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Beatriz de Majo

Un nuevo “cuento chino”

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La revolución bolivariana cacareó hasta la saciedad un viaje flácido y pobre de resultados: el del presidente Maduro a China. Todo comentario  oficial sobre las alianzas alcanzadas y los acuerdos rubricados con el coloso de Asia se  volvió esdrújulo, como si los venezolanos no supiéramos ya que esa forma estruendosa de tratar los hechos internacionales que pretende  protagonizar el gobierno es la táctica tradicional para distraer a la población enfurecida por el atroz desabastecimiento y el  estrambótico  costo de los bienes esenciales en el país. 

Lo que consiguió el presidente no se diferencia mucho de lo alcanzado por el ex canciller petrolero Rafael Ramírez en su periplo por países petroleros para convencerlos de  que la OPEP debía actuar junto  con Venezuela para detener la caída del precio del barril del oro negro: nada. Porque las promesas no pueden ser considerados éxitos hasta que se materialicen y se cumplan las condiciones para su ejecución. Y la realidad es que Venezuela ni tiene un duro que invertir conjuntamente con China, ni tiene estabilidad que ofrecer a la primera potencia mundial en estos proyectos.  

Los chinos tienen de todo menos de lerdos. Y para el Ministerio de Exterior de Pekín es diáfano que su socio venezolano se adentra en un año donde el signo predominante es la debilidad económica, la  posibilidad de un default financiero y la turbulencia política y social. Todo ello se traduce en “riesgo”, un concepto al que todo inversionista, hasta los chinos, le huye despavorido.

¿O es que alguien cree que Venezuela con su 68% de inflación oficial declarada, su déficit fiscal de más de 20 puntos del PIB, su producción petrolera en picada, su rampante desabastecimiento en el momento de los más colosales ingresos petroleros de su historia, su dramático desequilibrio macroeconómico,  puede ser presentada como un lugar apropiado para invertir hoy? ¿Al ser  comparada Venezuela contra Colombia o Perú o Brasil o México o hasta Argentina, puede este país caribeño quedar  en un lugar preferido cuando los asiáticos examinen seriamente a quien destinar  los 35.000 millones de billetes verdes que el presidente Xi ofreció al continente? ¿Cuánta seriedad le ofrece a China un país en el que un ciudadano común puede llenar su tanque de gasolina a lo largo de las  52 semanas de un año entero y desembolsar en total la ridícula suma de 1 dólar? ¿Pasará la primera potencia económica mundial la página alegremente sobre los incumplimientos en  proyectos conjuntos que han sido abandonados por  la  contraparte venezolana -el fallido tren a los Llanos, para solo citar uno- por ineficiencia pura o por falta de recursos  dejando a los chinos en la estacada?

Todo ello sin mencionar que si un cambio de gobierno tuviera lugar, todos y cada uno de los írritos convenios e inversiones  que hasta esta fecha habrían requerido de aprobación parlamentaria y no la recibieron,  serán oportunamente revisados y denunciados,  no por la lupa de la Historia sino por la de los venezolanos probos y correctos de mañana. Sin que China pueda argumentar que no fue cómplice.    

Así las cosas, todo lo anterior son comentarios inspirados en la intuición pura y simple por que la letra y el contenido de los arreglos alcanzados con China no serán conocidos por la población venezolana de a pie. Pero, a falta de información veraz, tenemos sentido común y un tantico de inteligencia política.

Y ambas cosas, estamos seguros, abundan entre los líderes chinos.