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José Rodríguez Iturbe

El nudo gordiano del chavismo (VI)

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La inteligencia y el imaginario colectivo

Hemos visto, sin toda la capacidad de respuesta que hubiera sido necesaria, la prostitución de nuestra memoria histórica. Desde las estupideces sobre Cristóbal Colón y un supuesto irredentismo indígena, ajeno a nuestra realidad; hasta la exaltación de lo menos perdurable de la Federación, contemplando espejismos, con miopía fingida, suponiendo socialismos agrarios en el acratismo y en el descoyuntamiento del sentido de comunidad nacional que produjo la barbarie anárquica. Esa barbarie anárquica generó tal anemia ciudadana que permitió que se consolidara, cruzada la curva de la mitad del siglo XIX, por tres décadas, la egolatría deshonesta de Guzmán Blanco. Éste se concentró en el ejercicio del poder central y en el disfrute de una inmensa riqueza amasada con dolo, en perjuicio de la sociedad cuyo control poseía. Gobernó Antonio Guzmán, hijo, desde Caracas o desde París. Cuando Guzmán, en el epílogo del guzmancismo sin Guzmán (para usar la terminología de Augusto Mijares) se dio cuenta de que el Gran Partido Liberal Amarillo ya no respondía a sus caprichos sino a los intereses de los caudillos segundones (es decir, que lo que parecía impensable se había dado: que quien mandaba de verdad en estos predios era Joaquín Crespo) exclamó, más con cansancio y desprecio que con ira, en su casona de Antímano: Vámonos, que las gallinas están cantando como gallos. Y se fue. ¿Adónde podía retirarse un hombre como Guzmán Blanco, que se jactaba de ser el hispanoamericano más rico de su tiempo, un marginado por exceso (para usar la terminología de Arístides Calvani)? –Pues a París, por supuesto.

Una de sus hijas resultó la consorte del duquesito de Morny. La aventajada plutocracia post federal criolla unió su sangre, su fortuna y sus destinos con la aristocracia del II Imperio francés. Allí, en París, murió, en 1899, Guzmán Blanco, mientras por estos predios, entonces más semibárbaros que lo que son ahora, una bala indocumentada acabó antes, en 1898, con la vida de Joaquín Crespo en la Mata Carmelera. Así finalizó el agitado siglo XIX venezolano. Chávez llevó a Guzmán al Panteón. El orador que hizo su panegírico, el historiador de filiación comunista Federico Brito Figueroa, no pudo menos de reconocer que había sido uno de los gobernantes más deshonestos de la historia republicana. ¿Se irán los herederos de Chávez igual que Guzmán? ¿Adónde irán? Me parece que ninguno, en realidad, lo sabe. Son más predecibles los destinos con que sueñan los más conspicuos representantes de la llamada boliburguesía (la nueva burguesía “bolivariana”).

Corsi e ricorsi que diría Vico. Desaparecido Chávez parece que desaparecerá el chavismo. Los resultados electorales del 14 de abril de 2013 son más que evidentes, aunque algunos se empeñen en no ver. Cuando Guzmán se fue de verdad y mataron a Crespo (aún se discute de dónde salió la bala) se acabó el guzmancismo sin Guzmán. Y entonces vinieron los andinos. Los sesenta fue la aventura iniciada en la frontera occidental, en el Táchira. Desde allí arrancaron los compadres, Castro y Gómez, para imponer (con Gómez) la paz forzada y hacer del siglo XX un siglo andino en la historia de Venezuela. Al comienzo fue el delirio, la verborrea nacionalista y la adulación sin límites al Cabito por parte de algunas Logias y de la oligarquía valenciana y caraqueña.

Historia de opereta. Ayuna de grandeza. Mezcla continuada de cuadros risibles y dolorosos. Miseria moral y material. Cadena tragicómica. Siempre por la tangente del caudillismo o de las roscas nauseabundas de intereses de grupo, económicos y políticos. La patria como ficción. La República como aquella amarga carcajada de la que hablara la pluma cebada en el dolor de José Rafael Pocaterra. El terremoto de comienzos de siglo XX y Castro saltando con un paraguas por un balcón de la Casa Amarilla, terminando, como es lógico, desmayado por el golpe. Muy bolivariano, despertó lanzando un discurso a la asombrada guardia que acudió en su auxilio con aquello de si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca, y otras sandeces propias del histrionismo del Cabito. Precedentes, esos, de otros histrionismos grotescos más cercanos. Las secuelas fueron más prosaicas: una pierna rota y el abandono del antiguo y céntrico palacio de los capitanes generales, la Casa Amarilla, y luego (hasta él) de los presidentes de la República, buscando en la mansión crespera de Misia Jacinta, Miraflores, un lugar antisísmico más seguro. El Bloqueo de 1902 y la arenga (dicen que fue escrita por Manuel Landaeta Rosales o Francisco González Guinán) que todos conocen (al menos en mi tiempo de bachillerato todos conocían) por sus primeras palabras: “La planta insolente del extranjero ha hollado el sagrado suelo de la Patria”. ¿Intentó Chávez imitar a Cipriano Castro? Su obsesión contra “el Imperio” pareciera indicarlo. Pero el suyo fue un antiimperialismo de pacotilla: los Estados Unidos siguieron siendo el primer cliente del petróleo venezolano. Lo son aún en el inicio poschavista de Maduro. Pero ―ya lo sabemos― las incidencias de esta Ínsula Barataria en que ha devenido la República no resultan muy lógicas.

