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Ildemaro Torres

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En fecha reciente el historiador Elías Pino Iturrieta nos hizo, cual magnífico regalo, una actualización del invalorable recuerdo de Andrés Eloy Blanco, a propósito del desempeño político del mismo y de lo que al respecto escribiera el ex presidente Caldera.  Se destacaba la forma brillante en que él supo conducir la Asamblea Nacional Constituyente al debido cumplimiento de su función primordial; forzados ahora en cambio a concluir, como lamenta tener que terminar su texto el analista, percibiendo que  ella es hoy una instancia  vergonzosamente degradada.

Como expresión de su sensibilidad política y de su conciencia democrática, el poeta puso su ingenio y su cultura al servicio de la causa antigomecista; a finales de los años veinte hizo periodismo clandestino, creando una publicación que circulaba mimeografiada: El Imparcial, cuyo lema decía “Saldrá de vez en cuando. Habla poco. No se vende”; allí satirizaba al dictador en versos que el pueblo no tardó en adoptar y repetir. En 1928 fue encarcelado y torturado bajo la sospecha de ser el responsable de ese periódico, pero nada pudo probársele porque su hermana Rosario con alto sentido político y valentía, siguió elaborándolo y difundiéndolo sin interrupción.

El Andrés Eloy de Poda y Giraluna, de Vargas, el Albacea de la Angustia y de tantas obras importantes en las letras venezolanas, fue asimismo un agudo humorista de gran aprecio popular, y la condición de brillante parlamentario se traducía además en la forma inteligente de conducir los debates, matizada con frecuencia de un gratísimo humor. Llegaron a ser famosos los papelitos que hacía circular o que le pasaba a alguien, con estrofas humorísticas recién improvisadas.

Fue colaborador de Fantoches y El Morrocoy Azul, y su obra humorística la firmó con seudónimos como Francisco Villaguada y Morrocuá Bleu; recibió el homenaje de ser dibujado por los caricaturistas más destacados de su época; LEO  lo hizo en 1923 titulándolo El Poeta del Día; Pako Betancourt lo dibujó en Caricaturas con laureles asomados debajo del sombrero y llevando bajo el brazo un enorme pergamino: el manuscrito del  premiado “Canto a España”; en 1954, tiempo de exilio en México, RAS supo recoger en pocos trazos los principales rasgos caracterológicos; Claudio Cedeño en mayo de 1958 publicó en Dominguito un bello dibujo en el que aparece de pie, en la mesa en que apoya una mano hay un florero y una flor, y en el aire, cerca de su rostro, dos mariposas.

Afirmaba que “la función de reír es más humana, más absoluta que la de llorar. Y mayor encanto y más salud da al alma y más cerca y más digna de Dios la pone la clara risa que se da a Dios todos los días desde un pensamiento limpio”. Más justo que comentar la aceptación popular de la que él gozaba, lo es reconocer la reciprocidad del sentimiento profundo que los unía; él confesó una vez: “Yo soy, pues, y me enorgullezco de decirlo, un discípulo del pueblo”, y el pueblo venezolano siempre lo ha sentido suyo.   

Estimulado por la acertada evocación histórica y en el marco navideño conducente a la medianoche en la que rodeados de emotiva atmósfera familiar recibimos el nuevo año, me sumo a tal recuerdo, además de que siempre hay alguien que anuncia y hace la suerte de ritual de acompañar esas esperadas doce campanadas con el acto de llevarse sendas uvas a la boca, llamadas por eso en el poema “Las uvas del Tiempo”. Y son versos de nuestro poeta cumanés, que han probado ser imperecederos y parte esencial de esa ocasión; yendo así nosotros con él al trance nostálgico y a veces triste, del regreso a la memoria de alguna circunstancia negativa, pero también juntos al expectante encuentro de ese futuro que aspiramos sea luminoso.