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Carlos Paolillo

En el nombre del maestro

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La vida de Carlos Orta fue la de un trotamundos. Su personal inconformidad no lo retuvo nunca en ningún lugar de manera permanente. Fue un artista que, sin embargo o tal vez por eso, buscó remisiones constantes a sus orígenes. Hace diez años falleció en Nueva York de manera prematura y su estimulante obra fue transformada en valioso legado.

Este luctuoso aniversario fue convertido en fiesta, tal como lo fueron sus funerales hace una década, por parte de sus amigos, discípulos y seguidores. Desde hace pocos días el teatro Alameda de su barrio San Agustín del Sur tomó su nombre como reconocimiento oportuno y necesario. Su imagen ampliada interpretando La pavana del moro, de José Limón, personaje que heredó del célebre coreógrafo mexicano-estadounidense, preside ahora la entrada del popular recinto artístico caraqueño. 

El espíritu de Orta fue el del artista universal. Formado dentro de la danza en Francia y Alemania, inicialmente hizo de Europa el espacio vital para su desarrollo   profesional. Allí se vinculó con algunas de las personalidades más prominentes del arte dancístico de la segunda mitad del siglo XX: Pina Bausch y Jiri Kylian. El Carlos Orta creador se reveló con fuerza a través de su obras iniciales Serenata de un pasante (1975) y El error (1976), ambas premiadas por la Academia Internacional de la Danza de Colonia. Así comenzó su particular recorrido por el laberinto de la coreografía que lo llevó a incursionar en campos disímiles aunque cercanos: la danza contemporánea, el ballet neoclásico y el baile popular.

Su sentido innato del movimiento hizo que Orta se planteara la danza como una experiencia cercana, cotidiana y expansiva, nunca como un reducto distante y privilegiado y reducido. De este modo la calle y lo urbano fueron referentes para él ineludibles dentro de sus procesos de investigación y creación.

Dentro de su amplia producción coreográfica se evidencia un remarcado interés por desarrollar con claridad aristas que hablaran de sí mismo como individuo y como integrante de un conglomerado social. Son sus obras de valoraciones sociales y antropológicas: Yekuana (1977), con música de Isabel Aretz, y Minas y fulías (1980), que abordaba desde una perspectiva contemporánea las culturas aborígenes y negras como factor determinante para comprender a la América Latina de hoy.

Igualmente, la coreografía de Orta puede caracterizarse por una constante pocas veces alterada: lo popular urbano. Recurrencia perfectamente clara en Un modo de andar por la vida (1980), música de Astor Piazzola, versionada luego con el nombre de Tangos y en Perfil (1987), música de Willie Colón, recreaciones lúcidas por su capacidad de síntesis y abstracción del hombre citadino latinoamericano y sus maneras de relación, así como en Retablo (1992), obra que profundiza en un desquiciante hábitat urbano, llevándolo a extremos surrealistas y devastadores. El Orta maestro hizo quizás su más grande aportación a través de Coreoarte, la institución que creó y dirigió en Caracas y a través de la cual canalizó inquietudes, formó cuerpos y sensibilidades y solidificó vocaciones.

Intensamente cosmopolita, profundamente espiritual, Carlos Orta fue un artista errante e inquieto que hizo de sí mismo un instrumento universal para la danza. Su nombre ahora le da identidad al teatro Alameda, centro cultural llamado a enaltecer su memoria y los desempeños de las artes nacionales.