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José Rodríguez Iturbe

El nudo gordiano del chavismo (IV)

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En el principio fue la rabia

Todo comenzó, me parece, con la rabia como motor de la historia. No fue con el slogan leninista de la violencia es la partera de la historia. Fue la rabia la que llevó al voto castigo. Fue una rabia ―extendida, ilusionada e ingenua― la que premió a los autores de la felonía del 4F del 92 con el poder. Así, los electores creyeron, muy bien preparados por una campaña de ciertos medios durante más de una década, que la satanizada política y los satanizados políticos tendrían su merecido. El proceso de desintegración moral y política de la sociedad venezolana, con incidencia letal en los partidos (tanto en AD como en COPEI) convirtió una crisis de gobierno en una crisis de sistema. Eso ha sido bien descrito en La rebelión de los náufragos de Mirtha Rivero.

Muchas responsabilidades del mundo económico están bien documentadas en los escritos de Juan Carlos Zapata. Además, la política clientelar durante dos décadas, los 80 y los 90, aportó (y no poco) a la anemia y desprestigio de las agrupaciones partidistas, instituciones básicas del sistema político venezolano, sobre todo desde 1958. Así, por la búsqueda de chivos expiatorios, en medio de la política espectáculo, al concluir el siglo se terminó por ungir como emperador republicano a Chávez, quien irrespetó siempre el orden constitucional. (Lo irrespetó, al menos desde el 82, con el juramento ante el samán marchito, actualizando aquella que Luis Castro Leiva llamó moralidad brumarial de la conjura; la irrespetó el 92 con la aventura golpista y con su rendición; la irrespetó el 99 con su evasión retórica a la obligación de jurar obediencia a la Constitución de 1961; y la irrespetó ad nauseam con la violación sistemática y continuada de su propia Constitución de 1999 como ha demostrado Asdrúbal Aguiar en su Historia inconstitucional de         Venezuela).

Había mucha rabia acumulada desde la caída de la moneda, a raíz del Viernes Negro (18 de febrero) de 1983. La estabilidad democrática no la daban en realidad ni los partidos ni los militares, sino la expectativa de una mejoría en condiciones materiales y culturales de vida. La crisis económica mostró que la democracia venezolana, más allá de su apariencia de solidez política, tenía por asiento un barril de pólvora de frustraciones sociales. Fue lo que plantearon, con valentía, Moisés Naim y Ramón Piñango, desde el IESA, con su trabajo Venezuela: una ilusión de armonía. La rabia estalló, caótica, seis años después, en febrero de 1989, sobre todo en Caracas y zonas aledañas. Fue el Caracazo, con su cara de tragedia y su campanada de advertencia. Y el simplismo encontró su chivo expiatorio en los políticos. La rabia pensó que sólo el estamento político era culpable de los malestares del venezolano. Faltó coraje para reconocer que ese estamento político era expresión de una sociedad no sana. Faltó coraje para decir Fuenteovejuna, Señor. Faltó coraje (también entre la mayoría de los políticos) para decir que la rabia era un mal faro y que el intento de hacer tabla rasa con la clase política solo podía beneficiar a los lobos con piel de oveja, a quienes predicaban (y predican) el anti politicismo para poder hacer su política, imponiéndola como única vía, como cercenamiento del pluralismo y la tolerancia, como escayolamiento indeseable del imaginario y de la conciencia colectiva. Así se llegó a la exaltación bondadosa de los alzados el 92 y a su respaldo mágico electoral el 98. Los resultados están a la vista. No se corrigió lo malo, se arrasó con lo bueno y se incineró lo que quedaba de una sociedad política que, en el caso venezolano, había sido la lenta incubadora de una (todavía hoy) poco vertebrada sociedad civil. A pesar de todo, en la actualidad, me parece, la sociedad civil es más multiforme y dinámica que una no renovada sociedad política. Pero, no nos engañemos: su espontaneidad no es garantía de eficacia en el marco de una confrontación; y su necesaria organización y proyección eficaz ha resultado y resultará difícil en un horizonte donde predominan el individualismo y el primadonnismo, elementos antagónicos de toda presencia seria en los espacios públicos. Y el ejemplo de organización y eficacia lo han dado los jóvenes universitarios —que no tenían uso de razón cuando Chávez llegó al poder— cuando como Generación Libre o Generación de la Libertad, como coordinada presencia de las Federaciones de Centros Universitarios de todas las Universidades públicas y privadas— desde su aparición después del Referéndum Revocatorio, hasta la derrota de Chávez 2007 y la combativa y eficaz presencia en las campañas de 2013 y 2014.

