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Armando Durán

Un nuevo rumbo opositor

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El objetivo de la oposición en las elecciones del domingo no era ganar la mayoría de las 337 elecciones convocadas, 335 municipios más la Alcaldía Metropolitana de Caracas y la del distrito del Alto Apure. Su meta era otra. Por una parte, obtener más votos totales que el oficialismo, una forma evidente de convertir la consulta municipal en un plebiscito sobre la permanencia de Nicolás Maduro en la Presidencia de la República; por la otra, alzarse con la victoria en 18 de las 24 capitales de estado. No consiguió lo uno ni lo otro.

Según las últimas informaciones del CNE, la oposición no pudo impedir que el régimen ganara 3 de cada 4 municipios, y a pesar de triunfos tan emblemáticos como la elección de Antonio Ledezma en Caracas o la de Miguel Cocchiola en Valencia, sólo alcanzó la victoria en 7 de las 24 capitales de estados. En cuanto a la aspiración de convertir las elecciones municipales en una suerte de consulta plebiscitaria contra Nicolás Maduro, los números, 49,24% para el PSUV, 42,72% para la MUD, más bien condenan a la oposición a revisar la futura definición de su proyecto y de su cuadro directivo.

El análisis de estos resultados, sin embargo, no podemos limitarlo al escueto registro de las cifras. A la indiscutible insuficiencia conceptual de los dirigentes de la MUD y de su comando Simón Bolívar, debemos añadir dos factores que sin la menor duda jugaron un papel decisivo en la victoria de Maduro. El primero, la brutal hegemonía comunicacional, ejercida con el visto bueno de todos los poderes públicos y hasta cierto punto de la oposición en general, cuyo principal logro fue, después del cierre de RCTV y la progresiva neutralización política de la radio y la televisión por la retorcida vía de la autocensura, la compra y la reducción a la nada de Globovisión.

A quienes siguieron la jornada electoral del domingo en las pantallas de su televisor no les tomó mucho tiempo entender el peso abrumador del uso desmesurado de la televisión por parte del régimen. Desde los nueve minutos que tuvo a primera hora de la mañana el candidato Miguel Ángel Pérez Pirela desde Maracaibo para hacer proselitismo electoral, hasta la rueda de prensa de Diosdado Cabello desde el comando Hugo Chávez instantes antes de que Tibisay Lucena leyera a las 10:00 de la noche el primer boletín del CNE ( discurso el de Cabello que por cierto parecía prefigurar la inminencia de un golpe de Estado), el ventajismo con absoluta impunidad fue la herramienta clave para explicar lo que ocurría. El segundo ingrediente para superar el peligro que a todas luces corría Maduro en estos últimos meses por el acoso de la inflación, la escasez de dólares para importar y el desabastecimiento fue el paquete de muy agresivas medidas económicas, con gran impacto emocional, dirigidas contra los grandes grupos comerciales del país. Algo muy parecido a lo que hizo Chávez en vísperas del revocatorio de 2004 con la rápida implementación del programa Barrio Adentro, sugerido por su mentor Fidel Castro.

Podemos entender, pues, que para el domingo, la mesa de la derrota electoral de la oposición estaba servida. Por supuesto, nadie puede poner en duda el esfuerzo realizado por Henrique Capriles y su equipo de trabajo, pero lamentablemente, en circunstancias políticas tan excepcionales como la actual, que ni es normal ni democrática, no bastan esas y otras virtudes ciudadanas. Para ello se necesita mucho más que un sobresaliente en buena conducta. De ahí el error de Capriles la misma noche del domingo al señalar, sin conocer todavía las cifras finales de la totalización de votos emitidos, que “estos resultados reflejan (la imagen) de una sociedad dividida…”. Se hace evidente que no tuvo en cuenta que todas las naciones están políticamente divididas y que la celebración periódica de elecciones sirve precisamente para dirimir cada tanto las diferencias naturales entre las especificidades de las opciones en pugna.

Desde esta perspectiva, en esta hora difícil para el espíritu opositor, en el aire flotan dos preguntas inquietantes. Una, de frente a esta nueva situación, ¿qué hacer? En su editorial del lunes El Nacional responde directamente: “Toca (ahora) plantarle cara al régimen… y convertir la calle en el corazón de las luchas, de todas las luchas…”. La otra pregunta es mucho más compleja pero inevitable. ¿Puede la dirigencia política que hoy se ocupa de la conducción de la Mesa de Unidad Democrática asumir una tarea que contradice en su esencia el proyecto estratégico y táctico que viene aplicando desde la precampaña para las elecciones presidenciales de 2006?