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José Rodríguez Iturbe

El nudo gordiano del chavismo (V)

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La política como guerra. Esa es la constante de los libros y artículos de Alberto Garrido (q.e.p.d) sobre Chávez y el chavismo. A veces luce casi como un determinismo. Pero algo tiene de realidad. La concepción palurda de que la política es guerra, resultó la propia del primitivismo rural de la Venezuela campesina. No era, no, una especie de concepción von Clausewitz al revés. Nadie de nuestro escasamente alfabeto universo de caudillos enanos (los cuales figuran en la historia como dotados habitualmente con una crueldad y cerrazón mental directamente proporcional a su enanismo), nadie, repito, manifestó jamás un conocimiento, siquiera epidérmico, de las teorizaciones del prusiano sobre la guerra. Tal fue, sí, en el pasado venezolano, el reduccionismo enfermo de la política a la fuerza, en un país devastado por el incendio bélico (nunca totalmente extinguido) de 1810 a 1903. Fue el drama sin grandeza de nuestro siglo XIX postindependentista, a partir de la “bolivariana” Revolución de las Reformas contra José María Vargas ―el albacea testamentario del Libertador, el rector de la Universidad de Caracas, la “casa que vence las sombras”― en 1835; hasta el inicio del siglo XX, con la Liberal Restauradora, que trajo la hegemonía de los mandamases andinos. Chávez, influenciado inicialmente por un singular personaje sureño llamado Norberto Ceresole (q.e.p.d.) y guiado, luego, por ese supuesto Corán revolucionario llamado El oráculo del guerrero(hasta que Boris Izaguirre dijo, con propiedad, que era un texto paradigmático de la literatura homosexual), no procuró la incorporación de ninguna región preterida (la recentralización chavista resulta un intento de acabar con lo que de federal tenía el sistema venezolano), ni tampoco de aquellos sobre los cuales teorizó Franz Fanon, Les damnés de la terre, los condenados de la tierra. Bajo el slogan de la unión del ejército y el pueblo se escondió y se esconde, en cruda realidad, la neutralización de las fuerzas armadas, dándoles, para su entretenimiento y desnaturalización, las baratijas de las más disímiles tareas no castrenses y los guisos derivados de la mayor bonanza fiscal de Venezuela desde la aparición del petróleo. En Chávez y el chavismo se presentó, pues, según la percepción dejada por Garrido, la identidad entre la política y la guerra. Se le intenta dar continuidad en post-chavismo de Maduro-Cabello. Ello, evidentemente, no resulta un dato positivo.

¿Cuál fue, históricamente hablando, el producto de la identidad entre guerra y política? Sus tristes resultados no son un secreto. Entre otros desaguisados, merecen mencionarse la anemia institucional de la República y el agotamiento (casi al límite) de un civilismo carente de las fuertes raíces de una extendida conciencia de ciudadanía. Anemia y agotamiento, éstos, que permitieron aquél unión, paz y trabajo de la Causa: la unión (en los grillos), la paz (de los sepulcros), y el trabajo (en las carreteras) en el largo absolutismo tiránico de Gómez. El tiempo gomero (además de otras endemias y horrores) supuso 27 años de alergia provocada a la política de ideas. Alergia provocada, desde un poder omnímodo y excluyente: gobierno personalista y de fuerza que sólo entendía a sus adversarios como “los malos hijos de la Patria”; y, en consecuencia, no podía concebir para ellos otra situación que su silencio, generado por el destierro, la prisión o la muerte. Algo semejante pretendió Chávez y pretenden sus devaluados herederos políticos. La crisis política actual tiene, sin duda, a pesar de los rasgos que la tipifican, mucho de un salto atrás concebido como brinco al futuro. De saltos conocidos está llena la historia trágica contemporánea. Cabrera Infante, refiriéndose a Fidel Castro, escribió en una ocasión: “Por obra de una extraña cabriola hegeliana dio un salto hacia adelante y cayó hacia atrás”.

Chávez, factor principal de esta crisis apocalíptica de Venezuela, manifestó sentimientos filiales hacia Fidel, repetidos hasta la nausea por Maduro. Lo que tenemos de Cuba está en lo que vemos. Y más aún en lo que no vemos. Lo que tenemos aquí en Venezuela de China no es la transformación del Pequeño Timonel y sus seguidores, sino los fracasos proclamados como éxitos por el Mao prepotente y sectario del Gran Salto Adelante y de la Revolución Cultural.

 

Los partidos formados desde el poder

Hay partidos formados para alcanzar el poder y partidos formados desde el poder. Los partidos formados para alcanzar el poder intentan hacer Estados ideológicos. Los partidos formados desde el poder son reflejo necesario de la gestión gubernamental que los gesta y mantiene. Los partidos formados desde el poder duran mientras dura el poder.

Acción Democrática y Copei fueron partidos para alcanzar el poder y, desde él, aspirar a realizar un programa. Fueron expresiones ideológicas de la socialdemocracia y la democracia cristiana. Su decadencia vino como consecuencia del clientelismo y la corrupción: la ilusión popular en sus banderas justas se marchitó con la incoherencia de quienes se decían sus representantes. El caso del PSUV es distinto. No es un partido formado para alcanzar el poder, sino formado desde el poder mismo, para aspirar a perpetuarse en él. El origen no es una juventud con formación ideológica, como fueron las surgidas de la FEV y la UNE. El origen remoto del PSUV es la logia militar golpista del 4F. Así el MBR está en la base de las evoluciones posteriores, que siempre supusieron la transformación del Ejército en Partido. Luego vinieron, por consejo, modelo y matriz cubana, la ilusión de dotar de una organización de masas a lo que, diciéndose “revolución”, era un revoltijo de apetencias personales y radicalismos de bambalinas, sin ninguna urdimbre política seria. En Cuba la sustitución del viejo PSP (el comunismo histórico de esa isla) por el PCC de factura castrista (excluyendo al núcleo duro pro-soviético: la llamada Microfracción de Escalante) pasó por el intento de las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas) y por el PURS (Partido Único de la Revolución Socialista). El PCC fue hecho a la medida de Fidel. En Venezuela el intento de unificación encontró fuertes resistencias hasta en el PCV. Pero el PSUV fue hecho a la medida de Chávez. La muerte de Chávez ha supuesto un rápido proceso de desintegración. El fenómeno no es nuevo en Venezuela. Indica que están perdiendo el poder y que el PSUV desaparecerá cuando las mieles hegemónicas del ejercicio arbitrario del control del Estado desaparezca.

¿Precedentes? Está el caso de las Cívicas Bolivarianas de López Contreras y del llamado PPG (Partido de los Partidarios del Gobierno). También está el caso del PDV (Partido Democrático Venezolano) medinista. Este último tuvo, según Ramón J, Velásquez, la mayor concentración de intelectuales y artistas que haya tenido partido alguno en la historia de Venezuela. Y después del 18 de octubre de 1945 desapareció sin dejar rastro. Los partidos hechos desde el poder se volatilizan cuando el poder ya no es hegemónico o pasa a otras manos. Por eso la resistencia organizada desde el gobierno a que se conozca la verdad sobre la votación del 14 de abril de 2013. Pero esa verdad se conoce. Y lo que está enterrado por la votación popular es el tinglado que garantizaba prebendas y granjerías. El PSUV no es una excepción. Como todos los partidos hechos desde el poder y para el poder está agonizando. Y la logia militar golpista original del 4F ya no tiene recambio histórico.