 

Voto castigo interpretado como mandato revolucionario

Una cosa piensa el burro y otra quien lo enjalma. Así reza el dicho popular. La rabia ciudadana quería sólo castigar. Pero el burro enjalmado tenía una confusa obsesión revolucionaria. Confusión que iba desde una visión semiletrada del mundo del pensamiento político y de la herencia institucional de Occidente que nos llegó, guste o no, por vía de España, la Madre Patria, hasta una variación del sentido del lenguaje y de las coordenadas de pensamiento. Revolución, por ejemplo, se interpretó como demolición. Y se procedió (y se intenta proseguir con Maduro), con entusiasmo digno de mejor causa, por parte de los elegidos por la rabia, a demoler cualquier rastro institucional de la vida republicana. Muchos, pensando con cortedad, dieron el garrote al ciego. La antigua Corte Suprema de Justicia dio la apariencia legal que necesitaba el invidente de la ciencia jurídica y administrativa en su frenesí demoledor, quien sin haber leído nunca a Shakespeare (La tempestad) pensaba que todo pasado es prólogo. Después de defenestrada con una mueca críptica la defensa de la Constitución del 61 (ponencia de Humberto J. La Roche), la vieja Corte procedió a suicidarse (Cecilia Sosa dixit). Lo demás ya se conoce. El proceso constituyente y el nuevo Tribunal Supremo. Allí, en el TSJ, sigue haciendo de las suyas la continuidad de lo rabulesco. Con más de seis “reformas” del Reglamento Interior y de Debates, según el menú de las necesidades del oficialismo, (grotesco estilo Jalisco que no tiene precedente en la historia parlamentaria de Venezuela), la unicameral Asamblea Nacional (teórica heredera del Congreso bicameral) se ha garantizado la eliminación de facto del Parlamento plural que tipifica a toda verdadera democracia y completando el camuflaje “legal” del asalto a otras instituciones. La reforma del Reglamento de la AN fue necesaria, p. e., para imponer, con la “razón” de la fuerza; la reforma de la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia: aumentando el número de magistrados para manejar, según el querer del César, con mayor seguridad y menor costo, la máxima instancia judicial del país. Y, por supuesto, el control económico: la manipulación sin precedentes del Banco Central de Venezuela tiene como último objetivo el control total de la banca nacional; es decir, el monopolio de la capacidad crediticia en manos gubernamentales. Como se hizo en Cuba desde el nombramiento del Che Guevara en el Banco Nacional de ese sufrido país hermano que lleva soportando a Fidel Castro y ahora a Raúl más de medio siglo. Si faltaba algo, es perceptible el intento de lograr la definitiva sumisión a los criterios demolicionistas revolucionarios de lo que aún quede de institucional en el seno de las Fuerzas Armadas. La meta parece ser, pues, que sólo quede en Venezuela el polvo del Estado, sus cenizas.

El último Congreso de la República (el elegido en 1998, el que presenció la entrega del poder de Rafael Caldera a Hugo Chávez, el que no reaccionó frente al salvoconducto que daba la Corte que moría para brincarse con garrocha el artículo 250 de la Constitución del 61, el que no dijo nada ante el no juramento de Chávez a esa misma Constitución, en 1999) fue, evidentemente, incapaz de hacer respetar la Constitución de 1961, que había jurado cumplir y hacer cumplir. Junto con ese mini Congreso (mini en duración y en estatura histórica) murió la que, hasta el presente, ha sido la Constitución de más larga vida de nuestra accidentada vida republicana, y que, a pesar de sus defectos, resultó un texto sabio, producto de un verdadero consenso nacional después del derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez.

