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José Rodríguez Iturbe

El nudo gordiano del chavismo (I)

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A Ignacio Anasagasti

por venezolano y por vasco, con agradecimiento

 

 

 

Como el Angelus Novus de Paul Klee, en el comentario de Walther Benjamin, mira al presente horrorizado por la acumulación de ruinas que ha deparado el pasado, y cuya montaña de desastres ya alcanza las alturas del cielo, así esta amarga y dolorosa visión de nuestro ser histórico en la inquisitiva y extenuante mirada crítica de un político de gran formación académica y religiosa espiritualidad, al que debemos un aporte inestimable a la seriedad y honradez del oficio de hombre público: José Benjamín Rodríguez Iturbe. Valga de este recuento de nuestra bicentenaria aventura vital, saldada con el horror de esta pesadilla, lo que Karl Löwith, el gran pensador alemán afirmara en el prefacio a su obra maestra – De Hegel a Nietzsche - : “Transcribir la historia no significa, empero, falsear, a expensas de la verdad y en nombre de la utilidad  para la vida, el poder irrevocable de lo que ha acontecido de una vez y para siempre, sino tener en cuenta el hecho histórico-vital de que reconocemos el árbol por sus frutos y al padre por sus hijos”.

El Nacional en la red publicará este luminoso ensayo del Dr. Rodríguez Iturbe en siete entregas sucesivas.

Antonio Sánchez García

 

 

El telón de fondo

Venezuela, a 200 años de independencia y vida republicana, sigue siendo un país haciéndose, no hecho. La Emancipación fue un proceso ideológico-político con énfasis jurídico-constitucional. El parto de la República fue, sobre todo, el empeño de civilistas ilustrados, no pocos de los cuales ocupaban el vértice ductor económico-social de la vida colonial. La desviación del concepto ciudadano para identificarlo con el soldado se realizó en el transcurso de la guerra y con no poca incidencia americana de los fenómenos peninsulares. Así, el pretorianismo rampante en España (a raíz de la Guerra de Independencia hispana contra la Francia invasora de Napoleón I) y el absolutismo maquiavélico del Rey felón (Fernando VII) influyeron, y mucho, en las torceduras experimentadas, casi desde su cuna, por la débil institucionalidad republicana. El civilismo pluralista y democrático pasó a ser, en Venezuela, un adorno retórico desde la creación de la Gran Colombia (Angostura, 1819; Cúcuta, 1820) hasta su muerte, una década después, con la Convención de Ocaña y el fallecimiento de Bolívar. Lo que vino luego no fue mejor.

El caudillismo militar como subproducto sociológico de la Independencia, según la aguda observación de Augusto Mijares; el poder en las manos de quien controlara las armas se convirtió, entonces, en objeto de deseo a cuyo goce se accedía no con los votos y el asentimiento ciudadano, sino con la violencia belicista. A 200 años de la Independencia Venezuela sufre la farsa más destructiva de su historia republicana. Como no se trata de buscar un imposible regreso al pasado, sino de apostar por el futuro, después de la hecatombe que han representado (y aún representan) Chávez, Maduro y el chavismo, nada será lo mismo que antes en la vida social y política venezolana. Estos casi tres lustros signados por la siembra de odios, por el aflorar de la envidia y el rencor, han dividido la nación en antagonismos viscerales, de un modo tan pasional como no se recordaba en los años de la República democrática y civilista vigente, con todos sus altibajos, en la segunda mitad del siglo XX. Esa República fue la antítesis de la República autocrática y cuartelera, repleta de caciques de vuelo bajo y de cosechas sucesivas de guerras civiles. En 1903, puede históricamente ubicarse el último enfrentamiento bélico entre venezolanos, causado por disputas sobre el poder y desde el poder. La política militarizada (arbitraria, corrompida y primitiva) preanunciada por el Monagato y aflorada en la degradación de la post Federación, en el Guzmancismo y en el que Mijares llamó “el guzmancismo sin Guzmán”, culminó con Los Sesenta. A partir de 1899, Venezuela contempló la inserción histórica con rango dirigente del hombre de nuestras montañas occidentales. Esa fue la última aventura de montoneras que, con el silencio inescrutable de Gómez, representaría el crepúsculo de las guerras civiles y la implacable tiranía de quien veía el país como una hacienda. La de Castro y Gómez fue la más larga y dolorosa expresión tiránica de la Venezuela rural. Y, a la vez, su epílogo. Allí, en el tiempo agónico del XIX, está la matriz que, a pesar de Rómulo Betancourt y el 18 de octubre de 1945, hizo del siglo XX venezolano un siglo de preeminencia andina. Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez signaron la primera parte de la pasada centuria. Muerto Gómez siguió el tiempo de los caudillos. El caudillismo civil (ya no militar), —Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Jóvito Villalba— dio lo suyo en la puesta en marcha de una modernidad retrasada y en una genérica democratización que, más que en tradición arraigada y en sólidas instituciones, se apoyó en la fortaleza de la renta petrolera. La transición postgomecista se alargó, con sus vaivenes, desde 1936 hasta 1958. Y, luego, durante 40 años largos, la patria contempló el espectáculo inédito de la dinámica de alternabilidad de la democracia representativa. No eran las armas, sino los votos los que decidían el destino de Venezuela. Esa fue una democracia de partidos, con dos mayoritarias vertientes ideológicas —la socialdemócrata y la demócratacristiana— cuyo mayor logro fue un aporte decisivo a las estructuras de participación popular, no sólo en lo político sino también en lo social.

