase de patrón o estructura están mostrando. En este caso, me parece que apuntan hacia una situación de paridad o más bien de equilibrio inercial: un país partido en dos, ninguna de cuyas partes puede crecer a expensas de la otra en las condiciones actuales, a pesar de la monstruosa desproporción de poder. Condiciones extremas, por cierto: cada vez es más frondosa la lista de ilegalismos, delitos, abusos con los que el oficialismo ofende a la democracia, ufanándose, además, como estudiante mediocre que es, de la chuleta y de la complicidad del profesor que le pone el 10.

Y aun bajo esa inclemencia la oposición ha acumulado una fuerza electoral desafiante y resistente que, no obstante, no llega efectivamente a producir el desequilibrio y el cambio político. Quizás la ecuación está mal planteada: en un mundo normal, el cambio político se produce como consecuencia de un veredicto popular que suele expresarse en elecciones; en el torcido mundo nuestro, es necesario construir primero la voluntad de cambio rompiendo ese equilibrio inercial. No es tan obvio que la sociedad venezolana quiera abandonar la oferta chavista, a pesar de la severidad con la que, según los estudios de opinión, se juzga al gobierno.

Este es un momento de sacar cuentas y rendir cuentas. Pero no en los términos simplemente cuantitativos sino en los menos obvios, metiéndose con ese trastorno de personalidad que sufre el país entre su fundamento rural y su aspiración moderna, y entre la certidumbre de un pésimo gobierno y la incertidumbre del cambio. El próximo paso, para el gobierno, es actuar obturando todas las vías para la formación de la voluntad de cambio. Se acentuará la atmósfera norcoreana con un uso aún más intensivo de la propaganda y más invisibilización de narrativas alternativas a la suya; las hostilidades sobre los funcionarios de oposición ya se perfilan como rutina, y se multiplicarán los intentos por quebrar la unidad democrática, con sobornos, represión y alianzas enfermizas con sectores antipolíticos. El objetivo es extirpar la imaginación política, la idea de que las cosas pueden y deben ser diferentes, y ese es, por cierto, uno de los efectos del preocupante nacionalismo que adorna con cada vez más frecuencia los discursos oficiales: la obsesión con que lo venezolano y lo bueno son lo mismo es la vía directa hacia un conformismo gozoso y militante. Y hacia otras cosas peores.