 

“Revolución” como emergencia trágica del Lumpenmilitariat

Todo en el inicio, después de la rabia y los cálculos, eran sonrisas y zalamerías con el poder que se estrenaba. La Realpolitik, para algunos, exigía olvidarse de principios y moralismos; pensando que el gobierno de Chávez era uno más, el cual, sin duda, se hipnotizaría con una sonrisa vagamente prometedora; como había pasado con no pocos de los políticos emblemáticos de los gobiernos anteriores. Y sonrieron, pero fue la suya como la sonrisa de los tontos de pueblo, llamando la atención a cualquiera que pase a su lado. Pensaron que el tonto era el ungido y el ungido los hizo quedar como tontos.

En la demencia de la coyuntura se intentó algo que, en puridad, no tiene precedente: invertir las relaciones del mundo civil y del mundo militar en la administración del Estado. Juan Vicente Gómez gobernó con lo más granado de la intelectualidad civil positivista, a cuyos integrantes encargó, dentro de su terrible mandato, poner las bases mínimas del Estado moderno. Sobre la “paz” gomera y sobre esas bases acometió después, exitosamente, Eleazar López Contreras el inicio de la modernización del Estado venezolano, iniciando un posgomecismo que, en mi visión, se extiende hasta 1958. Pero Gómez, y también, después de él, López y Medina, mantuvieron a los militares fuera de la gestión política. Pérez Jiménez, por su parte, aunque fue producto de un golpe de Estado en el cual de manera formal y explícita, por primera vez en la historia inconstitucional de

Venezuela, la Fuerza Armada, como institución, asumieron la responsabilidad de la conducción de la República, no usó la administración pública como botín prioritariamente reservado al estamento castrense. En el chavismo y el poschavismo, el panorama es distinto. Más allá de las migajas burocráticas dadas a ciertos civiles del MBR, primero, y del PSUV, después, hoy acontece lo contrario. Se contempla cómo la alta burocracia estatal está plagada como nunca de militares (la elección de Gobernadores y el primer gabinete de Maduro es un ejemplo), como si, a los ojos de quienes gobiernan, la condición castrense facultara, por sí misma, para cualquier desempeño en cualquier campo de la vida nacional.

Los altos militares del chavismo no parecen adornados ni de competencia ni de honestidad. Los resultados están a la vista. Y son tan desastrosos porque se ha buscado, para este militarismo sui generis y a todas luces anacrónico, a aquel que, con toda precisión analógica con el Lumpenproletariat de Marx, puede ser llamado Lumpenmilitariat. Quizá por ello la institución más afectada en la perseverante demolición institucional que el  gobierno de Chávez realizó sea, en la actualidad, la institución militar. El chavismo, en efecto, ha resultado ser la expresión de una perversa alianza de tres escorias con empatías recíprocas: el Lumpenmilitariat, el Lumpenproletariat y la Lumpenintelligentsia.

En el poschavismo aflora un grave problema, el Lumpenmilitariat no tiene otro compromiso que con su propio bienestar y acomodo. No existe en él, en realidad, lealtad a lo que antaño los caudillos y sus cuarteleros llamaron la Causa; es decir, lo que ahora, por vergüenza semántica, algunos de los que tuvieron formación marxista auténtica califican como el Proceso. Bambalinas de zarzuela. En el fondo, el culto a la revolución no es más que un forzado y tanático culto a Chávez y queda como una alcabala, desagradable pero necesaria, para obtener honores, distinciones y recompensas. No me parece exagerar si digo que, de los responsables de la actual crisis política nacional, el Lumpenmilitariat es más responsable que cualquier otro sector humano de la abrumadora invasión de fealdad y miseria, material y moral, que se abate sobre la sociedad venezolana, particularmente en los grandes núcleos urbanos como Caracas. El afán de lograr un Estado forajido requiere una sociedad que se parezca a él.