Chávez murió y sus herederos parece que desean (de dar crédito a la retórica fanfarrona de Cabello o a las contradicciones sin fin de Maduro) que el epílogo del chavismo sea apocalíptico. Quiera Dios que no lo logren. Un día de guerra civil son cien años de odio. Nuestra última guerra civil fue la llamada Revolución Libertadora de Manuel Antonio Matos (el principal banquero del país, emparentado con Guzmán Blanco). En el papel, la insurgencia no podía perder: agrupaba contra Cipriano Castro a los más destacados caudillos de la historia con olor a pólvora de nuestro siglo XIX. Pero perdió.

Fue una guerra horrorosa: la última con batallas de verdad y casi 40.000 muertos, según las cifras de Arellano Moreno en su Mirador de Historia Política Venezolana. El encuentro más prolongado y sangriento (22 días y cerca de 4.500 bajas, en una lucha casa por casa) fue la Batalla de La Victoria. Según referencias aportadas por Manuel Caballero en Gómez, el tirano liberal, los observadores militares norteamericanos de la Batalla de Ciudad Bolívar (22 de julio de 1903) estimaron en 1.200 los fallecidos en la acción que constituyó la derrota definitiva de los revolucionarios y el reconocimiento de las cualidades de combatiente de un comerciante y hacendado fronterizo trocado en “general” de montoneras, Juan Vicente Gómez. Según sus propios cálculos, el chavismo no puede dejar el poder, pero...¡nunca se sabe! Los vivos, en el alarde de su propia viveza, suelen terminar por dejar de ser inteligentes. Y en política (más aún en la política venezolana) nada es eterno.

Los excesos de Castro minaron su salud. Y la salud minada abrió el paso a la operación quirúrgica y a la recomendación de su tratamiento en el exterior. La historia es conocida. Castro dejó a su compadre encargado del poder. A un mes de su partida ya Castro no era más presidente. Sic transit gloria mundi. A Gómez le llevaron el telegrama donde el delirante caudillo (respondiendo quién sabe a qué informe o intriga) recordaba desde afuera: “A la culebra se la mata por la cabeza”. Ahora interceptan los teléfonos y los correos electrónicos; antes lo hacían con los telegramas. La operación interna fue política.

Sin un tiro. Rodearon inicialmente a Gómez los políticos de Caracas y Valencia que pensaban que un hombre primitivo y de muy escasas letras sería presa fácil de la casi ilimitada capacidad de maniobra que el sector que deseaba unir el poder político y el económico se atribuía maquiavélicamente a sí mismo. Gómez los dejó hacer zamarramente. Luego los eliminó, política o físicamente (y, en algunos casos, política y físicamente). Por 27 años seguidos, desde 1908 hasta su muerte natural en diciembre de 1935, fue, para decirlo con la consigna urdida por la adulación de Ezequiel Vivas, ¡Gómez único! ¿Logrará Chávez emular a Gómez? No parece. Hasta ahora, en analogía de proporcionalidad impropia, lo más que se ha visto como distintivo del actual desastre fue el título del lujoso ejemplar que se distribuyó en Caracas a los asistentes a una Cumbre de la OPEP. (Se atribuyó la autoría al General Jacinto Pérez Arcay). El título del volumen reza, presentando los documentos básicos de la revolución bolivariana (¡?) : Por ahora....y para siempre! Gracias a Dios, los para siempre de la historia venezolana resultan un ratico, más o menos prolongado.
Hitler habló del Reich Milenario. Dejando como herencia millones de muertos sólo se extendió por 12 años. En un arranque de magnanimidad, Chávez dijo en Barinas, en  los alrededores de 2004, que su V República duraría cinco mil años! El chavismo ya dura un poquito más que el III Reich. Como dice el Eclesiastés, alguna vez citado instrumentalmente por Chávez, todo tiene su tiempo.

No se ha dejado tranquilo a Bolívar. Además de un atormentado aquelarre de madrugada para hurgar en sus huesos, al parecer, contando con los buenos oficios de Farruco Sesto, se pretende erigirle un mausoleo faraónico. Chávez llevó también a Cipriano Castro al Panteón. Elías Pino Iturrieta escribió sobre la legítima duda que asalta sobre si quienes allí lo llevaron como “prócer” sabían lo que hacían. Luego de la discutible presencia de Guzmán Blanco y del espectáculo circense con el traslado “simbólico” de Guaicaipuro (una especie de vodevil donde actuaron un plumífero “indígena” gringo y otros danzantes), con la parafernalia a raíz de lo de Castro quedó claro el absoluto irrespeto de la Revolución por el Panteón y quienes allí aguardan, junto con el Libertador la resurrección de la carne.