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Antonio Sánchez García

El norte

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La perfecta respuesta del perfecto idiota latinoamericano: culpable por todos los estropicios que causan no puede ser otro que “el Norte”. Responsable por los dos meses de las manifestaciones más conmovedoras, sacrificadas, efectivas y llevadas al extremo del martirio por cientos de miles de estudiantes universitarios y liceístas venezolanos no fue la indignación que bulle en sus entrañas, conscientes de que la dictadura les cercena el pasado, el presente y el futuro de sus vidas, sino “el Norte”. Más que un punto cardinal, el pretexto perfecto de los idiotas de la izquierda latinoamericana para explicar todas sus falencias, su incapacidad, su proverbial indigencia mental y su bíblica acumulación de torpezas y errores.

 

Hasta la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, que arrastrara en su agonía a todas sus dictaduras satélites –salvo las inefables tiranías antediluvianas de Cuba y Corea del Norte– sin que “el Norte” hubiera disparado un solo tiro, “el Norte”, más que la Casa Blanca, el Departamento de Estado o el Pentágono, era la CIA. Si la CIA hubiera tenido la cantidad de agentes que los Castro le atribuían, hubiera estado en perfecta capacidad de ganar todas las elecciones celebradas en el hemisferio. Pero haberla convertido en el epítome de la injerencia del Imperio servía para tapar todas las barbaridades causadas por la inveterada estupidez de las izquierdas. Nada, ningún fracaso de mucha o poca monta –el desastre de las guerrillas venezolanas o la caída de Salvador Allende– hubieran acontecido sin la intervención de la mano peluda del gorilaje de la CIA.

Lleva 55 años legitimando a la tiranía castrista. La izquierda chilena o argentina, boliviana o ecuatoriana, nicaragüense o uruguaya no cree ni en el desastre castrista –“la más grande tragedia de la historia de Cuba”, en palabras de Carlos Franqui, uno de sus creadores– ni que las tribulaciones que sufren sus habitantes, esclavos inconscientes de su propia esclavitud, se deban a los desastres de una revolución fracasada: culpable es el bloqueo, culpables es Estados Unidos. En una palabra: la CIA. O, en lenguaje folklórico del inefable dictador de Venezuela: el Norte.

Si la Unasur y la MUD le han servido de salvavidas de ocasión, con no poca eficacia, por cierto, legitimando la brutalidad policial, militar y paramilitar causante de 41 muertos, cientos de heridos y miles de presos, le faltaba ese algo que un izquierdista –en este caso un izquierdista de la extrema, la castrista– necesita como el oxígeno: la justificación ideológica. Maquiavélicamente incapaz de reconocer su gigantesca, su colosal responsabilidad –tema que no parece formar parte del temario de los diálogos que se celebran en Miraflores entre el régimen y su oposición– dio por fin en el clavo, seguramente inspirado en algún consejo de Raúl Castro, Ramiro Valdés o el general Cintra, que comanda a las fuerzas armadas de Venezuela –decir “venezolanas” sería un oxímoron–: el Norte. Vale decir: el Imperio, la CIA, el Departamento del Tesoro. Y sin que se le arrugue la cara ha afirmado, lo que constituye el titular de primera plana de algunos periódicos de la región, como La Tercera, de Chile: “Nicolás Maduro asegura que dinero del ‘norte’ financió protestas en su contra”.

Calza como anillo al dedo a la opinión pública chilena que sigue las orientaciones de una militante socialista dura como Michelle Bachelet, criada en la llamada República “Democrática” Alemana (RDA), la más servil, obsecuente y estalinista de las dictaduras satélites. Y a todos los socialismos de la región, que no saben, no quieren, ni tienen por qué saber, que las barricadas fueron hechas espontáneamente por muchachos y vecinos con bolsas de basura, troncos de árboles, colchones usados, muebles viejos y hasta sanitarios rotos, para lo cual no necesitan de un solo bolívar –la moneda más devaluada del hemisferio– ni muchísimo menos de un dólar, que solo están en las exangües arcas del Banco Central o en las suculentas cuentas de la nomenklatura chavista, que los tienen por miles y miles de millones en todos los paraísos fiscales del planeta.

Como me provoca recordar a cada paso dado por la estulticia (des)gobernante de Venezuela, vuelvo a citar a Antonio Gramsci, el gran pensador y dirigente del comunismo italiano a quien desgraciadamente sus bastardos herederos desconocen: “Sólo tú, estupidez, eres eterna”.