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S:D:B Alejandro Moreno

Los nuevos malandros y el régimen

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La violencia cotidiana ya no impacta mucho a la mayoría de nuestros conciudadanos. Se ha convertido en un acontecimiento con el que no tenemos más remedio que contar tanto de día como de noche, tanto en la calle como en nuestras casas, tanto si estamos solos como si estamos en grupo e incluso en multitud. Hemos llegado al punto en el que para poder orientarnos con respecto a él, tenemos que elaborar toda clase de interpretaciones mientras reacomodamos nuestra sensibilidad y nuestras emociones para que no perturben demasiado el discurrir de nuestra cotidianidad con excesivos niveles de angustia. No nos resulta fácil de todos modos dotar de sentido a esta violencia que nos acecha y nos puede sorprender en cualquier momento. Para irnos tranquilizando llegamos a pensar, y algunas teorías nos lo sugieren, que se trata de algo natural en el ser humano, que “salir a matar gente” no es nada tan extraño como hemos creído, que en realidad lo hemos tenido siempre entre nosotros aunque no nos hayamos dado cuenta, que tenemos que vivir con ello como vivimos con cualquier otro peligro.

De improviso sin embargo, un acontecimiento que se sale inesperada y excesivamente de los límites de lo que ya nos parece ordinario nos estalla ante los ojos y nos deslumbra con el fulgor de un exceso de maldad. Sucedió con el asesinato de Mónica Spear, presenciado por su pequeña hija, con el de dos religiosos muy ancianos y absolutamente indefensos y ha vuelto a suceder con la muerte de un estudiante a manos de su compañero de liceo. En todos esos casos, han convulsionado la sensibilidad ciudadana no sólo las víctimas, una querida artista, unos respetadísimos educadores, un ingenuo adolescente, sino quizás, sobre todo, las edades de los victimarios, jóvenes unos, adolescentes otros y niño el último. Uno los piensa poseídos por un mal hasta “inocente”, quiero decir sin las vueltas y revueltas que el rencor, la ira o el más simple odio dan en el interior de una persona antes de mover el dedo que oprime el gatillo, un mal casi automático, que no pasa por ningún complicado proceso de acciones y reacciones, sino que consiste en una decisión simple: lo quiero y ya, me gusta y ya, me molestó y ya. ¿No será esta simplicidad “inocente” lo que más aterra? ¿Cómo defenderse ante un sujeto hecho así cuando le aborde a uno? ¿Cuál es nuestro futuro si estos son los nuevos delincuentes? Y surge otra pregunta: ¿Cómo se ha producido esta nueva especie de asesinos?

Inmediatamente empieza a destacarse en el discurso de quienes a estos acontecimientos se refieren un hecho indiscutible: estos nuevos malandros se formaron en tiempos de revolución y por tanto, se deduce, son obra de esta revolución. ¿Será? No es válida sin más una conclusión simple.

Sin embargo ¿será válido abordar el problema como lo hace el régimen? Cuando el ministro de relaciones interiores, justicia y paz, a quien le toca sobre todo y ante todo proteger la seguridad y la vida de los venezolanos, afirma que su única aspiración –“a mí no me mueve ninguna otra aspiración”– es “proteger la revolución bolivariana”, ¿no está tomando muy simplemente el problema de la seguridad? Si la revolución es de veras lo único supremo, todo lo demás será secundario, objeto de una atención simple y superficial.

Los más de veinte planes demostradamente ineficaces, pecan precisamente de simplismo, de opinión –doxa, decían los griegos– y no conocimiento, de retórica y no planificación, de voluntarismo y no decisión. Simplicidad como clima. Revolución y “más na”.

Así, el régimen fomenta, quiera o no, la aparición y formación de los “nuevos” malandros. ¿Simples hombres nuevos?