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Rodolfo Izaguirre

Un nuevo Maracanazo

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Nadie podía imaginar que una nueva catástrofe iba a demoler en el estadio de Mineirao las ínfulas futbolísticas brasileñas. El Maracanazo de 1950 comenzó exactamente a las 4:38 minutos de la tarde, el 16 de julio, en el minuto 33 de la segunda parte cuando Brasil empataba 1 a 1 con Uruguay y así, empatado, habría triunfado en el mundial de ese año. Antes del partido no solo los aficionados sino el país entero se jactaban de ser los mejores y se divertían pensando en cuántos goles iban a meterles a los pobres uruguayos. La crónica que escribió Jorge Valdano en El País madrileño el 19 de junio de 1994 titulada “La derrota más grande del mundo” además de memorable es maravillosa. Valdano, exfutbolista y entrenador argentino de nacionalidad española es una leyenda del fútbol vinculado principalmente al Real Madrid.  Con el empate a uno, relata en su crónica, el silencio llegó al Maracaná cuya construcción, refiere, fue autorizada por Angelo Mendes de Morais, general y prefecto del Distrito Federal. El mismo Angelo puso la piedra fundamental el 2 de agosto de 1948. Por los 254 altavoces del gigantesco estadio gritó lo más fuerte que pudo: “Ustedes brasileños a quienes considero vencedores del campeonato mundial. Ustedes jugadores, que en pocas horas serán aclamados por millones de compatriotas. Ustedes que no tienen rivales en todo el hemisferio. ¡Ustedes a quienes yo ya saludo como vencedores...!”. Valdano asegura que Angelo Mendes de Morais meó fuera del tiesto porque Ghiggia, el atacante uruguayo, corrió hacia la banda y rebasó a Barbosa, el portero brasileño y la pelota sacudió la red. Uruguay se puso 2 a 1 ¡y así quedó hasta el final! ¡Uruguay arrebatando la Copa del Mundo al jactancioso Brasil! En 1981, Ghiggia declaró al diario O Globo que nunca pudo imaginar que su gol marcaría a una generación entera de brasileños. Y José Máximo escribió que ese gol “pareció dividir la vida de los brasileños en dos fases distintas. Antes y después de él”. Valdano refiere que el silencio que bajó al Maracaná daba miedo. Alguien dijo: “Fue la primera vez que escuché algo que no fuera ruido”. Por su parte, Barbosa confesó: “Cuando me levanté, el Maracaná estaba mudo”. Y Ghiggia remató: “Solo tres personas callaron al Maracaná con 20.000 espectadores: Frank Sinatra, el papa Juan Pablo II y yo”.

En su crónica, Jorge Valdano anota que son pocas y malas las imágenes fílmicas que se conservan del partido, y hay una versión por espectador de lo que ocurrió allí dentro. Por eso el escritor Carlos Heitor Cony asegura “haber dejado de creer en Dios ese día. No por la derrota sino porque no vi a dos personas que describieran el gol de Ghiggia de la misma manera. ¿Cómo creer entonces la versión de media docena de apóstoles que vieron a Cristo resucitar en un local yermo y oscuro?”.

“Lo del Maracaná fue como si se hubiera preparado una fiesta para coronar a un rey y el rey se hubiera muerto antes de la coronación”, lo dijo Barbosa y con razón. Para coronar al rey que no podía morir se había preparado una ceremonia solemne con himnos, discursos y guardias de honor, pero cuando Jules Rimet, presidente de la FIFA, se asomó al túnel con la copa en sus manos no vio micrófonos, ni banda de música, ni guardias de honor. En sus memorias escribió que “todo estaba previsto, excepto el triunfo del Uruguay”. Desde entonces, Brasil ha conocido la alegría de ser varias veces campeón del mundo, pero la leyenda ha seguido trabajando sobre la historia de la final del 50 tanto como la literatura siguió trabajando sobre la brutal tristeza que ocasionó. Acaso porque, como escribió Paulo Perdigao en su excelente libro Anatomía de una derrota: “De todos los ejemplos históricos de alcance nacional, la copa del 50 es el más bello, el más apoteósico: es un Waterloo de los trópicos, y su historia es nuestro crepúsculo de los dioses”.

¿Qué diría hoy del 7-1?