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Sumito Estévez

La nueva cara del hambre

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Un sexto de todos los norteamericanos no tiene comida suficiente. La inesperada frase puede leerse en el artículo “La nueva cara del hambre” que, luego de un extenso trabajo de investigación, publicó este mes el periodista Tracie McMillan (autor del libro The American Way of Eating) en la revista National Geographic y que puede leerse (en inglés) en http://goo.gl/rD1nA5. Artículo que libremente hurgo para escribir este texto.

El reportaje habla de la realidad de madres que esperan ansiosas para comer los sobrantes que sus hijos dejaron en los platos, que escarban en sus carteras para ver si les quedan estampillas de comida (forma directa de subsidio alimentario del gobierno de Estados Unidos); hombres y mujeres que –como todas las cosas que los gobiernos del mundo desean esconder– han sido invisibilizados oficialmente con el eufemismo de “sin seguridad alimentaria”, pues expresamente se ordenó eliminar el término “hambriento” de cualquier comunicado gubernamental.

Obviamente no se trata de un problema que alcanza los números dramáticos de los países pobres o en vías de desarrollo de la Tierra, pero es un problema que viene creciendo peligrosamente. Hablamos de 50 millones de personas (cinco veces más que los que había a finales de la década de los sesenta del siglo pasado), y para que se hagan una idea cito textualmente el artículo de National Geographic: “Programas privados para repartir comida gratis a los pobres nacen por todas partes como hongos. En 1980 existían unos cientos de programas de emergencia alimentaria en el país, hoy se calcula que hay 50.000”.

Si el tema es de su interés, en http://goo.gl/mxwynE puede descargar (en inglés) el archivo .pdf de 161 páginas, en el que aparece el estudio titulado “Reporte nacional sobre hambre en América 2014” que fue coordinado por la organización http://feedingamerica.org; una muestra de la por mi envidiada capacidad estadística y asombrosa transparencia de datos que tienen los norteamericanos.

II

Pero lo que más impresiona del artículo son las fotos de muchos de estos hambrientos. Son blancos, tienen casas, tienen autos viejos… Son gordos. Muy gordos. La gran paradoja del siglo XXI: hambre y obesidad son las dos caras de una misma moneda. El daño colateral, como cruelmente le dicen algunos a los desmanes de la modernidad.

Con el aumento vertiginoso de precios de la propiedad, la gente menos pudiente tiende a vivir más lejos de sus lugares de trabajo (los hambrientos suburbanos se han duplicado en los últimos 8 años) y se trata de una población que gana por horas trabajadas, por lo que suele hacerlo hasta altas horas de la noche. Más que personas que no tienen comida, hablamos de familias que no saben exactamente de dónde vendrá la próxima comida y que carecen de cualquier tiempo para cocinar.

Cuando se trabaja todo el día para ganar apenas lo justo, no se puede planificar lo que se comerá y dependemos de lo menos costoso. En esas circunstancias que un miembro de la familia no trabaje (por ejemplo la madre), para que se quede cocinando comidas de calidad, es un lujo impensable. Lo más espantoso es que prácticamente en cualquier cono urbano de la Tierra, vegetales y frutas son mucho más caros que cualquier porquería enlatada. Cuando uno pasa hambre el problema es llenarse, no alimentarse. Si un trozo de mortadela barata cuesta menos que una manzana, la decisión está tomada. Nadie se detiene a pensar si esa mortadela es un puré de sales de nitro, almidones, grasas saturadas, colorantes, aromas artificiales y probablemente algo de carne.

Nuggets de aglomerados desconocidos, papas fritas de bolsas, neveras que solo tienen botellas de ketchup, macarrones con queso plástico que se calientan en microondas e hidratación a través de baratas aguas gasificadas cargadas de colorante y ese veneno llamado azúcar. Eso come un hambriento de un país del mal llamado Primer Mundo.

Uno de los pasajes más dramáticos del artículo de National Geographic, del que he tomado la mayor parte de las referencias de este artículo, es el que trata el hambre en el estado de Iowa, granero de Estados Unidos y productor de un sexto de todo el maíz y la soya del país del norte de nuestro continente. A los pobres de Iowa este maíz y esta soya les llega en forma de perros calientes hechos con animales alimentados con maíz, refresco barato endulzado con jarabe de maíz y nuggets fritos en aceite de soya. No es casualidad que sea así, porque no es casual que la comida chatarra hecha con soya y maíz sea menos costosa que comprar vegetales. La producción de soya y maíz recibió en 2012 un subsidio directo por parte del gobierno de 11 millardos de dólares, y en cambio destinaron apenas 1 millardo en subsidiar frutas y vegetales. Dicho en crudo: el dinero del contribuyente norteamericano se usa para subsidiar la industria de comida chatarra y no al pequeño productor del campo que crece vegetales. En los últimos treinta años el costo de los vegetales ha aumentado 24%.... ¡Y el de las gaseosas disminuido 27%!

El gran mal de la modernidad alimentaria ha sido justamente la pésima distribución  de la salud. Comer sano es cosa de ricos con educación. De hecho en otro artículo del ya citado Tracie McMillan (ver http://goo.gl/f8HbhE) se citan los estudios de Frank Hu (director del programa sobre obesidad de Harvard) que dan cuenta de cómo se ha ensanchado el abismo de calidad de dieta entre ricos y pobres.

Estamos hablando de una realidad, tal como puede leerse en http://goo.gl/Xigmr7, en la que la presencia de diabetes en aquellas familias que reciben ayuda estatal es 4 veces superior al promedio del país ¡Dato que deja muy mal parada a la palabra ayuda!, tal como escribí hace poco más de tres años, refiriéndome a la situación de Venezuela, en mi artículo “La pobreza saturada” (http://goo.gl/4BWjlJ), del que cito: “La seguridad alimentaria pasa por lograr una población sana que pueda vivir muchos años. Una cosa es llenarse la panza y otra alimentarse”.

III

Si algo he aprendido a admirar profundamente de la sociedad norteamericana es la capacidad que tiene su sociedad civil para organizarse y convertir la ayuda a sus congéneres en un evento masivo y efectivo. Basta que haya una catástrofe natural para que se movilice la población con disciplina de colmena. El mismo caso se está dando con estos inéditos números del hambre. Por ejemplo, en Estados Unidos existe la organización AmpleHarvest (http://www.ampleharvest.org) que ha puesto en contacto 7.000 comedores populares con aquellas personas que deseen donar los vegetales que les sobren. Desde sobrantes de supermercados y haciendas, hasta pequeños focos de siembra urbana o las mismas casas nuestras. Su método es muy inteligente: programas para celulares que permiten saber cuál comedor es el más cercano a la locación de aquel al que le sobra una berenjena, y una campaña de concientización.

La medida y la idea puede ser un gran cambio en un mundo en el que la reducción de  pérdida de alimentos solo en Estados Unidos, India y China, se calcula alimentaría a 400 millones de personas. Este último dato tomado del artículo “Cambios pequeños para grandes resultados” de Maryn McKenna, y que puede leer (en inglés) en http://goo.gl/EM649e.

Está en nosotros presionar como sociedad para que nuestros impuestos subsidien aguacates y no comida chatarra. Presionar para que quienes nos gobiernan cumplan con su mandato de buscar el bien colectivo.