La inercia del pasado hizo, sin embargo, de esas cuatro décadas el tiempo del lento gestarse y desenvolverse de una conciencia ciudadana, nunca plenamente cuajada desde el nacimiento civil, civilista y civilizado de la República en el Congreso de 1811. La Patria Republicana, en efecto, nació hace 200 años del Primer Congreso: con bastantes letrados y en la Capilla de la Universidad. Se consolidó posteriormente, con grandes sufrimientos, en los campos de batalla. Los combates del parto con dolor de la nación soberana los libraron no militares de academia sino milicias de ciudadanos, con conciencia de generación auroral, de promoción estirpe, dispuesta a enterrarse en los surcos nuevos para que germinara y creciera y diera fruto el Estado que significaba la mayoría de edad de la República. De toda la pléyade de héroes y padres de la Patria sólo dos (que yo sepa) eran militares profesionales, formados en las academias españolas: Francisco de Miranda y Lino de Clemente. Podría discutirse si Antonio José de Sucre era también militar de academia, en cuanto egresado de la Academia Militar de Matemáticas de Caracas. Y poco más. Simón Bolívar, p. e., formó parte de las Milicias de Blancos de los Valles de Aragua, en las cuales su padre había sido Coronel. Rafael Urdaneta, a su vez, en el comienzo de la Emancipación, formaba parte de las Milicias de Blancos de Cundinamarca. Y podrían multiplicarse las referencias. Santander, “el hombre de las leyes”, era un universitario trocado en militar. Para nuestra desgracia, santanderismo al revés fue lo que tuvimos en Venezuela. Mejor dicho, peor que eso. Porque no fue el caso de militares que se adornaran con lauros académicos civiles (como andando el tiempo sería la obsesión de muchos), sino de la imposición de la fuerza para atribuirse rangos castrenses y grados académicos. Los títulos fueron, así, otra dimensión (cultural y espiritual) de los saqueos. Así, en la historia trágica de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera mitad del XX, en Venezuela hubo mucho “General y Doctor” o “Doctor y General”, por obra de su realísima gana, de su sable o su machete, del pistolón o del máuser, por temeridad o aventura, o por graciosa “concesión” de jefes de algarada, pero nunca por ciencia y por conciencia, por saber adquirido y practicado en moldes de normalidad institucional y académica. La pólvora sustituyó al discurso; el degüello al proyecto. Así el hombre fuerte se hizo en Venezuela insaciable Minotauro, ignorante de la dignidad de la persona y de los pueblos e idólatra de la fuerza. Por eso, el dilema fue casi siempre, en nuestra historia enferma, vencer, no convencer; cuando han debido procurarse, de consuno y pacíficamente, ambas cosas.